Armas y torturas que se usaban en la Antigüedad para matar a los infieles

Viernes, 17 de noviembre de 2017 17:56

|Eduardo Limón
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¿Cómo era entendida la infidelidad antes y cuáles eran los mecanismo para castigarla? Un contexto moral religioso arroja luz sobre estas dudas.

“Soy hombre y quiero tener sexo con otras mujeres, pero no debo”.


Con esa respuesta, uno de los entrevistados durante una investigación de la Universidad de Bath titulada La infidelidad y la monogamia entre los hombres heteroesexuales universitarios, reveló lo que piensa la gran mayoría de los hombres straight con pareja. De los 40 entrevistados –todos con pareja estable de más de 3 meses de relación– más de un 50 % de ellos habían engañado a sus novias; en otras palabras, y considerando que la infidelidad sólo es concebida como tal para el género masculino en contextos sexuales, 26 jóvenes aceptaron haber fornicado con otra persona y a espaldas de su compañera estable.


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Las ideas a continuación son sólo algunos de los motivos o justificaciones que los encuestados hallaron para su infidelidad:


-En torno a los seis meses el sexo se vuelve rutinario.


-No puedo olvidar lo que hice, pero si se lo cuento seguro me deja.


-Mi instinto de hombre no cambia al ponerme un anillo de matrimonio.


-Es por la tensión psicológica que me provoca una relación.


-Es como una solución para que las cosas con mi pareja mejoren.


-La infidelidad es producto de un deseo natural.


-La infidelidad es algo común y generalizado.


-Cuando se les preguntó por qué lo habían hecho, ellos respondieron que aunque amaban a sus parejas, el deseo por otras mujeres nunca había desaparecido.


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¿La infidelidad funciona así en todos los ámbitos? ¿Todos los hombres le perciben de la misma manera? ¿Sus razones parecen suficientes? ¿A todo infiel se le debería tener consideraciones o planear un castigo específico?


Eso nos dirige un poco a esa época en que la Iglesia seleccionó con toda cautela las armas con las cuales castigar la infidelidad. En época de la Santa Inquisición, si es que leemos con detenimiento las leyes católicas de entonces, podemos encontrar que justamente a una novia que le faltasen “los signos de la virginidad”, una virgen desposada, un hombre que adultero de corazón –que ve con lujuria a una mujer– o cualquier persona que engañara en un contexto marital, eran dignos de un castigo proveniente de la Iglesia.


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Todos los instrumentos y métodos de tortura con carácter sexual, como el de la pera vaginal o anal, el famoso desgarrador de senos, el peso añadido a los testículos, las burlas públicas o los cepos, entre otros, fueron los predilectos para castigar distintos niveles o caracterizaciones de la infidelidad o los buenos comportamientos del individuo moral.


Claro, en términos religiosos, pero eso no borra la intención primaria de tomar represalias para quienes atentaban en contra de la lealtad, la rectitud de valores y la franqueza de intenciones.


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Los instrumentos dispuestos para esta venganza hacia lo infieles a Dios eran la ballesta y la defence gun; aunque las primeras referencias escritas del uso de las primeras aparecieron en China durante el siglo VI a.C., no fue sino hasta el siglo X que se usaron en Occidente específicamente para este fin. Las principales "bondades" de esta arma radican en que ésta podía ser manejada por soldados inexpertos y no necesitaba de mucha fuerza para acertar en el blanco.


Asimismo y abordando el segundo caso, en 1718 James Puckle –abogado y fanático protestante– registró la patente nº 418 para su diseño, uso y comercialización. Una especie de pistola de cañón largo apoyada en un trípode, capaz de disparar 9 balas por minuto; un arma revolucionaria para su momento. Su uso especial radicaba en que contaba con dos tambores; uno para católicos y otro para infieles. En los primeros las balas eran convencionales y en los segundos eran cuadradas, supuestamente porque éstas son más dolorosas.


¿Hoy las infidelidades –sean del tipo que sea– cuentan con una venganza o un castigo específico? ¿Estos mecanismos tienen sentido y en verdad son aplicables?


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Eduardo Limón

Eduardo Limón


Editor de Fotografía y Moda
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