El emperador romano que se casó 5 veces y se prostituía en el palacio en el que gobernaba

martes, 3 de enero de 2017 13:04

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Las historias de la moral y prácticas sexuales romanas parecen renovar continuamente la capacidad de asombro de una sociedad contemporánea que mira aterrada –y con aires de hipocresía– las costumbres de otras latitudes y épocas históricas.

A través de este sutil pero riguroso filtro, todo lo que no es aceptado por la moral en turno es desechado por defecto: cualquier diálogo pierde fuerza y cada argumento se hace estéril ante la impetuosa maquinaria que rige los principios aceptados, deseables y difundidos desde la parte más alta de la misma.

Así, resulta sencillo y reconfortante criticar desde la óptica de la modernidad las prácticas que difieren del status quo, especialmente cuando se trata de feministas rusas, musulmanes ortodoxos, emperadores romanos o cualquier sistema moral –sin importar tiempo o espacio– que avance en sentido opuesto a los grandes valores sobre los que descansa el presente. 

heliogabalo

Habitualmente, se recuerda a Calígula o Nerón como algunos de los emperadores que a golpes de locura, fincaron el inicio del fin del Imperio Romano. Célebres son sus actos orgiásticos, imperiales y las perversiones sexuales que aún en la propia Roma resultaban desagradables para el resto de las personas; sin embargo, cuando se trata de exaltar a los gobernantes latinos que vivieron en una espiral de decadencia para su época, ninguna figura tan representativa y al mismo tiempo desconocida como la de Heliogábalo.

La primera gran afrenta del emperador sirio que llegó al poder apenas a los 15 años fue incluir en el culto del panteón romano al dios Sol Invictus como la principal deidad, aún por encima de Júpiter. En tales ritos, Heliogábalo bailaba de forma decidida con atuendos retadores y provocativos adorando a una roca y obligó a los demás súbditos a hacer lo propio.

En plena flagrancia de las leyes romanas, contrajo matrimonio con una virgen vestal, mujeres que fungían como sacerdotisas y cuya virginidad era parte de las creencias más importantes de la Antigua Roma. No sólo eso: contrajo matrimonio con otras cuatro mujeres en menos de dos años. 

heliogabalo rosas

En medio de un escándalo total, el emperador poco a poco reveló sus preferencias sexuales más secretas conforme impunía su voluntad en el Senado. Ordenó a las distintas legiones y envió a cientos de soldados en la búsqueda entre todo tipo de hombres, aquél con el pene más grande y grueso para satisfacer sus más oscuras fantasías.

Después de una búsqueda por los principales baños públicos de Roma, se presentaron dos hombres ante Heliogábalo: un esclavo turco, de nombre Hierocles y posteriormente un atleta griego llamado Aurelio Zotico. Según los historiadores de la época, el emperador celebró ceremonias de casamiento y en el caso de Hierocles, la obsesión con su vida sexual fue tal, que en distintas ocasiones intentó convertirlo en emperador, sólo para disfrutar de ser su emperatriz y amante.

La moral de Heliogábalo llegó a un extremo intolerable para el Imperio cuando el vulgo romano descubrió que el flamante emperador acostumbraba caracterizarse con peluca, afeitarse completamente y salir a las calles, tabernas y prostíbulos con vestimentas y un comportamiento afeminado, sólo para buscar placer entre los presentes.

heliogabalo conmujer

No obstante, el historiador Dion Casio recoge el testimonio del joven, cuando ante sus súbditos ordenó conseguir a los mejores médicos para realizar una intervención quirúrgica que no sólo le diera aspecto femenino, también deseaba sobremanera la implantación de una vagina artificial a un costado de su sexo biológico, prometiendo fortunas e incluso títulos imperiales a quienes lograran concederle sus deseos.

Con apenas 18 años, Heliogábalo sufrió de un atentado que le costó la vida. Los guardias pretorianos –que en teoría debían cuidar de él– se encargaron de ahogarlo y posteriormente en los brazos de su madre, degollarlo junto con ella, sólo para desaparecer el cuerpo en el Tíber y oficiar la damnatio memoriae, orden para desaparecer todo vestigio histórico de su mandato y persona. 

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