El Santo, el Cavernario y la Lucha Libre Mexicana en 12 fotografías

sábado, 12 de agosto de 2017 14:06

|Diego Cera


No todos lo héroes usan capa, para algunos sólo es necesario tener una brillante máscara y un nombre que lo llene de gloria para poder ganarse el corazón de miles de personas. Ídolos, héroes o despiadados villanos, realmente no importa cómo sean vistos los luchadores arriba del ring, lo único verdaderamente importante es, sin lugar a duda, la manera en la que éstos hace vibrar una arena con sus movimientos y saltos que hacen creer a sus admiradores que en realidad están parados frente a una versión morena y barrigona de Batman o Superman, sólo que esta vez se trata de personas que crecieron en el barrio y salieron del mismo como disparados por un impulso divino.




"Santo te llamas", le dijo el gran dios del cuadrilátero a un joven de Tulancingo y de ahí a volar y a luchar contra los monstruos. Sin embargo, mucho antes de que nuestro enmascarado de plata llamase por intercomunicador a su entrañable compañero Blue Demon, digamos poco más de medio siglo atrás, comenzó una tradición que hasta hoy sigue cautivando a los mexicanos: la lucha libre.




Pensar en este deporte de malabares y rudeza sin la intervención francesa, la sola imagen de la compañía teatral de Giovanni Relesevitch o la llegada de los maestros de las artes marciales, Nabutaka y Conde Koma como parte del elenco del Teatro Colón es simplemente imposible. Sin estos tres elementos el deporte de contacto en México habría sido genérico, sin ninguna especie de peculiaridad que le diera ese sello tan nuestro; afortunadamente la exitosa combinación de la teatralidad con el deporte dio origen a uno de los espectáculos más socorridos a nivel nacional en el que figuras como Canek, Mil Máscaras, Pierrot o el Huracán Ramírez se consagraron como verdaderas leyendas de esa soledad mexicana de la que escribió Octavio Paz.




Pero. ¿qué hace que la gente les entregue su amor incondicional? Los más puristas dirán que sólo puedes amar las luchas entrándole de lleno al espectáculo, aunque lo cierto es que, por extraño que parezca, no hace falta ver una pelea para sentir, por lo menos, un respeto profundo hacia estos hombres y mujeres que en la tarima se juegan máscara, cabellera y orgullo; claro, no sin antes haber dado un testimonio visual que desde la fotografía hasta el video da fe de que no se trata de personas comunes sino reales.




Más que un deporte, la lucha libre mexicana es un arte que teatralmente crea un discurso en torno a la fuerza del ser humano sin importar edad u orientación sexual; para muestra de ello están Casandro, Pimpinela Escarlata, Pasión Kristal y Polvo de Estrellas. Por otro lado, desde lo visual constituyen un elemento importante para el colorido kitsch mexicano, mismo que entre flores y luces de navidad tienen un lugar especial para las máscaras, las telas satinadas e incluso las figuras de acción con rebabas y capitas de hule que representan a los grandes gladiadores del ring, Súper Ratón, Súper Muñeco, Tinieblas, Octagón, la Parka y otros nombres que, antes de la llegada de Thor o Iron Man a la pantalla grande, estaban o salvando al mundo de la amenaza de los rudos, o burlándose de lo blando que puede ser un técnico.




Sudor, golpes y acrobacias, si bien es necesario encarar por lo menos una vez en la vida el espectáculo de la lucha libre ─ya sea en un gran coliseo o en un ring improvisado en alguna feria mexicana─, un par de fotos bastan para convencernos de la grandeza que se esconde detrás de una máscara, cabellera o maquillaje que contrasta con un llamativo traje de lentejuelas. Sobre todo conocerle antes de que la oscura sombra de la cultura creada en Estados Unidos a partir de la llamada wrestlemania invada las arenas de nuestro país con fuegos artificiales y sobreactuadas telenovelas que retratan la rivalidad entre luchadores... porque está pasando.




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Diego Cera

Diego Cera


Articulista Senior

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