El camino a la felicidad según Epicuro

sábado, 13 de junio de 2015 5:00

|Natalia

 
La felicidad es nuestro fin último. Claro, de eso no cabe duda. Todas las acciones o decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida –desde algo tan insignificante como el color de los calcetines que usaremos, hasta la elección de nuestra profesión– las hacemos con el propósito de sentirnos bien, de estar bien, de ser felices.

Es obvio. El ser humano busca pasar los días que tiene por delante en su hogar, la Tierra, en un estado de bienestar constante. Pero, si eso es lo que tanto anhelamos, y como dice el dicho "querer es poder", por qué no somos capaces de alcanzar la felicidad. ¿Qué hay de mal en nosotros? ¿Por qué nos sentimos tan vacíos, tan vanos? ¿Si buscamos siempre el tesoro de la, supuestamente existente, felicidad, por qué lo único que encontramos es una grande y frustrante nada? ¿Será, entonces, la tan demandada una utopía? ¿O será que estamos buscando en el lugar equivocado?

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Probablemente sí. La manera de pensar en el mundo se mueve en torno al tener. Eres según lo que tienes. ¡Vamos, esto sí que suena mal! Marcan los estándares de cómo debemos vestirnos, vernos y actuar. Nos explican lo que es la felicidad por medio del mercadeo. Si vemos el corte comercial de un perfume, en el que aparece una mujer bellísima recorriendo las calles de Roma en un pequeño vestido negro, del brazo de un hombre que roba suspiros, algo en nuestro cerebro nos dice que sí, probablemente si yo me pongo un poco de ese perfume en el cuello y me compro el mismo vestido negro, hay altas probabilidades de que me sienta tan feliz como ella parece serlo. Por eso imitamos lo que nos muestra la televisión. Nos queremos ver como Angelina Jolie, tener un Brad Pitt y (¿por qué no?) unos cuántos hijos adoptados, deseamos encajar en los estándares de belleza que marca el imaginario colectivo y para eso hay que vestirnos como ellos lo hacen, usar el mismo color de lipstick y por ende gastar mucho, pero mucho, en nuestros paseos por el centro comercial. Lo siento, Descartes, tu "Pienso, luego existo", se ha convertido en un irrevocable: ¡Poseo, luego existo!

Aunque el camino por el que vamos se bosqueje con luces neón, se embellezca con estampados de Louis Vuitton y la esencia de Chanel No.5 nos atraiga más de lo debido, desgraciadamente, vamos por la vía errónea. De hecho, la calle para llegar a la felicidad no se parece en nada a Le Boulevard des Champs Elysées, es más como una senda desamparada, medio empolvada y desértica, pero que nos lleva directamente a un paraíso natural que va muy por encima de la artificialidad a la que nos lleva la vía de la mercadotecnia. Y para entender en qué consiste el camino a la felicidad, desarrollaré la idea de Epicuro, uno de los filósofos más importantes del Periodo Clásico de la antigua Grecia.

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Epicuro nació en Samos, en la costa de la actual Turquía, en el año 341 a.C. Ninguno de los libros escritos por este pensador logró ser rescatado, por lo que su filosofía fue reconstruida con base en fragmentos de sus obras. No obstante, esos trozos fueron suficientes para lograr eternizar su filosofía de vida.

Epicuro era un hedonista un tanto singular. ¿A qué me refiero? él creía que el placer era la parte más importante de la vida; sin embargo, parecía contradecirse, ya que vivía de manera sumamente austera. No comía más que pan, olivas y de vez en cuando, como estímulo, un pedacito de queso. ¿Hedonista? ¡Vaya ironía!

            El filósofo creía que cometíamos tres errores en nuestra perenne búsqueda por alcanzar la felicidad. El primero es ese deseo ciego y testarudo de encontrar pareja. Creemos que el estar con alguien más, nos llevará, sin lugar a dudas, a encontrar la felicidad. Depositamos, así como así, la labor de nuestra propia alegría sobre los hombros de la persona supuestamente amada, en estar enamorados y en la reconfortante idea de ser los dueños de alguien.

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Epicuro, al contrario, argumenta que los amigos son muchísimo más importantes. Cuando llegó a Atenas, a sus 35 años, compró una casa a las afueras de la ciudad e invitó a un grupo de amigos a vivir con él. La idea de que los amigos no están ahí sólo para verlos de vez en cuando, hablarles por teléfono o ir a Starbucks con ellos por un latte macchiato, sino que debemos estar con ellos a diario, todo el tiempo. No habrán celos ni problemas. Ellos no son posesivos, no sienten aprensiones y son excelentes conversadores. ¿Qué más se puede necesitar?

            El segundo error es la creencia de que el dinero nos llevará a la felicidad. ¿Pero, por cuántos sacrificios tenemos que pasar si deseamos producir una buena cantidad de dinero? ¿Cuántas cosas se nos escaparán de las manos por pasar las tardes haciendo cuentas? ¿Tendremos que trabajar por alcanzar los sueños de alguien más? ¿Un jefe? ¿Alguien a quien obedecer a como dé lugar?

Epicuro nos explica la importancia de la libertad para llegar a ser felices. Él y sus amigos dejaron Atenas para edificar una de las primeras comunas autosuficientes. Llevaban una vida simple. No les importaba cuánto tenían o no tenían porque eran independientes y podían hacerlo todo por ellos mismos.

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            El tercer error es la falta de silencio, de un análisis constante de nuestras acciones. Reflexionar es uno de los aspectos más importantes del ser humano, pero estamos tan rodeados por el bullicio, por la sobrecarga de información, de imágenes, luces, ideas, personas, que olvidamos por completo lo que es sentarnos a pensar. Es más, le tememos a la soledad, a convivir con nuestros propios pensamientos.           

            Recapitulemos, son tres las cosas que necesitamos para alcanzar la felicidad según Epicuro: Amigos, libertad y tiempo para la interiorización. ¿Así que, qué opinan? ¿Será adecuado el camino que instruye Epicuro en su filosofía? ¡Intentémoslo! No perdemos nada. ¿O si? 

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