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HISTORIA

El experimento de la cárcel de Stanford que exploró los límites de la crueldad

Estudiantes ordinarios se convirtieron en guardias y prisioneros de una prisión ficticia. El experimento debía durar dos semanas, pero se tornó tan brutal que debió cancelarse en el sexto día.

En 1971, el investigador Philip Zimbardo llevó a cabo uno de los experimentos más famosos y perturbadores en la historia de la psicología: el experimento de la cárcel de Stanford. Lo que empezó como un simple experimento para estudiar las relaciones de poder en las prisiones terminó como una exhibición de crueldad y maltrato, que debió detenerse antes de que alguno de sus participantes resultara gravemente lastimado (física o emocionalmente).

La intención de Philip Zimbardo era la de examinar los comportamientos y reacciones de los participantes en un ambiente simulado a manera de una prisión. No ocurrió en una cárcel sino en la misma Universidad de Stanford, durante el verano, cuando el campus estaba casi desierto y Zimbardo y su equipo tenían libres las instalaciones para las pruebas. Los organizadores acondicionaron algunas aulas como si fueran celdas y reclutaron a varios estudiantes, a quienes prometieron un pago de 15 dólares por día. Pero aquella prisión ficticia terminó por convertirse en el escenario de actos crueles e inhumanos, mucho antes de que los participantes pudieran cobrar sus ganancias.

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¿En qué consistió el experimento de la prisión de Stanford?

Los participantes del experimento fueron elegidos con base en su estabilidad emocional. Después de la selección, se dividieron en dos: una parte del grupo serían los guardias de la cárcel y la otra serían presos, durante dos semanas. Los primeros usarían uniformes de policías, lentes oscuros y macanas para mantener el orden. Los segundos tendrían que cambiar su ropa por una especie de camisón con un número asignado al azar, por lo que los internos no tenían nombre, sino que pasaban a llamarse igual que el número aleatoriamente asignado en sus ropas.

De acuerdo con un artículo de 1997 publicado en Stanford News Service, “el principal objetivo para Zimbardo era el de enfocarse en el poder de los roles, los símbolos, identidad de grupo y validación situacional de la conducta, que normalmente causaría repulsión en individuos ordinarios”. Un año antes, en 1996, Zimbardo dijo que antes de realizar la prueba había estudiado “la desindividuación, el vandalismo y la deshumanización, que ilustraba la facilidad con la que cualquier persona podía ser orillada a actuar de formas antisociales”. Solo hacía falta ponerles en situaciones de anonimato, o en las que percibieran a los otros como “menos humanos”, como enemigos u objetos.

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Los guardias comenzaron a dar órdenes tímidamente, pero pronto comenzaron a tomarse más en serio su papel de carceleros y a ejercer abuso psicológico y emocional sobre los reos: los privaban del sueño, los encerraban en espacios oscuros y reducidos, los obligaban a hacer ejercicio hasta el punto del desmayo, los obligaban a realizar actos degradantes y humillantes y les quitaban los alimentos (que eran parte de su derecho como prisioneros y como seres humanos). Para los investigadores, esto era una prueba de que cualquier persona podía convertirse en un tirano abusivo, si simplemente se le daba la ilusión de poder.

Zimbardo observó la situación a distancia a través de cámaras y micrófonos, pero también intervino directamente como “director” de la prisión ficticia y avaló los malos tratos de aquellos que fungían como guardias. Su entonces novia, la psicóloga Christina Maslach, acudió de visita y observó el abuso psicológico que ocurría frente a sus ojos. Fue ella quien lo convenció de detener el experimento, pues los participantes corrían un grave riesgo de atravesar daño físico o emocional a raíz de eso. La prueba, que duraría unos 15 días, se detuvo por su brutalidad en el día seis.

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The Stanford Prison Experiment’, la película de 2015 dirigida por Kyle Patrick Alvarez y protagonizada por Ezra Miller, Olivia Thirlby y Billy Crudup, y en la que el mismo Philip Zimbardo colaboró como guionista con base en el libro ‘The Lucifer Effect’, es una versión dramatizada y basada en los hechos reales del experimento. Zimbardo acepta que hubo fallas en su criterio, que se tardó demasiado en detener el experimento para mantener seguros a sus participantes (quienes, tomemos en cuenta, aún eran adolescentes y jóvenes universitarios) y que fue gracias a su ahora esposa que decidió ponerle un alto al sexto día.

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Etiquetas:Psicología
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