El futbol sirve como una herramienta política que distrae, alegra y siembra ilusiones momentáneas
Historia

El futbol sirve como una herramienta política que distrae, alegra y siembra ilusiones momentáneas

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Por: Diego Fernandez

12 de enero, 2017

Historia El futbol sirve como una herramienta política que distrae, alegra y siembra ilusiones momentáneas
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12 de enero, 2017





"El fútbol es la única religión que no tiene ateos".

-Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra


Hay sueños compatibles; hay sueños compartibles; hay sueños compactibles. Existen lugares donde el anhelo que produce la actividad onírica se reduce simplemente a un esférico. El futbol es el culpable de nuestros peores fracasos y el causante de nuestras mejores satisfacciones.

En México, la búsqueda del balón se ha convertido en un juego masoquista donde la derrota prevalece ante el lejano sueño de ver a nuestra selección nacional besuquear una Copa del Mundo. Está de más decir que nuestro gusto por la afrenta y la disidencia comulga bien con las caras pintadas, los puños en alto y las voces que se alinean a un cántico religioso que busca devolverle el aliento a once almas que de pronto adquieren carácter de seres celestiales, mismos dioses que van detrás de un redondo éxito que no les llega de ninguna parte.


futbol

A pesar de la separación a la que invita, el futbol une más de lo que aleja. No hay razón para no celebrar el resultado de un partido (sea cual sea el marcador) en el Ángel de la Independencia. Los mexicanos se sienten verdaderamente mexicanos cuando se enfundan en su verde camiseta y vitorean ensayadas maldiciones al árbitro, como si ése fuera el verdadero deporte nacional.  

            Es posible encontrar en la afición a quien sólo busca volver a su infancia durante noventa minutos. Los que están en las gradas regresan a la diversión y al sufrimiento que sólo puede proporcionar el infantil acto de jugar, de fingir, de soñar. Nadie se escapa de dicho martirio: aunque muchos nieguen su gusto por el balompié, no hay nadie incapaz de sentir morbo ante esa gloriosa atrocidad. Quien esté libre de futbol, que lance la primera patada. Los espectadores son parte esencial del juego. Los que saben dicen que nosotros somos el duodécimo jugador, ante tal maravilla, no es impropio preguntar: ¿quién se encarga de fichar a la afición?

             Los jugadores se engrandecen ante los ojos de quienes los observan y que, por observarlos, los convierten en valiosos objetos de consumo. De un momento a otro, a las camisetas se les adhieren tantos anuncios como una avenida de Las Vegas y los cracks del momento se convierten en modelos para comerciales de tratamientos contra el pie de atleta. Nuestra necesidad de héroes nos lleva a inventarlos o, por lo menos, a imaginarlos durante una temporada, durante un partido. El futbol, como cualquier arte, no es posible sin el otro. Este deporte exige espectadores que lo creen, que lo crean. Las mayores mentiras nos las dice el futbol con sus fábulas y sus moralejas, con sus faltas no marcadas, con sus penales que no eran penales y sus travesuras que bien atentan contra el fair play, pero que han hecho historia: nadie olvida aquella mano que se convirtió en divina después de robar un gol en una portería inglesa. Las mentiras del futbol son sintéticas, pero llegan a confines del corazón hasta hacerlas parte de nuestra realidad.


futbol mexicano

            ¿Cuántos goles se necesitan para dar forma a un héroe? En el Mundial de México 86, Manuel Negrete se consolidó con un gol de tijerita ante Bulgaria, esta hazaña hizo que rebasara a cualquier santo para que la afición lo coronara con su bien merecida aureola. Hugo Sánchez hizo lo suyo, encontró la gloria detrás del gol, subió al Cielo y se sentó a la derecha de la Madre Patria. Campos fue la revelación de la cancha; sus manos salvaban el arco y sus pies servían para confundir al enemigo. Cuauhtémoc Blanco hizo de su cascarita de barrio y celebraciones de chiste un verdadero hito futbolístico a nivel mundial. Borgetti nos hizo entender que para el futbol también se necesita de la cabeza. Rafa Márquez logró que los tiros de esquina parecieran un verdadero milagro. Chicharito Hernández busca reposicionar su efigie hasta estar a la par de los grandes, sin importar cuántas bancas tenga que calentar.

chicharro

            La globalización y su magia nos ha obligado a adoptar a héroes bárbaros. Los dioses extranjeros se escabullen por las pantallas de televisión para hacernos creer que los livianos tachones de Messi deben ser alabados no sólo por los argentinos, sino por todo aquel que entienda el juego rápido como un elegantísimo tango; que los formidables recorridos de Cristiano Ronaldo son tan extrahumanos que no poseen nacionalidad; y que los conjuntos de países del Viejo Continente también pueden generar furor en los hinchas aztecas.

