El asado de Jeff Ross: humanizando a los criminales
Historia

El asado de Jeff Ross: humanizando a los criminales

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Por: Calipso Guerrero

3 de febrero, 2016

Historia El asado de Jeff Ross: humanizando a los criminales
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Por: Calipso Guerrero

3 de febrero, 2016

En la actualidad, las sociedades occidentales han visto a sus costumbres transformarse y adaptarse –de acuerdo a las necesidades de los tiempos que corren– de manera frenética. Esos códigos de conducta nos definen, y nos han definido desde siempre en más sentidos de los que nos gustaría aceptar. En muchas ocasiones nos resulta más sencillo criticar y cuestionar las costumbres ajenas, sin detenernos un momento a pensar en lo que las propias dicen de nosotros. Y es en ese sentido cuando Estados Unidos llevan la delantera, al ser quizás el país del que más se debaten sus costumbres. Hay pocas cosas se pueden decir sobre las tradiciones e idiosincrasias de la sociedad estadounidense de las que no se hayan hablado una y otra vez. Para bien o para mal, la cultura (o falta de cultura en ocasiones) de nuestros vecinos del norte es tema recurrente alrededor del mundo. Y, lo comprendamos o no, el american way of life no puede pasar desapercibido.

Estatua de la libertad

Esas costumbres son tantas (y tan diversas) que resultaría ridículo intentar abarcarlas en un sólo artículo. El consumismo que se le atribuye (y que nos guste o no, hemos heredado irremediablemente), se ha convertido en el principal peldaño a escalar para lograr el tan anhelado american dream. El culto que se ha creado alrededor de la televisión y lo que en ella se muestra tiene sus pros y sus contras. Y como en cualquier civilización, no todo está perdido. Hay ocasiones en que en ese aparato (de distracción para algunos, de emancipación para otros) se han visto cosas dignas de recordarse. 

Y es de uno de esos eventos televisivos que no consiguieron la repercusión merecida del que les hablaré hoy. En particular trataré dos de ellas (una que es irónicamente positiva y otra que es lamentablemente triste), que durante una muy particular ocasión se fundieron y dieron como resultado uno de los momentos más conmovedores de la televisión norteamericana en años recientes.

Television

Comencemos con algo de humor:

La comedia, en todas sus formas, ha sido desde hace décadas un pilar del entretenimiento en Estados Unidos: Buster Keaton, Los tres chiflados, el cine de Woody Allen, Saturday Night Live, las sitcoms, y en particular la comedia stand up, forman parte del catálogo humorístico que ese país le ha regalado al mundo. Y en este último –el stand up– que los comediantes que se han inclinado a un estilo más ácido, crítico y agresivo (desde Lenny Bruce hasta George Carlin) han captado la atención del mundo y se han convertido en objeto de culto y controversias. Ese estilo de humor –conocido como humor negro o de confrontación– nos ha regalado grandes momentos de introspección social; ya sea atacando de forma directa al gobierno, al consumismo, a la religión o a las figuras públicas, esta especifica forma de concebir la comedia se ha erigido como la forma más catártica para que cualquier audiencia pueda reírse de su propio infortunio (además de ser un estupendo punto de reflexión para un cambio necesario).

Carlin

Y uno de los puntos álgidos de esta variante (aunque claro, todo depende de quien así lo quiera ver) lo encontramos en la ya veterana tradición de los “Roast”.

Un “Roast” (asado o asadero) consiste en una especie de anti-tributo a una figura pública y a su respectiva carrera. Para ser más claros, en un tributo se rinde honor a una personalidad que se ha consagrado como el mejor en su ramo, y son sus allegados quienes se paran frente a un pódium a resaltar las virtudes del honorado. Así se ha hecho desde tiempos inmemoriales y en general giran alrededor de la moderada adulación del individuo en cuestión. Pues bien, un “Roast” funciona de manera más o menos contraria, pues los allegados del honorado no se paran en el pódium sino para echarle en cara sus errores de manera directa e irónica. Por medio de chistes y observaciones agresivas, sarcásticas y, en ocasiones, hilarantemente crueles, se le recuerda a ese individuo que antes que todo es un ser humano con quizás más defectos que virtudes. Y quien recibo tan peculiar “honor” tiene que sentarse allí, en su rincón y en silencio, mientras sus amigos y colegas lo hacen pedazos ante la risa del público.

 

Ahora hablemos de algo muy trágico de la cultura norteamericana: las prisiones.

Desde el siglo pasado, el sistema judicial de aquel país ha ido decayendo en materia de derechos humanos y garantías individuales. Las cárceles crecen en número, las comunidades que en ellas habitan se multiplican alarmantemente y el problema de la delincuencia no se resuelve, sino que empeora debido, en gran medida, al perfil policiaco con que los ciudadanos son determinados como sospechosos, pues se basa en asuntos de raza y posición social. Es alarmante, sobre todo en fechas recientes, ser testigos de la manera en cómo la policía (en complicidad con la indiferencia de muchos estadounidenses) opera de manera impune y sin reparos.

