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El día que la Iglesia trató de estigmatizar y castigar los gestos de los italianos

27 de marzo de 2018

Andrea Prado

En aquella época, incluso el gobierno genovés hablaba de castigar cierto tipo de gestos catalogados como “insolencias mudas”.



A través de la Historia, los gestos que utiliza una cultura para comunicarse con otros han metido en aprietos a los habitantes de la Europa Moderna. De acuerdo con lo relatado por el historiador inglés Peter Burke en su obra Formas de Historia Cultural, fenómenos semejantes han ocurrido en varias latitudes del viejo continente. En Inglaterra, por ejemplo, los cuáqueros[1] se negaban a realizar lo que denominaban la “deferencia del sombrero”; es decir, la costumbre de quitarse el sombrero en presencia de superiores sociales. También encontramos el caso de Rusia, donde una de las cuestiones que condujeron al cisma de la iglesia ortodoxa a mediados del siglo XVII, descansó en la discusión de si la bendición debía realizarse con dos o con tres dedos.


Y aunque no hay indicios de debates tan encarnizados en Italia a principios de la época moderna sobre el tema de los gestos, no se pude ocultar que desde entonces este pueblo ya comenzaba a distinguirse ante los ojos de otros por su particular e inconsciente ritmo corporal. No por nada en aquella época el propio gobierno genovés hablaba de castigar cierto tipo de gestos catalogados como “insolencias mudas”. Y es que cuando de gestualidad se trata, el caso de los italianos se vuelve particular: en los años que corren entre los siglos XVI y XVIII, ciertos cambios en el sistema cultural del país provocaron que sus habitantes derramaran de forma especial la elocuencia cotidiana de tan melodiosa lengua, sobre sus propios cuerpos. Dichos cambios en Italia, siguiendo a Burke, descansan sobre tres ejes: el interés por los gestos en toda Europa, la autoconciencia del control de los mismos fomentada por la Contrarreforma y el Proceso de Civilización, y el auge del estereotipo del “italiano gesticulante” resaltado y, creado en buena medida, por los países del norte.





De acuerdo con lo dicho por el historiador francés Jean-Claude, a comienzos de la época moderna y de forma especial en el siglo XVII Europa Occidental comenzó a tener especial interés por los gestos. Intelectuales, artistas y sobre todo viajeros, comenzaron a plasmar en papel sus observaciones sobre los ademanes y posturas de sus contemporáneos. El Nouveau traité de la civilité  (1671) de Antoine Courtin, por ejemplo, recomendaba a sus lectores que no hicieran “ademanes grandilocuentes” ni cruzaran las piernas al hablar, pues si bien este último gesto en algunos contextos significaba poder, en otros representaba la “falta de dignidad”. No obstante, a pesar de que fueron numerosas las obras sobre la gestualidad en esta época, fue el tratado del español Carlos García (1617) el que más incentivó la observación de los gestos de los pueblos europeos. Su libro tuvo una amplia difusión en el viejo mundo; en él resaltaba que “cuando los franceses van acompañados por la calle, siempre van saltando, riendo, voceando y haciendo tanta algarazara y grita que pueden oídlos de una legua; y los españoles van derechos, reposados y graves, sin hablar palabra ni hacer otras acciones, que las pide la modestia y la prudencia”[2]. Por lo tanto dada la difusión del texto de García, no es extraño, por un lado, que el inglés Richard Lassels describiera al “humor italiano” como intermedio entre el exceso francés y la parquedad del español; y por el otro, que el lenguaje de los gestos que se desarrolló en Italia a comienzos de la época moderna haya tomado del español términos como ettichetta, complimento, crianza, disnvoltura y sussiego.





