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Fragmentación divina, la prueba de que los pueblos de Mesoamérica comprendían mejor el Universo

16 de enero de 2018

José Daniel Arias Torres

Las culturas mesoamericanas fragmentaban la divinidad como científicos; eran culturas con un alto desarrollo filosófico, astronómico y matemático.



Muchos grupos humanos han encontrado una explicación a todo lo que les resulta desconocido en las religiones; una explicación quizás un tanto irreal de los sucesos para los que las ciencias y la mente de cada individuo aún no tienen respuestas del todo claras. El ser humano prefiere resguardarse en la religión y en la creencia de algo más allá que nos trasciende en todos los sentidos. Esto es natural, pues como seres racionales tendemos a justificar todo aquello que vemos, pensamos, sentimos y hacemos; tratamos de mantener una estructura en nuestras ideas y pensamientos intacta, pues sin esta base fundamental sencillamente colapsaríamos. En un sentido de abstracción de ideas, creer en un dios o dioses es darle un sentido a nuestro ser; nos justificamos como entes importantes que tienen una misión o propósito después de muertos, tratamos de convencernos así de que la vida no se acaba con la muerte.




 

Sin lugar a dudas, las religiones han sido uno de los grandes sinónimos de conflicto. La superioridad de un pueblo con respecto a otro no se mide sólo por medios económicos, políticos o militares; la superioridad igualmente encuentra su justificación en las religiones, y aunque ya no juega el mismo papel que antes, hoy aún lo podemos observar, pues si bien de alguna manera la religión ya no es justificante principal, continúa jugando un papel fundamental. De este modo, luchar en nombre de los dioses, de las creencias —o luchar por ideales de democracia y libertad al mismo tiempo que el Estado establece la creencia en un dios— es justificar por medio de la divinidad un acto humano, aunque sea indirectamente, y así dar un sentido que trasciende la mortalidad a toda acción que realizamos. Creer en algo que sobrepasa las facultades humanas y adjudicarle nuestra existencia misma es una constante en todas las culturas. Aunque es curioso que estos dioses, estos seres tan superiores, adquieran sentimientos, formas y maneras de accionar tan características del ser humano. Tal pareciera que son hombres y mujeres comunes con un poder casi ilimitado.




 

Por ejemplo, en Mesoamérica diversas culturas confluyeron a través de los siglos. Su religión era politeísta. La adoración a más de un dios no era casualidad, ellos no concebían al todo como una unidad, sino como fragmentos dispersos que conformaban el todo, pero que no por eso eran menos independientes. A pesar de recibir un nombre diferente, cada uno de esos dioses estaba íntimamente conectado con otro más, pues juntos forjaban el Universo y daban fundamento y sustento a la vida. Sin uno de esos dioses fragmentarios el ciclo universal estaba incompleto, pues la vida en el inframundo, en lo terrenal y lo divino seguía un proceso que hacía que todo lo que moría renaciera y todo lo que viviera muriera. En agradecimiento a un ciclo completo, los pueblos celebraban rituales, fiestas y sacrificios en honor a los dioses; y en caso de que el ciclo estuviera incompleto, los pueblos celebraban rituales para pedir el fragmento faltante. La unidad era fragmentaria.

 





Para las culturas mesoamericanas, el Universo no era propiedad de un dios absoluto; al contrario, más de un dios administraba ciertos dominios y tareas. Sin embargo, estas tareas en conjunto funcionaban como una sola, era como si un solo dios absoluto se fragmentara y tuviera diversas vocaciones. De esta forma, al adorar a uno adorabas a todos, pues todos eran parte de un solo ciclo y eran fundamentales para la totalidad del mismo. Estos dioses no eran omnipotentes, al contrario, tenían limitantes marcadas y la inmortalidad no era una característica patente en ellos. No obstante, en conjunto ellos realmente lo eran; la omnipotencia de estos también era fragmentaria y su poder absoluto era manifestado en la totalidad del ciclo.

 




Las peleas divinas entre estos míticos personajes se podrían interpretar como la tensión que existe entre diversos ciclos, estaciones y tradiciones; la despedida de un fragmento y la bienvenida de otro. Esto sin mencionar la acción casi humana de los dioses que se entregaban a pasiones, odios y resentimientos. Las culturas mesoamericanas fragmentaban la divinidad como científicos; eran culturas con un alto desarrollo filosófico, astronómico, matemático y científico. Entender al todo por supuesto que requería de una disección y fragmentación para el estudio de las partes involucradas en el ciclo universal. Se trataba de una concepción divina un tanto mecánica plagada de ciencia y presentada como religión.


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La imagen de portada de este artículo pertenece a Stéphane Gusard

TAGS: Dios Religión historia de méxico
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