La historia de la fotografía que hizo que París volviera a creer en el amor después de la Segunda Guerra Mundial

Martes, 14 de noviembre de 2017 9:46

|Andrea Fischer

La imagen de dos jóvenes besándose fue lo que trajo más fuerza al mundo que los acuerdos internacionales de paz después de la Segunda Guerra Mundial.


París fue otro después de 1945. La gente ya no caminaba con la misma tranquilidad en las calles. El ambiente bohemio gestado durante los años 20 se diluyó en el eco incesante de la ausencia, que repercutía duramente sobre las paredes, los edificios, los forasteros. La ciudad efervescente en propuestas artísticas parecía haberse quedado sin palabras, como si estuviera a la espera de un sol que no regresaba ya nunca. Sí, ya se había exhalado el suspiro de alivio con el cese del fuego, pero el nudo en la garganta aún no lograba disolverse.


Después de las fuertes carencias de sensibilidad que aquejaron al mundo después de la Segunda Guerra Mundial, la gente buscaba algo —cualquier cosa— que restableciera la esperanza: crisis económica, ciudades rotas, ausencias en las familias. Todo apuntaba al carácter polvoso del mundo que amenazaba con volver a quebrarse en cualquier momento. Europa palidecía con la amenaza de otro encuentro así de sangriento, así de aborrecible, así de inútil, y esto se vio reflejado en la creciente oleada de miradas fotográficas que la década de los 50 trajo sobre la capital francesa.  Por esta razón, durante los 50, los artistas decidieron salir a la calle: querían encontrar algún indicio de esperanza en lo que quedaba aún de humanidad, y decidieron que, tal vez, en la vida cotidiana podrían hallar algo que les devolviera el aliento. A partir de esta iniciativa, el ruido de la calle se convirtió en un leitmotif para el quehacer artístico de la época: veían en el tráfico, en los gritos, en los ladrillos un espectro creativo en potencia para explotar a su gusto, con tal de descubrir una luz cálida en las escenas de todos los días.



Mucha de esta fuerza creativa de superación se desenvolvió en la fotografía de la calle, que durante estos años ganó una importancia capital en el discurrir artístico de la época. Los fotógrafos pensaban que el hilo conductor que podría sacar a la humanidad adelante estaba en la cotidianidad, en ello las imágenes cálidas, suaves, aquella chispa de dulzura que la guerra se enfocó en apagar. Se sentaban en los cafés parisinos, se perdían en los parques, caminaban los callejones que todavía resonaban con el espíritu bohemio, en la búsqueda de esos instantes decisivos —como los llamaría después Cartier-Bresson— que la realidad tuviera que ofrecerles.


Robert Doisneau fue uno de ellos. Empezó su trabajo como fotoperiodista —al igual que los demás fotógrafos profesionales—, y con el tiempo se deslindó de la prensa para enfocarse a la multiplicidad de imágenes que París desplegaba ante su lente. Estaba convencido de que la fotografía era un campo de posibilidad para dirigir el clima de época hacia un lugar, por lo menos, más reconfortante. En efecto, la realidad no era lo suficientemente satisfactoria, pero tampoco era ya el escenario trágico de muerte y destrucción que se desparramó durante la década pasada.


Cualquier cosa podría ser material: niños que jugaban en la calle, un músico que protegía su instrumento de la lluvia con un paraguas, jóvenes que miraban los escaparates de las panaderías, señores mayores que paseaban a sus mascotas, el agua del Sena, y bailarinas que hacían movimientos frente al espejo. El punto era enmarcar los momentos de relativa felicidad que se vivían todos los días, para crear un cúmulo más o menos considerable de bienestar en el discurrir común de las cosas, como en realidad se les encontraba.



Con el ímpetu de construir un clima de época más prometedor, y al seguir la misma línea de sus trabajos anteriores, Doisneau contrató a dos actores para una fotografía arreglada. Él estaba sentado en algún rincón de un café clásico de París y les pidió que lo pasaran de largo, pero que cuando estuvieran frente a la cámara fingieran un beso. La imagen pasó a formar parte del compendio de obras que publicaría en una misma serie: una más de tantas en París, una más de tantas que sí había tomado desapercibidas. Se trataba de Le Baiser de l’hôtel de ville (1950); cuando la tuvo en físico le mandó una copia a la pareja con una nota de agradecimiento, y aparentemente en esto terminó el asunto con los protagonistas de la imagen.


Cuando salió a la luz, la fotografía causó sensación en el público parisino: hallaron en la imagen la esencia que la guerra había aplastado. Renació la idea de París como la ciudad del amor, como destino turístico de los enamorados, y, de nuevo, una oleada importante de arte se desató casi como una consecuencia inmediata. Era como si, de manera espontánea, la capital francesa hubiera recobrado su gancho internacional de referente único de prosperidad, vivacidad y fortaleza —como si nunca lo hubiera perdido—.


Doisneau pensó que se trataba una cosa generacional: con el tiempo el efecto pasaría y la imagen se convertiría en una más de su colección de vida; sin embargo, la fuerza rejuvenecedora que la imagen había tenido en la identidad de París no se acalló con el tiempo: se volvió un ícono del acontecer cotidiano de la ciudad y se llegó a pensar que, en efecto, había sido tomada por casualidad, como una escena más de tantas que ocurrían en la vida parisina. En los 80 se convirtió ya no sólo en un fenómeno exclusivo de la capital francesa, sino en un tema —ahora sí— generacional de la juventud del mundo: todos querían ese póster para su cuarto, para su sala, para .



Fue de esta manera que Le Baiser de l’hôtel de ville se convirtió en una de las fotografías más reproducidas de la Historia, más allá de los límites territoriales y artísticos de aquel país. Incluso la pareja que aparece mencionó que se la habían tomado sin permiso y reclamaron los derechos por la imagen. Doisneau negó todo, recuperó el comprobante de pago de los actores años atrás y la controversia se resolvió en ese momento. A pesar de esto, es innegable la fuerza unificadora que la obra ha tenido a nivel internacional: hay algo en el gesto —tan primigenio, tan contundente—, en la postura de ambos —él tan decidido, ella tan suave—, y en la gente que camina, como si nada pasara en realidad.


Sí, Doisneau planeó la escena, pero nunca se imaginó el impacto real de esperanza que tendría sobre la población de su país, y mucho menos del mundo. Proyectó la calidez citadina, y así, propulsó el clima de época.



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Andrea Fischer

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