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Memoria de la desaparición en México: entre el miedo y la esperanza

31 de octubre de 2017

Museo Memoria y Tolerancia

Ahí comienza el apoyo a la búsqueda de justicia, cuando el miedo se quiebra y rompe la indiferencia, podemos actuar.



La violencia azota nuestro país de una manera generalizada, sistemática y normalizada, que es lo más severo. Hemos comenzado a pensar que lo que pasa en México es normal (Foucault 2014, 1999). La seguridad en México se ha deteriorado gravemente en la última década, decenas de miles de menores han sido reclutados por el crimen organizado, se calcula que el crimen organizado en México al menos tiene trabajando en sus filas a más de medio millón de mexicanos, para la comunidad internacional la situación en México es alarmante, al grado que Altos Comisionados de la Organización de Naciones Unidas, Grupos de Trabajo y Relatores Especiales han escrito reportes que el propio gobierno ha tratado de soslayar o de plano negar, refutando con pruebas inverosímiles sus evidencias. O, peor aún, negándoles la oportunidad de la visita al país.


México es uno de los países más mortíferos para los periodistas a nivel mundial y la libertad de expresión está severamente amenazada. Sólo en 2016 hubo más de 426 agresiones contra periodistas, lamentablemente se calcula que en 53% de los casos estas vienen de parte de funcionarios y agentes del Estado mexicano. 99.7% de las agresiones quedan impunes. Por otro lado, el gremio de los defensores de Derechos Humanos en México tienen un panorama poco receptivo para su labor, México es el cuarto país más mortal para ellos. En términos de género, para las defensoras de Derechos Humanos, es el segundo lugar más mortal. La cosa no para ahí, los blancos elegidos para la mayor severidad represiva son aquellos defensores de DDHH de la tierra y el medio ambiente; de éstas, se calcula que 37% son de parte de servidores públicos.





Una de las primeras luchas por los Derechos Humanos a nivel mundial fue la lucha contra la esclavitud. Si bien es cierto que desde nuestro artículo 1° constitucional —y desde el padre Hidalgo y el generalísimo Morelos— se ha luchado contra ella; hoy en México, en formas de esclavitud moderna existen más de 350 mil personas sometidas a esta forma de explotación. Se les priva de la libertad y se les vuelve objetos, con el fin de explotarlos sexualmente, cosechar sus órganos y someterlos a trabajos forzados, por nombrar algunas de las deplorables situaciones que esos seres humanos enfrentan y de las que son víctimas. México es el primer lugar en la trata de personas en América y el turismo pedófilo tiene aquí algunas de sus capitales mundiales en Cancún, Puerto Vallarta y Acapulco. Las personas sometidas son particularmente población con escasos recursos y migrantes centroamericanos.


En una arista diferente, uno de los fenómenos de los que no se quiere hablar en México es el Desplazamiento Forzado Interno. Sólo en 2016, hubo 29 episodios de desplazamiento forzado, 20 de ellos por parte del crimen organizado, parece que los otros nueve por parte de empresas privadas y el Estado. Se habla de alrededor de 310 mil desplazados forzados sólo en ese año. Todo esto es menos visible y en nada resta severidad a los más de 189 mil asesinatos desde el 11 de diciembre de 2006 que inició el Operativo Conjunto Michoacán por parte de Felipe Calderón, o los más de 30 mil desaparecidos, cifra que se vuelve devastadora frente a la oficial del Registro Nacional de Personas Extraviadas o Desaparecidas de mil 135 de 2007 al 31 de agosto de 2017.


Y yo me pregunto: ¿no te duele?, ¿no te lastima que en esos otros no estamos también nosotros? Que se guarde las lágrimas aquel que no haya sufrido si no en carne propia, pero si en la de un familiar o amigo esta situación. A todo esto, se suma una pobreza perversa, que tiene a 23.3% de la población mexicana sumida en una carencia insuperable por las condiciones de inequidad en trabajo, salud, educación y distribución de la riqueza. Pero si eso parece lejano piensen que 3 de 10 niños en México, 28.6% de la población infantil, vive o muere con hambre. No, no es normal. Como tampoco lo es la tecnología represiva de la desaparición que el Estado quiere normalizar.





TECNOLOGÍA REPRESIVA


El conocimiento que desarrollamos a partir de la ciencia, del conocimiento, del raciocinio se denomina
ἐπιστήμη
(
epistḗmē
) y una repetición de un acto por parte de un ser hasta su perfeccionamiento y procesamiento incuestionable se denomina
τέχνη
(
téknē
). Es una forma muy laxa de verlo. Pero la verdad sea dicha, la desaparición es una técnica, una tecnología de parte del Estado y el poder, violenta y siniestra, para reprimir a los movimientos que considera hostiles, enemistados o incluso críticos a su dominio.