El problema, sin embargo, más allá de lo que pueda suceder en las calles, adquiere connotaciones aún más complicadas dentro de las prisiones. Un reo que fue sentenciado, digamos, a nueve meses de prisión, se ve forzado a convivir y ser catalogado socialmente con la misma severidad que un asesino que pasará allí el resto de su vida. Y si sucede que un preso sólo cometió un error, por mucho que quisiera salir para no volver a hacerlo, estadísticamente tendrá más oportunidades de malearse y realmente volverse un delincuente allí dentro, que reformarse. Así de grave es la situación. La gente no se preocupa por los criminales, pues asumen –casi de manera automática– que merece estar allí. “Algo debió hacer…” es lo que se suele pensar. Al momento en que alguien se pone el uniforme naranja, se vuelve lo mismo que un paria ante el ojo público. Pero en realidad no es tan sencillo. Todo mundo dice creer en las segundas oportunidades; que todos cometemos errores y que todo mundo puede cambiar. Sin embargo, tal pareciera que esas frases tan trilladas, son sólo eso, frases; pues cuando se trata de un individuo que ha sido encarcelado, ese optimismo y esa “humanidad” no aplican.

Presos

¿Cómo cambiar esta imagen tan negativa y condenatoria que se tiene de los reos de cualquier prisión? Sencillo: riéndonos con ellos (y no de ellos). Un concepto tan en apariencia sencillo y simple como el humor, ha demostrado ser la mejor terapia.


Jeff Ross roast criminals

Así lo creyó necesario el comediante Jeff Ross, quien no sólo lleva años practicando un estilo de sátira desenfadada en sus rutinas, sino que su constante presencia en los llamados “Roast” (donde él siempre es el más comentado) le han llevado a ganarse el título de “Roastmaster General”. Irónicamente, siendo que por su agresivo y poco sensible estilo de humor se le ha catalogado incluso como un misántropo televisivo, fue él quien se dejó conmover por el aspecto más humano y complejo de los prisioneros, al grado de producir y llevar a cabo un proyecto poco usual: el de llevar esa práctica de la crítica y la burla mordaz al interior de una cárcel. ¿El propósito? Que por medio del ataque satírico, entre risas y gritos, la sociedad recuerde que antes que reos, estos hombres y mujeres son personas.

Jeff Ross roast criminals: live from Brazos County jail

El año pasado, la cadena Comedy Central transmitió el especial Jeff Ross roast criminals: live from Brazos County jail, en el que el comediante se internó en una prisión del estado de Texas y presento sus ácidas observaciones e improvisaciones ante una audiencia conformada por reos y sus custodias. Y Ross no se frenó en su ataque, pues al tiempo que hacía burla de ellos, sus tatuajes, sus acusaciones y sus infortunios, aprovechó también para criticar mordazmente al sistema judicial estadounidense.

Viendo ese especial nos encontramos con dos cosas:

Primero, algunas estadísticas y hechos que fácilmente escapan a la lógica y que obligan (o deberían obligar) a la sociedad y gobierno de Estados Unidos a replantear su actual situación. Una de las estadísticas más tristes es que en la actualidad hay más afroamericanos encerrados en la cárcel que el número de esclavos que hubo en el país hasta antes de la emancipación de sus derechos. Y uno de los hechos más lamentables es que la gran mayoría de esos presos, lo están por el delito de posesión ilegal de marihuana en algunos estados, mientras que la misma es perfectamente legal en otros.

“Algunos de ustedes están aquí por traer menos mota de la que yo fumé esta mañana…” o “Aquí en Texas cargar yerba te mete a la cárcel y en California te hace popular”, son algunos de los comentarios con los que Ross confrontó a los prisioneros con una realidad cruel, pero palpable.

Segundo y más importante, lo que vemos son un puñado de hombres y mujeres que cometieron errores, y que no temen a reírse de ello. Por medio de esta catártica experiencia, varios de ellos nos mostraron apenas un vistazo de una vulnerabilidad que se esconde entre decenas de tatuajes y un rostro que fue forjado así para intimidar. Sólo que hay que ser un poco persuasivos y leer más allá de las apariencias para poder discernir lo que realmente intentan mostrar. Se trata sin duda de una sesión de purificación, quizás poco ortodoxa, pero que al final de cuentas nos permite un punto de reflexión necesario.

Y como último pensamiento con respecto a este tema y su complejidad, los dejo con lo que Jeff Ross responde cuando lo cuestionan sobre el por qué hacerlo:

“Porque soy un absoluto creyente en las segundas oportunidades…”


Referencias: