Historia

4 puntos para conocer el pensamiento filosófico de Sócrates

Historia 4 puntos para conocer el pensamiento filosófico de Sócrates

"¡Jamás, mientras viva, dejaré de filosofar!". Sócrates 

 

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Decía sobre sí mismo ser la encarnación del dios Eros debido a sus cualidades altamente seductivas, pasionales, astucia en las relaciones humanas y dominio absoluto de ellas, calificaba su persona como digna heredera de aquella sutil deidad. Era costumbre por aquellos tiempos que los discípulos también se fuesen a la cama con algún admirado maestro; Sócrates no debió ser la excepción. A través de los Diálogos de Platón, captamos el amor no únicamente filial, sino de carácter francamente erótico y carnal que conectaba a Sócrates con ciertos alumnos suyos, como Fedón, quienes le despedirían a la hora de su muerte, tras el juicio definitivo, llorando desconsolados y aferrándose a su terminal y humilde existencia. Es probable que no fueran tan solo discípulos, sino amantes del más grande filósofo: el hijo de Eros.

Para no meterse en dificultades terminológicas, Sócrates llamaba a sus discípulos sencillamente  “amigos”.

Por aquellos tiempos la línea divisoria entre homosexualidad, heterosexualidad, homoerotismo, fraternidad, hermandad y demás etcéteras interminables, se desdibujaba con facilidad sin causar problema a nadie, transgrediendo sus límites caprichosamente. 

Regresando al caso de Sócrates, ¿cómo alguien de tan baja estatura, rostro y nariz achatada, barriga prominente, barba gigantesca y cana, casi calvo, vagabundo y dicharachero, franco y sincero conversador, vestido siempre de manera sencilla, prácticamente sin ningún interés en los bienes materiales ni en el poder terrenal, logró seducir y “corromper” a tantos jóvenes, hombres y mujeres en la Grecia del siglo V antes de Cristo, hasta sacudir el tinglado de todo el Imperio? Al punto de haber sido condenado a muerte, acusado de poco demócrata, de interpretar a su capricho los libros clásicos y de corromper a la juventud. Si los mismos padres de familia y cabezas de la nobleza griega no cesaban de buscarlo para que asesorara y aconsejara a sus hijos.

Nunca quiso dejar nada escrito, otorgándole importancia primordial a la conversación que en el momento presente entablaba con cualquier ser viviente. Lo que nos ha llegado de su persona y pensamiento, ha sido a través de lo que sí escribieron sobre él sus discípulos y seguidores. Como el caso de los evangelistas con Jesús.

Desde los artesanos y esclavos más humildes, hasta jóvenes pertenecientes a la nobleza y parientes de los emperadores, eran dignos sujetos de su interés. Su figura, dignísima hasta la muerte, preferiría beber la cicuta antes de traicionarse a sí mismo y a sus principios: uno de los más grandes argumentadores e investigadores del alma humana de todos los tiempos. Su personalidad no tendría nada que pedir a otros grandes personajes de la envergadura de Jesús de Nazaret y Buda. Aunque Sócrates no pretendiera en ningún momento fundar religiones, y en el fondo nos parece, ninguno de los dos últimos tampoco lo querrían jamás. No faltarían de todos modos los vivales de todos los tipos y orbes, quienes se aprovechasen de los nombres de sus maestros para fundar dictatoriales instituciones, hacer buenos negocios con la venta de ídolos y de boletos de entrada al Paraíso, además de fabricar consignas para guiar a las enceguecidas masas hasta la boca de los abismos.

Al mismo Platón se le acusó de malinterpretar intencionalmente y poner en boca de su maestro Sócrates, palabras que éste nunca habría dicho, pero que convenían a la teoría del discípulo.

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Siendo niño, Sócrates fue entrenado como escultor: un taller en la casa paterna sería su primera escuela. Su padre vivía del oficio de tallar la cantera y mármol; notables monumentos de algunas ciudades griegas antiguas fueron construidos por su progenitor, con la colaboración del pequeño aprendiz en los primeros años formativos. Su madre, partera, tendría sin dudas también importante influencia en el desarrollo del futuro pensador.

Su segundo entrenamiento vino como soldado. Sus contemporáneos señalan que se destacó en diversas batallas, acumuló heridas en su cuerpo e interminables reflexiones sobre las tácticas y el arte de la guerra, anécdotas de las luchas, las derrotas y los triunfos. Siendo niño aún, en Grecia se encontraba muy fresco el recuerdo de la Batalla de las Termopilas y la derrota propinada al hasta entonces invencible Imperio Persa por parte de los espartanos. Un hombre que a la vez era experimentado soldado y filósofo era muy bien visto por aquellos tiempos. Caso de Sócrates; a causa de las guerras en que participó, tuvo la oportunidad de visitar soberbias bibliotecas en importantes ciudades de la antigüedad, dialogar y escuchar a connotados maestros, teniendo acceso a gran cantidad de libros y manuscritos. Con los cuales se embebió.