El Estado, como se nos enseña en los primeros semestres de carreras como Sociología, Ciencias Políticas, Historia, Derecho o incluso Relaciones Internacionales, tiene el
monopolio del uso legítimo de la fuerza
. Dicen que un día los seres humanos renunciamos a matarnos los unos a los otros por cuestiones privadas y le entregamos ese poder al Estado; entonces el Estado tenía el poder de proteger, vigilar y castigar a los que se salían del orden establecido. Tremendo poder. Pero no bastaba en la década de 1960 porque el Estado tenía miedo. Tenía miedo de las luchas reivindicativas de Lucio Cabañas y de Genaro Vázquez, tenía miedo de las zonas rurales de Guerrero entre Atoyac de Álvarez y Tecpan de Galeana. Tenía miedo de perder su dominio y su poder. Tenía miedo de la legitimidad de su lucha. Por eso, decidió desaparecer a los enemigos; no matarlos como en una guerra, no detenerlos y procesarlos como en una sociedad democrática, no. Decidió negarles la existencia. Decidió negarles la vida y decidió también negarles la muerte (Aguayo Quezada 2015, González Villarreal 2012, 2015, Neumann 2014, Molina y Delgado 2007, Ríos Espinosa 2016).


El Estado entendió que negarles la existencia a esos seres que iba a tomar y desaparecer evitaría problemas del tipo jurídico, político e histórico. Porque la tortura, el asesinato, las operaciones militares, el secuestro de familiares, el agotamiento, el acaparamiento de bienes no les funcionó, esto sí debía funcionar, porque era más complejo y más profundo. La desaparición es un proceso de cinco pasos que implica un manejo de información —que las fuerzas represivas llaman inteligencia pero de inteligencia nada tiene— para ubicar a los sujetos de la desaparición; en segundo lugar la persecución hasta la captura de dichos sujetos; en tercer lugar la detención a través del encarcelamiento o privación ilegal de la libertad; como cuarto paso, la tortura, extracción de información o castigo corporal y finalmente, la negación del sujeto, es decir, su desaparición (González Villarreal 2012). Si asistimos a este proceso, nos daremos cuenta que son una legión los involucrados en la desaparición de una sola persona. Implica un esfuerzo de recursos y de personal para que suceda (Martín Beristain 2017).


La verdad histórica, la política y la jurídica entran en un juego simbiótico y negativo si dejamos en manos de las instituciones públicas la investigación; porque las instancias legales, políticas y aquellos que dicen que son los portavoces de la verdad histórica, son parte del aparato que creó a la desaparición como una tecnología represiva y están lejos de buscar una verdad que nos haga libres a través de la justicia. Siendo así, la justicia, ¿es una búsqueda estéril?





JUSTICIA, ¿UNA BÚSQUEDA ESTÉRIL?


Para que un juez haga justicia tiene que considerar a quien está frente a sí su igual. ¿A qué nos referimos con esto? Para que un juez dé oportunidad de escucha, de presentación de pruebas, de examinación cruzada en equidad, tiene que considerar a quien está a punto de darle un veredicto y una sentencia un ciudadano y un ser humano igual que él. Esta capacidad de empatía por parte de los jueces es poco explorada, y sin embargo tenemos evidencia cuantitativa de ello en los juzgados y las cárceles de todo el mundo (Nussbaum, Las fronteras de la justicia. Consideraciones sobre la exclusión 2007, Sen 2015).


De la misma manera, para que un policía, un ministerio público o un agente de la ley nos entienda como sujetos, muchas veces debe entendernos como iguales en dignidad y derechos; verse reflejado en nosotros y no dignos de ser deshumanizados y objetivizados, como suele pasar con regularidad. En el artículo 1° de la Declaración Universal de los Derechos Humanos se dice: “todos los hombres nacen libres e iguales en dignidad y derechos es la piedra angular de los Derechos Humanos”, es el derecho a la igualdad y la no discriminación. Porque cuando entendemos al otro ser frente a nosotros como humano, lo entendemos como un igual. Citando a Gandhi:


Vi a un hombre desde lejos y me pareció que era un enemigo;
después se acercó y entendí que era un amigo;
finalmente lo vi a la cara y era mi hermano


Si lo entendemos como una cuestión de distancia, aquellos que no conocemos o que no sentimos parecidos no son dignos de nuestro aprecio y estima; pero al conocerlos, al quebrar la barrera de la distancia, física, moral e ideológica y darnos cuenta de que son más las cosas que nos acercan podemos dispensar un trato de fraternidad al otro (Luckmann y Berger 2012, Ricoeur 2013). La estima por los otros dispara el comportamiento cooperativo y no egoísta, eso que conocemos y hemos vivido algunos días en septiembre de este año. Qué bueno sería vivir más ese sentimiento, llamándole solidaridad, fraternidad o amor, pero que al final es también justicia (Baron de Montesquieu 2005, Barry 2005, Sen 2015).





LA MEMORIA Y EL RECONOCIMIENTO COMO VÍAS PARALELAS DE LA JUSTICIA


La justicia emanada de sentencias judiciales es una aspiración y también la búsqueda de una restitución del daño, no obstante frente al aparato de poder, la violación continuada llevada a cabo por la desaparición forzada y la magnitud de la batalla, considero que la memoria y el reconocimiento son vías paralelas de la justicia que nos acercan a la verdad. Aunque digo esto debo ser muy claro citando a Carlos Beristain, los casos de desaparición forzada no se pueden cerrar hasta que se encuentre la verdad y el destino de los desaparecidos.


Tres años, un mes y un día han pasado desde la desaparición forzada de los 43. Para muchos, que no nos consideran iguales, el olvido y el tiempo juegan a su favor. Para nosotros, los que estamos aquí, aunque sea virtualmente, debemos trabajar con el tiempo y la memoria, para que hoy, y mañana y cada día tengamos una cita con la búsqueda de una verdad que reconozca lo acaecido, con una investigación que continúe y con una memoria colectiva que impida que esto suceda de nuevo.


POR QUÉ IMPORTA LA BÚSQUEDA DE JUSTICIA EN EL CASO DE LOS 43+


Tenemos miedo de ser el padre de un hijo o hija desaparecido, de ser el hijo de un desaparecido, de ser nosotros quienes desaparezcamos. Tenemos miedo de que un día vengan por nosotros y finalmente lo logren y dejemos de existir para nosotros mismos. Pero también tenemos miedo del dolor de nuestra madre y de nuestra hermana. Tenemos miedo de no ser más un sujeto para quienes nos rodean, sino un número, una estadística. Y ser objeto de la indiferencia, del olvido, de la injusticia.


Pero más que nada tenemos miedo de no hacer nada, de que el silencio nos gane y que el miedo nos nuble, que decidamos normalizar la situación en la que vive nuestro país y en la que estamos insertos. Y ahí, el miedo se cambia a algo diferente, se mueve hacia la compasión, hacia la humanidad, hacia la sensibilidad por el otro; y ahí comienza el apoyo a la búsqueda de justicia, cuando el miedo se quiebra rompiendo con ello la indiferencia, podemos actuar.

La búsqueda de justicia de los padres de los 43+ es la búsqueda de la justicia para nosotros mismos, para cada uno de los que estamos aquí. Porque deberíamos prometernos unos a otros que nunca más deberíamos volver a vivir el dolor que hoy nos toca y que desgarra nuestro tejido como sociedad. La visibilización de la desaparición de los 43, la toma de conciencia sobre esta situación y la búsqueda de acciones para prevenir más desapariciones debería ser tarea de cada uno. Hoy nuestra lucha es considerablemente más sencilla que la suya, porque implica alzar la voz, buscar un foro, lograr ser un puente de diálogo, y no buscar a nuestros hijos. Hoy más que nunca, Memoria y Tolerancia.


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Trabajos citados:


—.
Historia de la locura en la época clásica.
2. Vol. I. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica, 1999.

González Villarreal, Roberto.
Ayotzinapa. La rabia y la esperanza.
1. Ciudad de México: Editorial Terracota, 2015.

—.
Historia de la desaparición. Nacimiento de una tecnología represiva.
1. México: Editorial Terracota SA de CV, 2012.

—.
Political Emotions - Why Love Matters for Justice.
Cambridge: Harvard University Press, 2013.


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El texto anterior fue escrito por Adán García, Director del área académica del Museo Memoria y Tolerancia.


Todas las fotografías son de Thiago Dezan.


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43 son los desaparecidos, 43 las
razones para no olvidar Ayotzinapa
. Te invitamos a conocer el
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: la verdad alternativa del caso de los 43.



TAGS: México Política violencia
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Museo Memoria y Tolerancia


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