Los peores miedos de una vida hipócrita y una familia destrozada

Los peores miedos de una vida hipócrita y una familia destrozada

Por: Rodrigo Ayala Cárdenas -

El verdadero horror, el encuentro con los acontecimientos más oscuros de la vida, a veces se encuentra en el hogar. Si no lo crees, te invito a que leas el libro “Felices como asesinos”, del escritor británico Gordon Burn. En él se narra la vida del matrimonio de Fred y Rosemary West, quienes a lo largo de más de 20 años se dedicaron a torturar física y mentalmente a sus hijos, además de a las mujeres que les servían como niñeras.


Tras una denuncia por maltrato presentada por una de sus hijas, la policía consigue el permiso para investigar la casa de los West. En el jardín hallaron el esqueleto de Heather West, una de las niñas del matrimonio desaparecida seis años atrás en extrañas circunstancias. Después de este hallazgo fueron encontrados ocho esqueletos más en el jardín y el sótano. Fred y Rosemary fueron los responsables de cada una de las muertes. Su hogar fue conocido como “La Casa de los Horrores”.


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Mucho menos macabra que la historia anterior, pero sin dejar de lado el aspecto de evidente disfuncionalidad familiar, es la serie fotográfica de la artista Susan Copich, quien nos sumerge en el núcleo de una mujer (la misma Copich) y la manera en que tiene que lidiar a diario con sus hijas, su marido, sus deseos y sus propios demonios. En sus retratos abundan los clichés de la típica dinámica familiar de la clase media de los Estados Unidos, pero desde una perspectiva oscura y ajena a lo que se considera como los valores familiares esenciales.


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En la familia a cuya vida asistimos como invitados especiales, vemos la presencia de diversos elementos que hacen evidente un enorme desmoronamiento familiar: alcohol como antídoto en contra de la pesadumbre, drogas para inhalar un poco de olvido ante los sueños rotos por la vida diaria, guiños al suicidio como el remedio final ante el fracaso personal y profesional, y miedo, mucho miedo ante lo que la vida le ha quitado a la mujer. Ésta luce rota por dentro y por fuera, implorante frente a un destino que no es el que de joven soñaba.


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Uno de los elementos vitales en esta serie llamada “Domestic Bliss” (“Dicha familiar”) son las niñas, quienes le dan el toque gracioso pero también terrorífico a las imágenes. Ellas son las encargadas de generar una especie de crisis entre los padres mediante sus travesuras, mismas que se antojan una encarnación del Mal. Asimismo, la invisible presencia del marido, del cual sólo alcanzamos a ver partes del cuerpo, delata la poca importancia que tiene en la vida familiar, un actor totalmente secundario que se dedica a leer el diario, vestir elegantes trajes y salir rumbo a un trabajo que quizá no le gusta pero al que se ha resignado.


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La mujer protagonista de este decadente retrato familiar vive una triste realidad: el deseo sexual hacia otros sujetos ante la ya citada ausencia del marido. Ello la conduce a desear a otros hombres que pueden ser el vecino joven de la casa de enfrente, un compañero de trabajo, el trabajador doméstico que acude a hacer reparaciones mientras el marido se ausenta y las niñas acuden al colegio. Vive reprimida y al borde del colapso. Cualquier acontecimiento es digno de un drama, de un episodio de tristeza absoluta que la lleva al límite. Un vaso derramado de leche sobre la mesa puede ser la mayor de las tragedias porque no sólo representa la ruina de su vida, sino la ausencia del semen del marido (o de posibles amantes) sobre su cuerpo.


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Como espectador, puedes reír a la vez que compadecer la tragedia de cada uno de los integrantes de tan gloriosa familia. Llega un momento en el que estar inmerso en su intimidad puede tornarse algo incómodo y deseas salir de ahí cuanto antes. Los desayunos se dan bajo la sombra del suicidio, las tardes al lado de la piscina se vuelven un ritual de hipocresía, la perfección de una mesa puesta y bellamente adornada es la antesala de la mentira como modo de vida, las tareas diurnas para que las niñas cumplan con los deberes escolares se convierten en una especie de infierno ensombrecido por una botella de vino…

Al final sólo queda la muerte para una mujer que lo único que quería era ser feliz. La dicha familiar no fue el proyecto de vida que deseaba, sin embargo, se percató de ello demasiado tarde. Ahora su hogar será un féretro de bella madera en el cual habitará con un elegante vestido negro, mismo con el que soñaba enamorar a su marido.


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Susan Copich afirma: «Tomo el mundo que conozco, lo sumerjo en esta sensibilidad y termino con un mordaz punto de vista sarcástico para alimentar la conversación, juguetear con arquetipos bien afilados y apaciguar mi alma inquieta».


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A través de la fotografía podemos ser testigos de tradiciones, costumbres y el estilo de vida de una familia y sus más oscuros secretos. Una muestra macabra de ello son la doble muerte en la fotografía del México decimonónico. Como la madre de familia de la serie que acabas de ver guardaba anhelos íntimos, tú también seguramente guardas algunos deseos oscuros que escondes detrás de una máscara en 14 fotografías


Referencias: