George Stinney: el niño que murió en la silla eléctrica por un crimen que no cometió

Sábado, 25 de noviembre de 2017 13:37

|Alejandro I. López
caso george stinney silla electrica

En 1944, un niño de 14 años fue declarado culpable por un doble homicidio y condenado a morir en la silla eléctrica. ¿Cuál fue el delito real? Su color de piel.



Dos cuerpos teñidos de sangre aparecieron en un claro del bosque algunos metros detrás de la Iglesia Bautista de Clarendon, el templo que el segregacionismo había designado únicamente para blancos. A unos cuantos metros, cruzando las vías del tren se encontraba la Iglesia Misionaria Bautista Green Hill, la “iglesia negra” por excelencia. Unos minutos antes, un chico de 14 años cruzaba la calle acompañado de sus hermanas, sin entender a cabalidad por qué no podía cruzar más allá de las vías. Ese fue el crimen que llevó a George Stinney a un fatídico final.


La edad y procedencia de las víctimas convirtió al crimen en un asunto de estado: se trataba de Betty June Binnicker y Mary Emma Thames, de 8 y 11 años respectivamente. De cabellos dorados y ceño fruncido por el Sol, las hermanas se habían ausentado de la vista de sus padres un momento para recoger algunas flores detrás de la iglesia, pero nunca volvieron.


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En su lugar, la familia y el pueblo entero hallaron horrorizados sus restos con el cráneo desfigurado en ambos casos. A unos metros, una pesada viga de madera repleta de sangre parecía indicar el modus operandi del asesino en cuestión. Una furiosa pero infructuosa búsqueda del responsable se desató por todo Clarendon y sus alrededores: vecinos y conocidos cooperaban con la policía y los padres para dar con el responsable del doble homicidio, perpetrado la tarde del 24 de marzo de 1944.


Después de 24 horas sin resultados, la presión recayó en las autoridades mientras la noticia se replicaba en periódicos y medios de comunicación. Sin averiguación y con la investigación de por medio atascada, fue presentado un detenido: se trataba de George Stinney, un joven afroamericano de 14 años que según testigos de la policía, había visto a las niñas por última vez y resultaba el primer sospechoso del asesinato.


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La policía replicó que Stinney había sido arrestado por el cargo de homicidio en primer grado, presentándolo como culpable sin el juicio previo. Un mes más tarde y en un tiempo récord fuera de toda legalidad, el juicio fue agendado para el medio día.


La defensa de Stinney, integrada por su familia, nada pudo hacer, pues el comisionado del caso, Charles Plowden, nunca llamó a declarar a ningún testigo a favor del menor. Sus hermanas insistían en que George pasó la tarde del crimen en casa; sin embargo, la declaración de la policía (la única que fue tomada en cuenta como un testimonio fidedigno) guió el caso hacia su dramático derrotero.


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5 largas horas se esfumaron cuando la audiencia salió de la sala para permitir al jurado (integrado por una docena de hombres blancos) deliberar. Después de un sorpresivo y breve espacio de 10 minutos, el fallo estaba dado: George Stinney, afroamericano de apenas 14 años y 45 kilos era declarado culpable.


83 días después del crimen, Stinney fue levantado más temprano de lo normal y guiado por los pasillos de la Penitenciaría Estatal de Carolina del Sur por dos guardias, que habrían de ser sus verdugos. En silencio, los tres entraron a la sala y dieron a George la instrucción de subir a la silla. El menor escaló para sentarse mientras una lágrima muda escurría por su mejilla. Los oficiales intentaron ajustar uno a uno los cinturones de piel a la humanidad del menor para proceder a colocar los electrodos; sin embargo, Stinney no tenía la altura necesaria para que su cabeza hiciera contacto con los electrodos.


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Después de apilar algunos libros sobre el asiento para que el 1.55 de estatura de George empatara con el instrumento de tortura, los cinturones fueron ajustados e inició el suplicio. Al cabo de unos minutos, el cuerpo de Stinney yacía ardiendo en la silla, con quemaduras de diversos grados producto del choque eléctrico. Segundos después, el chico de 14 años había muerto. George se convertía en la persona más joven en ser condenada a la silla eléctrica en el siglo XX en los Estados Unidos y al mismo tiempo, en un caso icónico que dotó de fuerza al movimiento por los derechos civiles para luchar por la igualdad y el fin de la segregación racial.


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70 años después, el 17 de diciembre de 2014 y bajo la presión de la familia de Stinney, el caso fue reabierto y el sinfín de inconsistencias del proceso judicial salieron a la luz. No sólo eso: después de analizar la viga de madera con la que fueron golpeadas las niñas de un peso aproximado de 20 kilos, se declaró la imposibilidad de George para manipular tal objeto con la fuerza necesaria para causar ese daño en las menores. Stinney encontró justicia mucho después de su trágica muerte, impulsada por la segregación, el racismo y la intolerancia, estigmas que hoy como hace 70 años vuelven a mostrar peligrosamente el lado más conservador y decadente del país más poderoso del mundo.


Alejandro I. López

Alejandro I. López


Editor de Historia y Ciencia
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