Historia

Asesinato, sadomasoquismo y herejía en la vida del hombre más extravagante de la historia

Historia Asesinato, sadomasoquismo y herejía en la vida del hombre más extravagante de la historia



Era la noche del 17 de octubre de 1590 cerca de la Piazza San Domenico Maggiore, en Nápoles; María había esperado por meses para que se le presentara esta oportunidad. Supo que podría por fin invitar a Fabrizio a su habitación cuando su esposo le había dicho que se ausentaría de la ciudad por dos días debido a que pretendía salir a cazar un jabalí. Por fin podría entregarse al duque de Andría, su belleza era incomparable y su humor era perfecto, no como el de su esposo, que se acercaba a la locura.

El sueño que la había visitado por cientos de noches se hacía realidad. María era la persona más feliz del mundo al poder tener a su amado en su habitación, no podía creer que esas manos que tanto había anhelado ahora tocaban su cuerpo. De repente, un bullicio interrumpió la paz de los amantes, fuera de la habitación se escucharon una serie de voces enardecidas. No alcanzó a reconocer ninguno de esos extraño sonidos, hasta que reconoció la voz de su esposo que gritaba: 

"¡Matar a ese canalla, junto con esa ramera! ¿Será un Gesualdo hacerse llamar un cornudo?" 

Al día siguiente, la sociedad napolitana se enteró del terrible suceso. En la casa de Don Pablo Gesualdo se había cometido un doble asesinato que le había quitado la vida a María de Ávalos, hija del duque de Pescara, y a Fabrizio Carafa, duque de Andria. Los detalles de los crímenes fueron los que más impactaron al público, las autoridades aseguraban que el cuerpo del hombre había sido encontrado con varias perforaciones, dos heridas de bala –una en la cabeza y otra en el pecho– y estaba vestido con un camisón de mujer con flecos en la parte inferior. 

carlo gesualdo asesinato

Del cadáver de la mujer no se sabía tanto y rumores sobre su horrendo suceso no se hicieron esperar. Se dijo que sus órganos sexuales habían sido mutilados, que partes del cuerpo habían sido distribuidos en lugares del palacio e incluso que un monje demente había violado al cuerpo de María. Ninguna prueba respaldó estas afirmaciones, pero era un hechoque el esposo cometió este atentado en un arranque de celos 

Carlo Gesualdo, perpetrador del crimen, era sobrino de Alfonso Gesualdo, arzobispo de Nápoles, y sobrino nieto del Papa Pío IV. Desde muy joven recibió clases de laúd y de composición, cuando alcanzó la edad suficiente comenzó sus estudios musicales en la academia fundada por su padre. Fue precisamente en esta época cuando se casó con su hermosa prima, María de Ávalos, pero tan sólo cuatro años después, cometería el crimen que convulsionó al público napolitano.


Carlo Gesualdo retrato

La respuesta a este crimen es una muestra del estado de la justicia renacentista, ya que a pesar de la violencia, Carlo fue libre de toda responsabilidad. Juan de Zúñiga Avellaneda y Bazán, virrey de Nápoles, aseguró que no existía ningún crimen, las acciones del príncipe de Venosa se justificaban porque fueron realizadas con la intención de limpiar su nombre. A pesar de estar libre de culpas, Zúñiga le recomendó a Carlo que escapara de Nápoles para evitar represalias de la familia de los asesinados. 

Antes de los crímenes, Gesualdo había ocultado su nombre en el mundo de la música. Si bien ya había publicado su primer libro de madrigales, lo había hecho bajo el seudónimo de Gioseppe Polinij. Este tipo de composiciones poco a poco lo ayudaron a superar la naturaleza de sus acciones, su música no era revolucionaria, pero sí se caracterizaba por su belleza y su complejidad. Con un nombre establecido en el mundo de la música, en 1594 se mudó a Ferrara donde conoció a Elonora d'Este, su futura esposa. 





Su segundo matrimonio fue igual de infeliz que el primero, las constantes discusiones y las infidelidades del compositor terminaron por consumir rápidamente la relación y por si fuera poco, sus dos primeros hijos murieron a muy temprana edad. Esta desgracia fue interpretada por Gesualdo como una muestra de un castigo divino, pues escribir madrigales y obras sacras no era suficiente para curar su alma, por lo que tenía que emplear métodos más radicales. 

Con el fin de expiar sus constantes culpas, comenzó a participar en prácticas masoquistas. Por la ciudad se decía que a la casa de Gesualdo asistían una serie de hermosos jóvenes que lo flagelaban para expulsar sus demonios. Esta situación dio un giro radical cuando dos mujeres que trabajaban en su casa fueron acusadas de herejía

Después de un juicio perpetuado por la Inquisición, una de estas mujeres confesó haber hecho una poción con su sangre menstrual para que Gesualdo la tomara. A continuación tuvo relaciones sexuales con el príncipe y por último, insertó una pieza de pan en su vagina para que se lo comiera junto con una salchicha.

Estos pecados hicieron que las prácticas masoquistas subieran de intensidad. La situación llegó a un lugar incontrolable y el 8 de septiembre de 1613, el cuerpo del príncipe de Venosa fue encontrado sin vida y con varias señas de tortura. Muchos mencionaron que se había tratado de un suicidio, pero otros aseguraron que fue asesinado por uno de los jóvenes con los que se flagelaba. 


carlo gesualdo flagelación
El testimonio de Carlo Gesualdo nos hace reflexionar sobre la relación que tiene la obra de un artista con las acciones que comete durante su vida. La locura durante el Renacimiento era vista como una injerencia demoníaca y en muchos casos era identificada con la brujería. El “Malleus maleficarum”, escrito en 1486 por los teólogos Heinrich Kramer y Johann Sprenger, atribuye al demonio la causa de las enfermedades. Para liberar a cualquier persona de los injerencia del diablo, se tenía que torturar al incauto o llevarlo a la hoguera. 

Mientra la mayoría de los hombres que sufrieron de estos trastornos mentales fueron olvidados (o asesinados), Carlo Gesualdo fue recordado por esto. Si no hubiera cometido sus terribles acciones, muy probablemente su música no hubiera llegado hasta nosotros, pero si de no haber compuesto sus piezas, habría caído en el olvido como muchos hombres que cometieron los mismos crímenes. 


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Referencia:

The New Yorker






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