En ese mismo sentido, Peter Burke resalta que dicha conciencia de los gestos iba unida a los intentos de algunas personas de cambiar la gestualidad de las demás: a los protestantes les preocupaba la conducta, además de la fe; mientras que en los países católicos se introdujo una reforma gestual como parte de la disciplina moral de la Contrarreforma. A partir de entonces, la palabra pazia no sólo se interpretaría como “locura”, sino también como “pérdida de autocontrol”. Y a pesar de que desde su época, Cicerón ya había criticado los movimientos “teatrales” de sus compatriotas, antes del año 1500 era relativamente raro que se les recomendase moderación en sus gestos a los hombres italianos. Porque fue sin duda la reforma gestual del siglo XVI la que extendió en el sector masculino los ideales de urbanidad que ya se habían formulado para las mujeres con anterioridad. Las recomendaciones italianas más conocidas para la reforma de los gestos se hallan en Galateo, obra de Giovanni Della Casa, que señala que para “alcanzar la elegancia es necesario ser consciente de los gestos propios a fin de controlarlos"; en su capítulo seis también se recomienda el no caminar demasiado de prisa —como un sirviente— ni demasiado despacio —como una mujer. Pero Della Casa no fue el único, su homónimo Giovanni Battista Della Porta (1586) recomendaba no gesticular con las manos al hablar. Por su parte, Stefano Guazzo les decía a sus compatriotas que debían encontrar el justo medio entre “la inmovilidad de las estatuas y los movimientos exagerados de los monos”.





¿Pero habrá sido que los italianos desobedecieron a lo recomendado en dichos tratados? Lo hicieron sólo en parte, pero la construcción tan marcada de su estereotipo como el pueblo gesticulante la obtuvieron con mayor ahínco por otros medios. Debido a que la reforma anteriormente mencionada no fue una idea exclusiva de Italia, ésta se aplicó con mayor rigor en los países del norte protestante de Europa —tales como Inglaterra, los Países Bajos y las regiones germanoparlantes. El resultado, según nos dice Burke, fue el aumento de las diferencias entre el comportamiento de las personas del norte y del sur, y la utilización del italiano como una referencia de contraste: el norte comenzó a argumentar que los italianos gesticulaban excesivamente. No sin más, un manual de etiqueta holandés del siglo XVIII, por ejemplo, condenaba a los italianos “que hablaban con la cabeza, los brazos, los pies y todo el cuerpo”; o bien, lo comentado por algunos observadores británicos de la época, quienes con desdén aseguraban que los italianos tenían “gestos simiescos” por “hablar con las manos como si estuvieran conversando con sordos”. En ese mismo sentido, Tomas Coryat —al hablar de Venecia en 1608— observaba las “insólitas” formas de saludarse de los nativos, golpeándose el pecho o besándose; y en la iglesia de San Giorgio, reparó “que me parece muy impropio y ridículo: agitar las manos arriba y abajo con harta frecuencia”.





Todo lo anterior no es más que la respuesta del proceso de civilización —y no sólo del impacto de la Contrarreforma— que tuvo fuerte resonancia en toda Europa; dicho proceso, en general, debe entenderse como la puesta en práctica del autocontrol del cuerpo, particularmente en lo referente a las formas de actuar en la mesa. Y en esto último hay algo que no debemos olvidar: fueron los italianos los pioneros en el uso del tenedor.  


[1] La Sociedad Religiosa de los Amigos, generalmente conocida como los cuáqueros o amigos, es una comunidad religiosa disidente fundada en Inglaterra por George Fox (1624–1691). Aunque ellos mismos se llamaron «amigos», el pueblo los llamó «quakers» o «tembladores» («quake» significa «temblor» en inglés).

[2] Esto no implica que todos los españoles siguieran este modelo, el cual probablemente sólo estaba reducido a hombres de clase alta en situaciones específicas. 


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La historiografía y las investigaciones arrojan que la mayor parte de lo que dice la Biblia es tanto histórica como científicamente incierto; algunas personas existieron, pero todo el contexto y los hechos sobrenaturales, son producto de la imaginación y de la participación de más personas de las que pensamos.



TAGS: Historia mundial Europa Datos curiosos
REFERENCIAS: BURKE, Peter. 2006. "El lenguaje de los Gestos en la Italia Moderna" en Burke, Peter (arg.). Formas de Historia Cultural, 107-126. 2nd ed. España: Alianza Editorial.

Andrea Prado


Colaborador

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