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Dioses prehispánicos que podrían atormentar tus sueños

Historia Dioses prehispánicos que podrían atormentar tus sueños



Para el grueso de las culturas prehispánicas, la muerte es algo diametralmente opuesto a lo que el mundo aprendió a través del culto cristiano. En la América precolombina no existía la idea del infierno, el purgatorio ni ningún otro de los sitios que se vinculan con el final de los días de aquellos que obran mal, según la moral judía que conquistó la mayor parte del mundo occidental. 


En su lugar, un pensamiento dual ocupaba el génesis y la concepción del mundo para los pueblos americanos antes de la conquista. No es descabellado afirmar que, durante siglos, la cultura maya se mantuvo a la vanguardia del globo en cuanto al progreso de su civilización, sostenido a través de su desarrollo científico, tecnológico y los conceptos de la naturaleza que conocían para transformar su entorno y vivir de forma sustentable.


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Entre todas las deidades de los antiguos mayas, había un grupo en específico que ocupaba un sitio privilegiado, por el respeto y miedo que infundía en los habitantes de la península de Yucatán y parte de Centroamérica. Los Señores de Xibalbá eran los dioses encargados del inframundo y entre ellos, la presencia de una sola deidad era sinónimo de decadencia y muerte.


Se trata de Ah Puch «el descarnado», una de las figuras más oscuras de la cosmovisión prehispánica. Es una de las principales deidades que habita en el Xibalbá, el inframundo para los mayas quichés. A diferencia del resto de los dioses de la milenaria cultura centroamericana, Ah Puch tiene un carácter malévolo y su constante apariencia en códices y estelas reafirma su importancia ritual.


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Su apariencia es única: también conocido como Yum-Kimil, es representado como un cadáver, cuyo esqueleto queda a la vista, además de distintos rasgos que muestran lo que ocurre con el cuerpo humano una vez que concluye el ciclo vital. Su fisonomía está llena de marcas, heridas y partes oscuras, plasmadas como puntos negros, que simbolizan la putrefacción de la carne, también presente en halos alrededor de su cuerpo que le dan un segundo nombre, Kizin «el apestoso», como era reconocido en algunas ciudades mayas.


Al mismo tiempo, se identifica con la muerte, no como una personificación cercana a un ente demoniaco, sino como una energía opuesta a la vital, cuya orden y acción es necesaria para mantener el cosmos, orden natural de todas las cosas. Junto con al menos otras doce deidades conocidas como Señores de Xibalbá, se encarga de mantener el orden en el mundo subterráneo que complementa a la existencia terrenal dentro de la cosmogonía maya.


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Una creencia común entre los habitantes primigenios del sureste mexicano era la intervención de Yum Kimil cuando alguien se encontraba enfermo o convaleciente. Desde el inframundo, esta deidad visitaba el mundo de los vivos para buscar a todos aquellos que se encontraban al borde de la muerte y llevarlos consigo.


Algunas de sus representaciones incluyen un cráneo de búho, pues la noche era su espacio de aparición y cada que un ave de tal naturaleza ululaba cerca de una persona con riesgo de perder la vida, se creía que era una advertencia de su inminente presencia. Este mito se esparció de forma consistente por otros pueblos prehispánicos, de forma que el canto nocturno de esta ave se convirtió en un mal presagio para toda la región, indicativo de muerte y desgracias.


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El significado de la vida y sus distintas manifestaciones rituales para los pueblos prehispánicos fueron temas que más consternó a los conquistadores. Descubre "Las prácticas sexuales prehispánicas que horrorizaron a la moral cristiana". Durante años, el debate sobre la naturaleza de los indígenas se mantuvo vigente en el Vaticano como un tema controversial y polémico, del cual dependía políticamente la conquista. Aprende más sobre esta concepción después de leer "Cómo los indígenas dejaron de ser bestias “gracias a la conquista”.



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