Los guardias de Auschwitz: retratos de quienes protegieron la atrocidad

Viernes, 7 de julio de 2017 7:47

|Rodrigo Ayala



Al momento en que se observan los retratos de asesinos en serie como Henry Lee Lucas, David Berkowitz, Donald Henry Gaskins, Dennis Nilsen o el doctor Harold Shipman, no podría creerse que esos sujetos de gesto manso, resignado y hasta insignificante fueran capaces de cometer tantos y terroríficos crímenes. No se sabe a ciencia cierta el número de víctimas de Lucas (su mitomanía impidió que los investigadores obtuvieran confesiones certeras para lograr una cifra exacta), pero los registros oscilan entre las 11 y 600. Berkowitz logró una cifra mucho menos escandalosa: 13 víctimas muertas por arma de fuego. Gaskins fue más sádico y se dio el placer de asesinar de 80 a 90 personas. Nilsen mandó al Más Allá a 15 hombres y Shipman fue responsable de 250 muertes. Sujetos de apariencia totalmente gris y común llevando a cabo horrores difíciles de creer por las mentes sanas.

Por placer, por enfermedad, por cuestión de negocios o en un súbito arranque de ira, el hombre es un depredador insólito que ve en la muerte la herramienta perfecta para lograr dominio e implantar miedo en la mente de sus enemigos y víctimas. El holocausto judío cometido por los nazis en la Segunda Guerra Mundial (en el que murieron entre 15 y 20 millones de judíos, gitanos, homosexuales, testigos de Jehová, polacos y rusos) es ejemplo palpable de un acontecimiento perpetrado por sujetos que, al igual que los hombres mencionados líneas arriba, tenían un perfil totalmente bajo, invisible e irrelevante. Ellos son los guardias de los campos de exterminio.

Apenas en este año, el Instituto Polaco del Recuerdo Nacional publicó un registro en línea masivo del personal de Auschwitz con la finalidad de desmentir los rumores de que en esos sitios hubo oficiales polacos como parte del staff. En dicho registro no sólo se muestran las profesiones a las que se dedicaban estos individuos antes de ser reclutados por el Tercer Reich. Los datos vienen acompañados de una fotografía de cada uno de ellos.

Observa por un momento sus rostros; algunos lucen nerviosos, otros denotan una clara timidez, incluso un gran tedio, cansancio o infelicidad. Otros lucen distraídos, quizá deseos de no estar ahí, de desaparecer y no ser testigos de una masacre que no sólo bañó de sangre a estos lugares de muerte indiscriminada, sino a todo el mundo. Uno podría creer que los guardias de los campos de concentración serían monstruos amenazantes, corpulentos, una encarnación rubia del demonio (quizá algunos hayan tenido una apariencia como ésta); sin embargo, los individuos de esta serie de fotografías no lucen ni despiadados, ni mortíferos, ni sanguinarios, ni diabólicos. 

¿Cómo se explica que estos individuos que se dedicaban a reparar relojes o a la agricultura hayan cedido a las peticiones de sus superiores para ser testigos o participar activamente en la liquidación sistemática de razas a las que los nazis despreciaban por considerarlas sucias o inferiores? ¿Fue miedo? ¿Un secreto placer por sentir una superioridad ante sus víctimas? ¿Se dejaron seducir por un falso poder que les otorgaba el control de grandes grupos de prisioneros que no tenían medios para oponer resistencia?

Por supuesto que algunos de ellos lucen rostros de una terrible frialdad. Quizá tuvieron que morir por dentro antes de ser actores principales de una masacre que jamás será olvidada. Puede ser que se hayan despojado de su alma para actuar sin misericordia, libres de culpas o remordimientos que los persiguieran de por vida. La boina que portan, el parche de las SS y los uniformes que engalanaron sus cuerpos se convirtieron en la vestimenta de la Muerte. Al momento en que comenzaron a portar esta ropa no había marcha atrás: o se convertían en heraldos de la Muerte o serían tomados como cobardes, indignos de la raza aria.

Esos ojos claros, ciegos de toda compasión, observaron de cerca la presencia mortífera manchando los muros de Auschwitz, donde miles de personas encontraron el final de sus vidas. Esas orejas de diversos tamaños escucharon innumerables súplicas de niños, mujeres y niños que clamaban por un día más de vida o por la posibilidad de ver a sus familiares de nueva cuenta. Esos labios callaban los horrores que veían, guardaban silencio ante una de las más grandes injusticias que se hayan cometido contra la humanidad. Esos labios ordenaban a los prisioneros que la hora de dirigirse a las cámaras de gas había llegado.

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Ernst Fischer, ¿qué sentías cuando veías llegar un cargamento más de prisioneros al campo en el que trabajabas?

Martin Flohr, ¿pensabas en tu familia cuando veías a tantas mujeres y niños ser separados de sus maridos o padres?

Lorenz Becker, ¿alguna vez sentiste compasión ante las personas que desfilaban por los patios, uniformados de blanco y negro?

Rich Lamb, ¿te llenaba de orgullo lo que hacías?

Gottfried Paggen, ¿te sentías orgulloso de ser alemán a pesar de las atrocidades que tu nación cometía?

Willi Heindorf, ¿podías dormir en la noche con tranquilidad a pesar de las humillaciones que veías a diario contra los prisioneros?

Robert Nagy, ¿cuántos niños viste que desfilaban ante las puertas de la muerte con lágrimas en los ojos?

Fritz Taddiken, al ser condenado por crímenes de guerra en una corte de Cracovia, ¿sentiste alguna especie de arrepentimiento?

Hombres, ¿qué los llevó a dejar de lado su alma y convertirse en un despojo mucho más miserable que aquél al que cremaban después de muerto?

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