            En nuestra cancha el mejor jugador es el azar. La incertidumbre del partido hace una obligación pensar en lo peor esperando lo mejor. Uno de los ingredientes primordiales para cocinar nuestra pasión es la espera del gol del equipo contrario. Buscamos la derrota para disfrutar mejor de la victoria. En esta lucha, confiar no nos está permitido, aunque el futbol sea sólo cuestión de fe. Más vale prepararse para el golpe; más vale esperar todo. La magia de nuestro juego radica en el espectáculo, y el espectáculo debe ser más grande que el mismo juego. El futbol se ha convertido en una mina de oro para las grandes transnacionales que buscan hacer de los jugadores simples cosas que puedan vender más de lo que juegan. El número de la camiseta tiene un valor que rompe la seriedad de la matemática. El 10 es el favorito de los grandes, quizá porque numerológicamente es igual a 1, al primero. Las boutiques oficiales de grandes equipos venden las camisetas a su precio duplicado tan sólo por el estampado en la espalda.


futbol

El deporte es un gran negocio y cuando es televisado se convierte en el circo más atractivo de nuestro siglo. Cuando los gladiadores pisan el pasto, su mundo y el nuestro se conectan para buscar el mismo objetivo: acribillar al oponente. La conciencia crítica parece desaparecer ante esos espadazos con los pies. El pensamiento busca otros lugares cuando el balón está rodando, dejando así toda posibilidad de que los impulsos aviven a la barra brava, misma mafia que hace de la explosión instintiva un virus que contagia a todo el estadio.

            Ante nuestra inasible, pero bien construida posibilidad de triunfo, no queda más que mirar el futbol como una salvación que nos obliga a moldear realidades ficticias, cuyos fracasos son menos dolorosos que los de nuestra vida cotidiana. El futbol sirve como una herramienta política que distrae, alegra y siembra ilusiones momentáneas. Los grandes ilusionistas hacen desaparecer la barbarie de los políticos y dan más credibilidad a Cuauhtémoc Blanco que al mismísimo Presidente de la República.

            El futbol es extraño, y por extraño, nos refleja. Nuestras irracionalidades mejor reservadas aparecen en el campo de juego. De un momento a otro, los mismos aficionados mexicanos se convierten, contradictoriamente, en aquellos catalanes que le gritaban “indio” a Hugo Sánchez en el Camp Nou. El futbol es ruptura y catarsis. Patear un balón no sólo conlleva a buscar una copa, sino a liberar el alma. La presencia de actos abominables no son de extrañar en el desarrollo de un partido. La barra brava es el regreso al instinto, la transfiguración en el hombre de las cavernas que ahora enloquece al primer estímulo de un combate que no juega.


futbol mexicano

            La camiseta adquiere por embrujo un toque de misticismo, convirtiendo una simple prenda en un símbolo que no puede ser arrancado del espíritu. Los colores y el escudo –en conjunto– toman tanta importancia como la bandera del país natal. El himno de los Pumas de la Universidad es más patriótico en el campo que en las aulas de esa pequeña nación llamada CU. El equipo se convierte en Patria. Los enigmas del juego invitan a la búsqueda de tesoros para los que es necesario aprender la significación futbolística, los secretos de cada conjunto. Estos códigos son casi genéticos y, la mayoría de las veces, hereditarios. Coincidir con los gustos del padre o de la familia mantienen vivo un linaje. También existen casos de hijos rebeldes que logran encontrar su rebaño en el mismo lugar donde su padre pretendía volar como un águila.

            Hay sueños que se siembran en cabezas ajenas. El futbol es un sueño eterno que cultiva quimeras e invita a dar saltos a la infancia, mitificando al hombre común y corriente, elevando el valor de una pelota y buscando la permanencia de los sueños sobre un campo cuyo juego es la cosa más seria de nuestros tiempos.


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En el futbol hay momentos que son exclusivamente poéticos: los momentos del gol. Cada uno es siempre una invención, es siempre una perturbación del código, eso lo sabía el filósofo Albert Camus, si quieres saber más de esta historia, descubre lo que este escritor le debe al futbol.


Referencias: