¿De dónde viene la obsesión por la virginidad femenina?
Historia

¿De dónde viene la obsesión por la virginidad femenina?

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Por: Eduardo Limón

22 de julio, 2016

Historia ¿De dónde viene la obsesión por la virginidad femenina?
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Por: Eduardo Limón

22 de julio, 2016



Más arraigado que el placer de ver a una mujer en tacones o más estricto que confinar a una joven en la cocina, el deseo por poseer a una virgen, tanto en una relación amorosa como entre las sábanas pasajeras, es una pieza fundamental de la sociedad en que vivimos. Siempre pensé que esas viejas creencias habían sido erradicadas de nuestro pensamiento, hasta que un día, en la universidad, una de mis amigas llegó completamente enfadada pues su novio de aquel entonces había discutido con ella y decidido dejarla. ¿La razón? Él era virgen y ella no. ¿El enojo? Él se sentía decepcionado de no poder compartir ese momento con ella.

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“Desde la medieval creencia de que una virgen podía comunicarse libremente con los unicornios hasta la imbécil práctica de acostarse con una como remedio para el VIH, según algunas poblaciones, el fantasma de la figura virginal siempre ha obtenido mayor fuerza”.

Me pareció de lo más estúpido en el mundo y la felicité por haberse desecho de tal ejemplar; sin embargo, me di cuenta de que su caso no podía ser el único sobre la faz de la Tierra y que todavía existían demasiados cerebros retrógradas en nuestra comunidad. Desde entonces lo que no he podido saber del todo es si la virginidad es una condición física o una postura ideológica, si es sólo posible en el cuerpo femenino o también en el masculino, si lo mismo aplica para las niñas que nacen sin himen y si una himenoplastia regenera la pureza de un chica, entre otras cosas que parecen ridículas, pero en verdad afectan la vida humana.

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Desde la medieval creencia de que una virgen podía comunicarse libremente con los unicornios hasta la imbécil práctica de acostarse con una como remedio para el VIH, según algunas poblaciones, el fantasma de la figura virginal siempre ha obtenido mayor fuerza en lo que concierne a la anatomía de la mujer. Incluso ahora, por más triste y cristiano que eso resulte, esa categoría de las niñas buenas, las jovencitas puras, está de regreso y más que nunca.

 
Según investigaciones antropológicas, históricas y filosóficas, las actitudes de la cultura occidental han sido permeadas por la tradición dominante del siglo IV; ya sea como un acto de belleza –un estadio de bondad– o un fetiche sexual que varios hombres (incluso mujeres) deben corromper, lo virginal en el sexo femenino constituye uno de los pilares para nuestra sociedad todavía conservadora en ciertos aspectos de la conducta humana y los valores veladamente cristianos/católicos de nuestra era.

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“Con un motivo original que procuraba la limpieza de la sangre y una dedicación absoluta al hombre que le hiciera suya, la virginidad pronto se deformó en algo peor”.


Este bienestar de conciencias y cuerpos proviene del medioevo, comenzó por dos vías muy unidas: tanto una práctica para la alianza aristocrática como culto a la divinidad materna; en el Marianismo católico, una de las formas que adquiere la perfección mujeril es justamente la de esa capacidad fecunda, amorosa y delicada sin necesidad de entregar su cuerpo. De ahí el nombre para esa idea que ha rebasado las fronteras de lo físico.

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Cabe destacar que la virgen en el siglo XVIII era considerada, sí, como una silueta divina, una personificación de la decencia y la integridad, pero no debía permanecer más tiempo del debido en esa condición. ¿Por qué? Obviamente porque sus otros deberes maritales y de especie le demandaban tarde o temprano una rendición total de sus facultades. Quizá ese haya sido el primer atisbo de un dominio mucho más especializado sobre el cuerpo de la mujer por parte del hombre.

Con un motivo original que procuraba la limpieza de la sangre y una dedicación absoluta al hombre que le hiciera suya, la virginidad pronto se deformó en algo peor; si ya era algo bastante cuestionable (desde nuestra perspectiva) el hecho de ejercer poder sobre las decisiones sexuales de un cuerpo, el discurso oficial de la humanidad –liderado por el sexo masculino, por supuesto– generó una bifurcación en el camino del deseo femenino: la de una mujer honorable y una mujer cualquiera. La de una mujer experimentada y por consiguiente, gastada, junto a una novata y deliciosamente manipulable.

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Históricamente, todo esto devino en una estructuración y una producción tanto de la mujer como de su cuerpo pueril; una anatomía que debe ser vigilada ya sea se acueste con todos o con nadie, un ser que está ahí para su consumo, tecnificación, instrumentalización y soporte moral de nuestras jerarquías sociales. A la distancia, eso que vivió mi amiga no es más que la mezcla de un pasado hiperreligioso, plagado de estándares nobiliarios sin sentido, con la evolución de un capitalismo que convirtió un hecho físico en una limitación psicológica. Limitación tanto para el hacer como el no hacer con su sexo.

La obsesión con la virginidad se incrustó entonces en la mente de todo humano como una circunstancia de dominio, excitación y orgullo, la cual alcanza su punto más álgido en los escenarios de la heterosexualidad que, a veces más, a veces menos, sigue celebrando la reproductividad como un acto de amor, retribución y demás conceptos que quizá no valga la pena mencionar dada su ridiculez inexorable.

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Ese carácter virginal que aqueja más a mujeres que a hombres y les posiciona como objetos de posesión, de anhelo, no es otra cosa más que una herencia de la regulación en las “buenas costumbres”, del placer en el hombre y la seguridad de una familia preocupada por el destino de sus descendientes. Lo que sea que eso signifique. Para continuar con el cuestionamiento a nuestras raíces culturales, lee La difícil decisión de toda mujer entre ser la Madonna o la puta y La condición femenina a través de fotografías.










Referencias: