Guy Bourdin: el fotógrafo surrealista de la moda

Martes, 19 de marzo de 2013 8:41

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Guy Bourdin quería ser pintor, pero nació fotógrafo

Guy Bourdin pintó hasta el fin de sus días sin éxito alguno, ya que su nombre hará siempre referencia al de uno de los padres de la fotografía de moda contemporánea, sin que resulte atrevido elevar la misma a la categoría de artística. Las malas lenguas dicen que su vida lo hizo excéntrico. Nacido del adulterio en 1928, fue abandonado por su madre y criado por su padre biológico. Aprendió el oficio de la fotografía durante sus servicios militares para las fuerzas aéreas francesas, estando destinado en la ciudad senegalesa de Dakar. Padeció el suicidio de su esposa Sybille Dallme, la muerte de Solange Geze, madre de su único hijo, y también el fallecimiento de su amante. Por tanto: la tragedia y las mujeres son los ingredientes perfectos para crear el mito y dar explicación a la particular visión que el artista ofrece del género femenino.


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Aunque durante su retorno a Francia consiguió exponer en diferentes ocasiones sus dibujos y pinturas en diversas galerías de arte, fue su trabajo fotográfico en Vogue París y su campaña publicitaria para la firma de calzados Charles Joudan los que le hicieron brillar con luz propia. 


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Su carta de presentación son los colores saturados y las composiciones elaboradas, un desorden inexplicablemente limpio y organizado, sobre el que dispara su flash para iluminar a las protagonistas de la escena y hacer que bailen entre las sombras proyectadas. En sus instantáneas reinan el fetichismo y la insinuación evidente. Propone una sensualidad bizarra y perturbadora a través de escenas surrealistas, cuya exquisita materialización, a falta de programas de edición, era posible gracias al criticado perfeccionismo del autor. Las mujeres que protagonizan sus historietas visuales adoptan posturas inusuales: parecen estar en un continuo estado de exploración sexual, son seccionadas de la cintura para arriba, se confunden entre maniquies y visten bañadores que marcan su intimidad y dejan al descubierto sus piernas, las que el fotógrafo retrata como símbolo de provocación erótica.

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El trabajo de Guy Bourdin, siempre de carácter comercial y publicado exclusivamente en revistas, bebe del surrealismo de Buñuel, Man Ray y Magritte, del universo hitchcockniano y de compañeros coetáneos como Helmut Newton. Con éste último compartió, además, su idealizada visión de la mujer y el gusto por lo fetichista: medias, tacones, bañadores, carmín, cigarrillos a medio fumar, lujo, exuberancia y perversión, con lo que consiguió sacar a la mujer de su estereotipo para revalorizarla y retratarla como la figura fuerte y dominante.


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Lo suyo es una exploración y experimentación continua. Desde el punto de vista comunicativo, fue todo un visionario: no concebía la fotografía de moda como un mero escaparate de prendas, sino como el instrumento para crear un universo de marca, para asociar valores únicos y representativos a través de las historias que cuentan, y de las que el público quiere ser el protagonista. En ocasiones se sirvió del maquillaje, del escenario, la luz o la metafotografía para crear narraciones que traspasan la imagen impresa y se desarrollan fuera del marco de lo real.


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Bourdin no quería ser mediocre. Parecía tener una relación complicada con su trabajo: una especie de desprecio por haber alcanzado el reconocimiento en una disciplina que consideraba menor en comparación con las grandes artes plásticas. Esto, tiempo después, explicaría su negación a presenciarse en los escaparates sociales de entrevistas, desfiles y fiestas, su rechazo a recibir el Premio Nacional de Fotografía, que le fue concedido en Francia en 1985, así como su rehúso a participar en publicaciones editoriales de su ámbito o su intención de no conservar su trabajo y destruirlo. A pesar de ello, el enigmático fotógrafo, fallecido en 1991, dejó un gran legado en forma de discípulos, quienes seguirían sus pautas hasta el nivel del plagio -del que fue acusado Jean-Baptiste Mondino por el videoclip de la canción "Hollywood", de Madonna- y, así, no permitirán, nunca, que tal “mediocridad” muera. 

 

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