El día que se cayó el sistema y murió la democracia en México
Historia

El día que se cayó el sistema y murió la democracia en México

Avatar of Diego Cera

Por: Diego Cera

14 de junio, 2018

Historia El día que se cayó el sistema y murió la democracia en México
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Por: Diego Cera

14 de junio, 2018

Justo cuando pensábamos que la historia de México no podía tener otro episodio oscuro y vergonzoso, en 1988 nos dimos cuenta de que podíamos superarnos a nosotros mismos.



Bienvenido a México, tierra de oportunidades. Un lugar donde nada sucede por casualidad, sino por intervención divina o porque si algo nos caracteriza es la manera en que "nuestra magia" hace que la Tierra retiemble en su centro y acomode todo a nuestro favor; tanto así que es la tierra misma la que se abre como por acto de magia para que uno de los criminales más buscados en todo el planeta escape —así de fácil como se lee— de una de las prisiones de máxima seguridad más avanzadas de nuestro país.


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Tanta magia hay en nuestros corazones que en 1994 fuimos capaces de encontrar, con una vidente de por medio, a los culpables del confuso asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, entonces secretario general del Comité Ejecutivo Nacional del PRI. De modo que si tenemos entre nuestras garras algo tan fabuloso como el místico despacho de la Procuraduría General de la República que logró poner en la cárcel a Raúl Salinas de Gortari, autor del crimen antes mencionado, también podemos darnos el lujo de poseer un sistema electoral tan eficaz como para haberle otorgado la presidencia a su hermano Carlitos.


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Vamos a jugar a que ustedes eran los malos


Un gran presidente no puede jactarse de haber ganado las elecciones si no existía por lo menos un candidato a quien considerar su más grande enemigo. Esto era algo que los altos mandos del Partido Revolucionario Institucional tenían bastante claro en 1987, cuando comenzaron sus oscuros planes de colocar en la silla presidencial al que quizá fuera uno de sus miembros más despiadados: Carlos Salinas de Gortari.


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Convenientemente para el partido tricolor, el discurso y la filosofía de Cuauhtémoc Cárdenas estaba seduciendo a varios de sus miembros más poderosos, mismos que poco a poco fueron abandonando al PRI para comenzar a crear sus propios partidos. Fue así como nacieron el Popular Socialista (PPS), el Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM), el Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional (PFCRN) y Demócrata Mexicano (PDM); sin embargo, aun cuando existieran cien partidos que se opusieran a Salinas de Gortari, los medios —especialmente el Noticiario 24 Horas— enfocaba el 70 % de su atención a la figura del que presuntamente era la mejor opción para la presidencia de México.


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¡Engañaré a los necesarios para salvar esta compañía!


Con el radio, la televisión y los periódicos hablando sobre todo lo que Carlos Salinas había hecho a favor del pueblo mexicano, a nadie le cabía duda de que sus ojos estaban viendo al héroe que el país necesitaba; una figura a la que le quedaba perfecto pertenecer a un partido que se jactaba por todas las vías de ser revolucionario. Aunque nadie contó que para las elecciones del 88 preferiría aludir a su lado institucional y hacer los trucos necesarios para poner a su hijo pródigo en la silla.


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Además de repetir el viejo truco de "embarazar" las urnas —poner más votos de los que deberían ser—, también se aplicó la estrategia del "ratón loco" o "carrusel", en la que los mismos militantes del PRI llevaron autobuses llenos de personas que votaban en cada casilla —mismas que, por cierto, estaban colocadas en locaciones 100 % priístas.


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Sin embargo, todos esos "votos efectivos" que aparentaban un México interesado por un futuro con Carlos Salinas como guía definitivo no fueron sino el preámbulo de un movimiento mucho más descarado. El verdadero impulso para la presidencia de Salinas fue Televisa, que además de tener una participación impecable con su cobertura del proceso electoral, desde antes que la Secretaría de Gobernación tuviera los resultados, ellos ya tenían a su ganador definitivo. Porque claro, cuando el gobierno no puede darnos razón de sus propios asuntos, el cuarto poder siempre está para respaldarnos y darnos toda la información que queremos.


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Así es como muere la libertad: con un estruendoso aplauso...


Apenas comenzaba a sentirse el nervio por saber quién sería el próximo presidente de México, cuando Manuel Bartlett Díaz —entonces candidato a Senador por el Partido del Trabajo en Puebla— aseguró que no iba a ser posible conocer el resultado de las elecciones del 6 de julio de 1988, sino que el pueblo tendría que esperar hasta la mañana siguiente, debido a que "el sistema se había caído".


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Puntualmente, a la una de la mañana del 7 de julio y como si una especie de magia mexa-tecnológica hubiese hecho efectivas las palabras de Bartlett Díaz, los resultados de la Secretaría de Gobernación le dieron motivos al entonces presidente del PRI, Jorge de la Vega Domínguez, para decir que su partido «había obtenido un triunfo claro, rotundo e inobjetable y que tenía las pruebas de ello».


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Con un 50 % de los votos a favor de Salinas de Gortari, el 31 % para Cárdenas y con el resto aparentemente perdido, la nefasta historia del gran fraude mexicano quedó registrada en los anales de los procesos electorales como una mancha que resulta imposible comprobar o desmentir, pues después de un incendio en 1989 y una depuración de "documentos sin importancia" en 1991, cualquier registro de las elecciones del 88 quedó reducido a absolutamente nada más que el resentimiento y la pobreza de un pueblo que aún hoy sigue sintiéndose herido y engañado.