La educación militar y el desarrollo físico en tiempos del griego clásico, de ningún modo se concebían de manera separada del ejercicio del intelecto y las cualidades espirituales. Como es el triste caso de la educación en tiempos actuales. A la hora de su juicio, antes de ser condenado, el tribunal griego no podría de  ninguna manera evitar reconocer su valor y desenvolvimiento durante variadas batallas de juventud.

Precisamente, en los gimnasios y los baños públicos donde se ejercitaba el cuerpo de los griegos, era donde el maestro comenzó su prédica y sus enseñanzas. De ahí que sobreviniera el término acuñado por él: paideia. Una nueva forma de gimnasia espiritual e intelectual, un método novedoso para desarrollar el pensamiento y el alma.

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Los psicólogos académicos suelen mencionar que la denominada ciencia psicológica a las que ellos enarbolan, surgió en el siglo XX, con los primeros laboratorios alemanes y norteamericanos, así como con las cátedras oficiales de psicología en las grandes universidades de Europa y Norteamérica. Dirigidas en sus inicios por psiquiatras, neurólogos y filósofos. Apenas recuperadas, arrebatadas trabajosamente a estos,  a partir de la mitad de aquel siglo por los primeros e incipientes psicólogos de formación.

Pero los antiguos tenían una psicología altamente desarrollada, desde la India milenaria y los textos tibetanos, hasta Mesoamérica. La mayor parte de los comentarios de Bhagavad Gita, por ejemplo, consisten en antiguas descripciones detalladas de los procesos mentales.

En el caso griego  con Sócrates, su pensamiento es primordialmente ético, moral y fundamentalmente psicológico. Una preocupación sin fin por el alma humana estaría presente en todo su sistema y en sus acciones.

El uso de sus conceptos: exhortación e indagación, poseen una intencionalidad altamente psicológica. La exhortación sería la cualidad del discurso y de la mente de dirigirse hacia otros, argumentarles, contra argumentarles, convencerles e incluso persuadirles.

En cambio, la indagación, precisamente aludiendo a una daga que penetra, consiste en abrirse paso hacia el interior de los fenómenos y de los significados lingüísticos. El método socrático consiste en una continuidad  de detalladas preguntas y respuestas a las que se somete a un individuo, un autor, un libro, un discurso o un fenómeno. Se llegaría a decir de Sócrates que era uno de los primeros médicos del alma. Su método procedía al igual que el de los antiguos médicos de Egipto y Medio Oriente, de los cuales aprendieron bien los griegos: preguntando con sumo y cuidado detalle, examinando con cautela, deteniéndose, observando, volviendo a preguntar. Escuchando principalmente.

Empero, el objeto de estudio de Sócrates no era el cuerpo, sino el alma,  entendida por él como una cualidad moral deseable de la persona, una característica positiva de ella que de ningún modo poseen todos los hombres, no concebida como una entidad separada de su cuerpo. Tal como la definiera Platón y siglos después, el cristianismo.

La indagación socrática comienza por interrogarse a uno mismo antes de partir hacia los demás o hacia el mundo y establecer cualquier juicio. De ahí el postulado “Conócete a ti mismo…” que gustaba al maestro. Todo conocimiento partiría de uno mismo. Por ello Sócrates sería conocido como el fundador del método inductivo, que luego se le atribuiría a su alumno Platón. Sócrates, el primer inductivista.

En la indagación, el principal interlocutor no son los otros. No se habla en este caso -o no se piensa- para convencer a nadie, sino para esclarecerse a uno mismo. En el momento en que un conocimiento es sometido al escrutinio de la propia experiencia y del propio juicio en la indagación, es el instante en que un saber emana del lento horno intelectual de la indagación. Nos encontramos ante un trozo de sabiduría. Para convencer a otros, antes debe estarse verdaderamente convencido uno mismo.

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Cuando se conoció de antemano el resultado funesto en que desencadenaría un juicio maniatado y tendencioso al que fue sometido el maestro, sus alumnos pretendieron convencerlo de huir de Atenas, disfrazarse, ocultarse para evitar la muerte. Ayuda no le habría faltado, pues era apreciado y querido por jóvenes pertenecientes al ejército y la aristocracia, cuya influencia hubiese podido aprovechar para salvar el pellejo.

En ningún momento Sócrates hizo caso de aquellos consejos, no pretendía traicionar sus principios por nada del mundo. Cuando le preguntaron aquellos jueces sí tenía alumnos o en qué escuela impartía clases mencionó simplemente que conversaba en los gimnasios y mercados, y que no tenía discípulos, sino amigos. En su filosofía tendría un valor por encima de cualquier posesión material la amistad. Se preocupó siempre por el bienestar físico y emocional de sus alumnos.


Referencias: