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Soledad, melancolía y tedio en 10 fotografías del metro de NY

8 de diciembre de 2017

Rodrigo Ayala Cárdenas

Los vagones y andenes se llenaban de vagabundos, borrachos, traficantes de drogas, prostitutas, asaltantes y miembros de peligrosas pandillas.

La línea elevada del metro de Nueva York fue la primera en abrir. Esto ocurrió en 1885. Fue hasta 1904 que las vías subterráneas comenzaron a albergar a miles de pasajeros y trasladarlos del Bronx hasta Manhattan, de Rockefeller Center hasta el City Hall, de distintos barrios de Brooklyn hasta la mítica Coney Island. Poco a poco, el metro se fue llenando de personas de distintas procedencias raciales y económicas, hasta conformar una fauna que exhibía la miseria y decadencia de la ciudad.


En la década de 1970, la ciudad se enfrentó a una ola de criminalidad muy alta, que veía en el metro una oportunidad de oro para que los asaltantes y pandillas hicieran de las suyas bajo la mirada impotente de la autoridad. Los vagones y andenes se llenaban de vagabundos, borrachos, traficantes de drogas, prostitutas, asaltantes y miembros de peligrosas pandillas surgidas en su mayor parte del Bronx. Esta ola de criminalidad y siniestra exposición de los despojos de la ciudad, hacía que en el metro se respirara un vacío existencial enorme. 




Los grafiteros encontraron en los vagones, ventanas y columnas las superficies ideales para pintar sus nombres, escribir consignas políticas y crear figuras multicolores que le dieron un toque de decadencia, suciedad y desprestigio a este gran gusano de metal que desgarraba las entrañas de una de las ciudades más grandes de los Estados Unidos. Las personas a bordo viajaban con todo tipo de sentimientos en su interior, pero sobre todo con una gran soledad y desesperanza royendo su alma.




Mientras que afuera las calles bullían de actividad empresarial, turística y artística entre miles de autos y cientos de rascacielos, en el metro se vivía un tedio y una monotonía entre los oficinistas que tenían que enfrentar de nuevo un día más de trabajo. La combinación de sus trajes y el ambiente sórdido del metro, que remitía a una especie de agria jungla urbana, eran la contraparte entre la delincuencia de la ciudad y la prosperidad que lograba alcanzar de manera paulatina después de una fuerte recesión económica.




Low life era uno de los términos más referidos en aquel entonces en los barrios más pobres y peligrosos de Manhattan y las zonas aledañas. Se refería a la decadencia que se vivía en los barrios más pobres, en las callejuelas donde se vendían drogas y donde las prostitutas se ofrecían al mejor postor entre cubos de basura. En el metro también se vivía esa sensación de angustia permanente: los graffitis eran capaces de contar historias de crímenes y delincuencia, de sangre y junkies que dormían bajo el amparo de los gases que emergían de los túneles en compañía de las ratas.




Nueva York es una de las ciudades con más nacionalidades reunidas en un mismo territorio; personas de todos los continentes habitan en ese pedazo de tierra hoy luminoso, pero algún tiempo oscuro y peligroso. Su sistema de metro es testigo de la multitud de razas y creencias que desfilan por la Gran Manzana y que la alimentan de historias y grandes anécdotas. Pero todos compartían en los 70 ese sentimiento de vacío, hartazgo y melancolía que estas imágenes capturan. Su tono sepia y ángulo un tanto descuidado, casi clandestino, aportan esta idea, aunado a la oscuridad que envuelve a cada una de ellas. El metro con destino definido pero con almas errantes en su interior era una contradicción absoluta.




En la década de 1970, en el metro y en los barrios pobres la supervivencia era la moneda de cambio más corriente, lejos de la opulencia de los barrios de las clases más acomodadas, donde todo era artificial y ostentoso. Había que introducirse en su metro, viajar en él, respirar su pestilencia, observar a su gente en combinación con el arte callejero para comprender la enfermedad bohemia de una ciudad que siempre ha fascinando tanto a sus habitantes como a los que la visitan por lo menos una vez en la vida.


Sus concurridas avenidas se quedan en la memoria al igual que aquellas imágenes del metro color sepia que respiran tedio y tristeza.


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Si quieres bajarte del metro de Nueva York en uno de los barrios más sórdidos de la ciudad, ten cuidado de no enfrentarte a la peligrosa vida de un pandillero, pues tal vez no te deje salir vivo, lo cual era el verdadero arte de la Gran Manzana


TAGS: Fotoperiodismo fotografía documental serie fotográfica
REFERENCIAS: Old Skull

Rodrigo Ayala Cárdenas


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