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8 consejos que los niños aztecas recibían de sus padres al crecer

8 de noviembre de 2017

Alejandro I. López

Yo hijo mío, te he mantenido hasta ahora con el sudor de mi rostro; en nada te he faltado a lo que debo como padre; te he suministrado lo necesario sin quitarlo a otros; hazlo así tú.



A diferencia de la exhortación que las mujeres mexicas solían hacer a sus hijas, donde la obediencia al hombre, ser una buena esposa, cumplir con los deberes de madre y entregar la vida al hogar eran las máximas que guiaban su comportamiento, los consejos que los padres vertían sobre sus hijos varones los colocan como el sexo dominante, un rol de género que lleva consigo la obligación de mantener la vida política y religiosa bajo control.

 

Sin embargo, no todo en esta exhortación se desprende del pensamiento prehispánico: el texto carga con una innegable influencia cristiana. El llamado a un Dios único y no a la multiplicidad del panteón mexica, además de la alusión constante a distintos mandamientos (honrarás a tu padre y a tu madre, no robarás, no mentirás) son indicios que dan cuenta del sincretismo que terminó por dominar la cosmovisión originaria y moldear el carácter de las civilizaciones indígenas a través del temor al pecado.

 

«Hijo mío –le decía su padre– nacido del vientre de tu madre como el polluelo del cascarón, y que creciendo como él te vas habilitando para ir por el mundo: no sabremos por cuánto tiempo nos concederá el cielo gozar de la preciosa joya que en ti poseemos: pero sea cuanto fuere, tú procura vivir con sumo cuidado, pidiendo continuamente a Dios que te ayude».

 


«Él te crió y te posee, él es tu Padre que te ama más que yo; pon en él pensamiento y suspira a él de día y de noche. Reverencia y saluda a tus mayores y a nadie desprecies. Con lo pobres y afligidos no seas mudo, sino consuélalos con buenas palabras. Honra a todos, especialmente a tus padres a quienes debes obediencia, temor y servicio. El hijo que en esto fallare no será bien logrado. No sigas el ejemplo de aquellos malos hijos que como brutos privados de razón ni reverencia a sus padres no obedecen a su corrección, porque el que los imitare tendrá mal fin; morirá desesperado o despeñado o lo matarán y comerán las fieras.

 No te burles, hijo mío, de los viejos, ni de los inválidos, ni del que se deslizó en alguna culpa o error; no los afrentes ni quieras mal, sino humíllate y teme, no te suceda lo mismo que en otro te ofende. No seas disoluto porque se indignarán contra ti los dioses y le cubrirán de confusión. No vayas a donde no seas llamado ni te entrometas en lo que no te toca, porque te tendrán por intruso. En las acciones y palabras procura siempre mostrar tu buena crianza. Al hablar no des a otro con la mano, ni hables demasiado, ni cortes o perturbes las razones que otro dijere».

 


La sumisión y el carácter pasivo también son rasgos característicos de la moral cristiana instalada en el pensamiento indígena desde la Conquista. La desconfianza del último párrafo revela su desapego de la noción prehispánica de comunidad, donde el individuo pertenecía a un segundo plano, otorgando un sitio preponderante a la sociedad como un todo orgánico que no tenía más que funcionar en conjunto.

 

«Si alguno habla desconcertadamente y no te toca a ti corregirlo, calla; si está a tu cargo el advertirle, considera antes lo que has de decir, y no le hables con muestras de presunción, porque así apreciará lo que le dijeres. No te detengas más de lo necesario en el baño y en el mercado, porque son lugares muy ocasionados a algún exceso. No andes demasiadamente pulido, porque te tendrán por disoluto. Al andar no hagas gestos ni lleves a otro trabado del brazo. Guarda recato en los ojos y mira por dónde vas, porque no te lleves a alguno de encuentro.

Cuando alguno viniere por donde tú vas, no te pongas delante sino hazte para un lado para que pase. Cuando te encargaren en algún empleo hazte cargo que quizá te lo dan para probarte; y así no lo admitas luego aunque te reconozcas más hábil que otros para ejercerlos, sino espera a que te hagan fuerza, para que así seas más estimados y te tengan por cuerdo. No pases por delante de tus mayores sino por necesidad o instancias suyas, y cuando comieres en su compañía no comas ni bebas antes que ellos, y sírveles en cuanto convenga para granjearte su gracia».

 


«Cuando te den alguna cosa no la desprecies por ser de poco valor, ni muestres enojo, ni des ocasión a que se sienta el amigo que te favorece. No llegues a mujer ajena ni hagas algún exceso en esta materia siguiendo los deseos de tu corazón; porque darás enojo a los dioses y te ocasionarás mucho daño. Contente, hijo mío, por algún tiempo, que aún eres niño; espera a que acabe de crecer la mujer que los dioses te tienen destinada; déjalo a su cuidado, que ellos lo ordenarán como convenga. Cuando llegue el tiempo de casarte, no oses emprenderlo en beneplácito de tus padres, porque te irá mal. No hurte jamás, ni te des al juego; porque incurrirás en deshonra y afrentarás a tus padres debiéndoles honrar por la educación que te han dado. Susténtate del trabajo de tus manos, que así te será más gustoso el alimento.
  
Yo hijo mío, te he mantenido hasta ahora con el sudor de mi rostro; en nada te he faltado a lo que debo como padre; te he suministrado lo necesario sin quitarlo a otros; hazlo así tú. No mientas, porque la mentira es un gran pecado».

 


«Cuando hablares con otro y oyeres lo que dice, sea con asiento y reposo, no haciendo movimientos extraños con el cuerpo, ni jugando los pies, ni mordiendo la manta, ni escupiendo demasiado, ni mirando con inquietud a varias parte, ni levantándote con frecuencia si estuvieras sentado, porque todas estas acciones indican liviandad y mala crianza. No te engrías si te vieres rico ni menosprecies a los pobres; porque lo que tienes quitaron a otros los dioses para darlo a ti, y con tu presunción y orgullo obligarás a los mismos dioses a quitarte lo que tienes para darlo a otros. Recibe con agradecimiento lo que te dieren y no te ensoberbezcas por ello si fuere mucho. Cuando estés comiendo no des muestras de enojo ni desdeñes la comida, y si alguno sobreviniere, parte con él de lo que comes. Si comes con otro no le veas la cara, sino ten bajos tus ojos. No comas arrebatadamente porque no te ahogues o descompones. Si vivieres en compañía de otro, cuida mucho de lo que te encomendare y sírveles con diligencia para conciliarle su amor. Si tú fueres bueno, tu buen ejemplo servirás de represión y confusión a los malos».

 

Las últimas enseñanzas dejan claro el rol de género en las civilizaciones del Valle de México: la mujer estaba relegada a un segundo plano y su valía se definía por cuanto era considerada una propiedad masculina, no por su condición de ser humano. Así se mantenían a flote valores como el honor, la honradez y la exaltación de lo masculino.


«Ya no más, hijo mío –concluía el padre– con lo que he dicho cumplo con la obligación de padre; con estos avisos fortifico tu corazón, mira no los deseches ni los olvides, porque de ellos depende tu vida y todo tu bien».


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TAGS: Historia mundial América latina historia de méxico
REFERENCIAS:

Alejandro I. López


Editor de Cultura

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