El rey que dejó el trono por amor y fidelidad a su esposa fallecida

El rey que dejó el trono por amor y fidelidad a su esposa fallecida

Por: Abril Palomino -

Carlos I de España y V de Alemania fue el emperador que reinó España durante la conquista de gran parte de Centro y Sudamérica en 1521, una etapa emblemática en la historia mundial; pero este ilustre personaje tuvo que lidiar con otro tipo de problemas de índole sentimental.


Carlos I fue un rey muy particular, no solo por su peso histórico y familiar —fue nieto de los Reyes Católicos y el Emperador Maximiliano I—, sino porque a diferencia de muchos nobles quienes únicamente aceptaban el matrimonio con fines políticos, él estaba profundamente enamorado de su esposa, la Emperatriz Isabel de Portugal. Cuando ella murió el rey se sintió inmensamente desconsolado, se dice que nunca se recuperó de tal suceso.

El rey que dejó el trono por amor y fidelidad a su esposa fallecida 1Foto: Carlos I de España, V de Alemania, Wikimedia Commons

La relación de Carlos I e Isabel de Portugal

La unión de Carlos e Isabel de Portugal, en marzo de 1526, fue una estrategia política, ya que representaba la unión peninsular a través de su herencia, en los días de su hijo Felipe II.

El embajador de Portugal, que escribió al rey Juan III acerca de la flamante nueva pareja:

«... entre los novios hay mucho contentamiento, a lo que parece..., y en cuánto están juntos, aunque todo el mundo esté presente, no ven a nadie; ambos hablan y ríen, que nunca hacen otra cosa».

La pareja vivió una romántica luna de miel en Granada, entre los jardines de la Alhambra, libros y eventos de caza. Sin embargo, el rey Carlos I,  pensaba que la sexualidad desenfrenada constituía un riesgo para la salud, como le sucedió a su tío, el príncipe Juan, fallecido a los dieciocho años, según la tradición, por la excesiva frecuentación del amor carnal, incluso, así lo advirtió a su hijo Felipe en 1543.

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Isabel, era una mujer cuya belleza era reconocida en toda Europa, su esposo vivió platónicamente enamorado de ella, pero su relación fue bastante tumultuosa, vivieron separados durante seis años de los trece que en total duró el matrimonio. La emperatriz padeció mucho la ausencias de Carlos I, se sentía completamente agobiada por los conflictos políticos y de salud que tenía que confrontar desde la soledad.

El rey que dejó el trono por amor y fidelidad a su esposa fallecida 2Foto: Isabel de Portugal, Wikimedia Commons

La muerte de Isabel de Portugal 

En 1539 Isabel murió como consecuencia de un aborto espontáneo, el segundo en su vida. Antes de morir, la emperatriz pidió que su cuerpo fuera enterrado en Granada sin embalsamar, por lo cual se cumplío esta voluntad y cuando falleció se hizo un viaje de 10 días a Granada. Su hijo mayor, Felipe II de 12 años, fue el encomendado en reconocer el cuerpo de la difunta, la impresión del infante fue tal, que se desmayó en el momento de abrir el féretro y descubrir el cuerpo putrefacto de su madre. El monarca reconoció que nunca pudo superar este trauma en toda su vida.

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En el cortejo fúnebre se encontraba el Duque de Gandía, Francisco Borja, quien también estaba enamorado de la emperatriz, ante la muerte de Isabel el Duque se unió a los Jesuitas. Al reconocer su belleza entre la descomposición de su físico recitó esta frase que pasó a la historia:

 «No puedo jurar que esta sea la emperatriz, pero si juro que es su cadáver el que aquí ponemos (...) Y también juro que no he de servir nunca más a señor que se me pueda morir». 

Carlos I vistió de luto el resto de su vida y no volvió a casarse, estaba seguro que no encontraría un amor tan puro y perfecto como él que vivió a lado de su difunta esposa. La única relación que se le conoció fue en 1546 con Bárbara Blomberg, de esta relación  nació Juan de Austria, al cual el emperador lo reconocería como hijo suyo en su lecho de muerte. 

El rey que dejó el trono por amor y fidelidad a su esposa fallecida 3Foto: Wikimedia CommonsCarlos abandonó el trono en vida, por primera vez desde Diociano, su dolor no lo dejó continuar con sus labores bélicas y políticas, decidió recluirse en el monasterio de Yuste de la orden de los Jerónimos en 1555, murió tres años después y por fin pudo reunirse con su esposa, 19 años después de su muerte.

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