Así se vivió el último día de Porfirio Díaz en el poder

Así se vivió el último día de Porfirio Díaz en el poder

Por: Cultura Colectiva -

El último día de Porfirio Díaz como presidente estuvo lleno de emoción y resentimiento por parte de aquellos que se sentían ignorados desde hace años por su gobierno, el cual se decía beneficiaba a los de "arriba" principalmente.

Texto escrito por Héctor de Mauleón


Tras 31 años en el poder, el último día de Porfirio Díaz como presidente de México, estuvo lleno de sentimientos encontrados como emoción y resentimiento por parte de aquellos que se sentían ignorados desde hace años por su gobierno, el cual se decía beneficiaba solamente a los de "arriba" dejando de lado a campesinos e indigenas. Por otro lado, hubo tristeza de sus fieles acompañantes quienes, a pesar de la sorpresa y angustia, se mantuvieron junto a él hasta el final. 


El 24 de mayo de 1911, la Ciudad de México quedó congelada por un instante. El Diario el Hogar anunció en su encabezado principal que el general Porfirio Díaz -treinta y un años en la presidencia de la República- se disponía a entregar su renuncia ese mismo día. Terminaba lo que el cineasta Juan Bustillo Oro, entre otros sacerdotes de la nostalgia, llamaría años después "los tiempos de don Porfirio", una era en la vida de México alentada por el sueño del progreso, aunque fatalmente marcada por la desigualdad: el mal que México arrastra desde hace dos siglos. 


¿Se iba en verdad don Porfirio? No había nada confirmado, pero grandes multitudes abandonaron sus ocupaciones y se agolpearon, expectantes, frente a la Cámara de Diputados, en la esquina de Donceles y la calle del Factor. Hay algo inquietante en esos días en los que las noticias de los diarios pierden toda importancia en unas horas, porque un suceso nuevo o inesperado las disuelve. Es como si los diarios narraran, finalmente, días que no ocurrieron. Así fue aquel 24 de mayo. Dejaron de importar los anuncios que avisaban que María Conesa presentaba en el Lírico, aquella noche, la zarzuela La Gatita  Blanca. Nadie atendía las inserciones que anunciaban descuentos de locura en El Puerto de Veracruz y las Fábricas de Francia. Efectivamente, el Porfiriato parecía terminado: el eje dorado de la aspiración moderna, la suntuosa calle de Plateros , con su rutilante progresión de tiendas, joyerías, bares y restaurantes, lucía totalmente desierta. Nadie podía saberlo, pero la vida hasta el día anterior había animado al boulevar favorito de la urbe ya la imagen de otro tiempo. 


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Los diputados no tenían noticia de la supuesta renuncia de don Porfirio y empezaron a sesionar como en un día cualquiera. Discutían una reforma a la educación primaria cuando se desató un fuerte siseo entre los curiosos que atestaban la galería. Retumbaron dos gritos: "¡Renuncia! ¡Renuncia!" y "¡Viva Madero!". El presidente de la Cámara ordenó que se leyeran los artículos del reglamento que prohibían la intervención del público en los debates. Pero el ruido era tan ensordecedor que el presidente ordenó el desalojo del recinto. Quienes se hallaban en la galería fueron llevados a la puerta a empujones. El público se negó a salir. Las sillas volaron de un lado a otro, los cristales de las puertas estallaron en pedazos, alguien incitó a la muchedumbre a dirigirse a Cadena número 8 -hoy Venustiano Carranza-, en donde se hallaba el domicilio particular de Porfirio Díaz. Una marejada humana bajó por el Factor: fue tal el número de personas que participaron en el alboroto -"miles de gentes del pueblo, y sin ocupación", reseña El Imparcial-, que la gritería podía escucharse a varias cuadras de distancia. Las casas comerciales entraron en pánico y cerraron sus puertas. Atraída por el escándalo, una compañía de zapadores avanzó con las armas en la mano y chocó violentamente contra la turba. 


En el interior de su residencia, Díaz se revolcaba de dolor: la extracción mal llevada a cabo, de una muela, lo tenía postrado y con una tremenda inflamación. Hasta el lecho en el que el dictador convalecía llegó el rumor de la muchedumbre. Era el grito con que concluían tres décadas de silencio. Los años de la pax porfiriana. En la calle, la gente destrozó vitrinas, aparadores, anuncios y focos del alumbrado. Algunos estudiantes secuestraron tranvías y recorrieron las calles al grito de "¡Viva Madero!". Un gendarme que se vio rodeado por la multitud fue a ocultarse al interior de la sombrerería Tardán, en los portales del Zócalo: las vitrinas recibieron "una pedriza fenomenal". 


De varias puntos llegaron noticias de muertos y heridos. Alguien juzgó que era hora de cobrar agravios pendientes y encaminó a un centenar de ciudadanos a las oficinas de El Imparcial, el diario gobiernista que se dirigía Rafael Reyes Spíndola. La intención era incendiar la redacción. Otro grupo intentó tomar el Ayuntamiento, e incluso el Palacio Nacional. La tropa abrió fuego contra los sediciosos. Quedaron en el suelo seis cadáveres. Trescientos hombres resultaron heridos. 


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Las convulsiones se prolongaron hasta las diez de la noche, hora en que un aguacero dispersó a la gente. Aún se oía, sin embargo, el arrastrar de botes de hojalata sobre el empedrado, y los "¡muera!" lanzados contra don Porfirio. Centenares de almacenes fueron saqueados; la camisería La Villa de París, la armería de Combaluzier, la hostería del Gallo de Oro, el Salón Rojo y la cantina The Aztec sufrieron graves destrozos. Las clases acomodadas se pertrecharon en sus casas y pasaron el día temblando. Si Díaz dudaba aún de la conveniencia de presentar su renuncia, los acontecimientos del 24 de mayo debieron revelarle que había que darse prisa. "No conozco hecho alguno imputable a mí que motivara este fenómeno social, pero permitiendo, sin conceder, que pueda ser culpable inconsciente, esa posibilidad hace de mi persona la menos a propósito para raciocinar y decidir sobre mi propia culpabilidad", escribió. 


El 25, a las tres de la tarde, puso en manos de la Cámara "el poder que le había confiado el pueblo". Para entonces, la violencia había cedido, pero las tiendas se mantenían cerradas y la gente marchaba por todas partes agitando banderas. Se oían "mueras" y "vivas". Un grupo que intentó quemar la casa de ministro Limantour obligó a varios soldados a lanzar vivas a Madero. Hubo jaloneos, golpes, disparos y otro muerto. Los estudiantes seguían en poder de la red de tranvías y lanzaban, desde el techo de estos, airadas consignas. Los choferes de los coches de alquiler desaparecieron. La circulación de automóviles cesó. En la Cámara de Diputados, en medio de un silencio imponente, el diputado Villada y Cardoso dio lectura al documento que Porfirio Díaz acababa de enviar: "Respetando, como siempre he respetado, la voluntad del pueblo, y de conformidad con el artículo 82 de la Constitución Federal, vengo ante la Suprema Representación de la Nación a dimitir sin reservas al encargo de Presidente de la República...".


Las comisiones de Puntos Constitucionales y Gobernación admitieron la renuncia. Se pidió una manifestación de simpatía hacia el viejo general: "¡Viva Díaz!", gritaron los diputados. De acuerdo con El Imparcial, lágrimas silenciosas corrían en las mejillas de los legisladores afectos al régimen. "¡Consumatum est!", cabeceó al día siguiente el Diario del Hogar. La ciudad, que un día antes había pagado tributo de sangre, se entregó a la fiesta. "Todo es grande, dulce, armonioso, el júbilo se desborda en cada pecho, todos se creen con derecho a hablar con el primero que pasa para decirle: "¡Qué gran día es hoy, 25 de mayo de 1911!", escribió un reportero. "En veinte años no hubo entusiasmo más grande, más puro, más espontáneo... todos corrían por las calles, poseídos de una alegría indescriptible". 


Según las notas de prensa disponibles, aquello fue como el día del triunfo de la Independencia, como el día del triunfo contra los franceses. Era el día "en que por tercera vez nació México". El presidente interino, Francisco León de la Barra, fue aclamado durante su arribo al Zócalo. Llega la madrugada del día 26: con el mayor sigilo, varios autos se estacionan frente al número 8 de la calle Cadena. Ocho baúles con archivos de Porfirio Díaz son montados en los vehículos. El general y su esposa, Carmen Romero Rubio, abordan un Mercedes negro. En la obscuridad, bajo la luz titubeante del alumbrado que él mismo inauguró, Díaz ve por última vez la silueta de Palacio Nacional. 


Un tren especial lo aguarda en la estación del Ferrocarril Interoceánico. El expresidente trae la cara vendada, viste un traje claro. A pesar del dolor, de la inflamación, de sufrir los principios de una erisipela, parece conservar la entereza. "A las demás personas que iban con él se les veía tristes y hablaban pocas palabras", consigna el Diario del Hogar. En una escena que luego reproducirá el cine mexicano en la Época de Oro: "Se nos va, don Susanito, se nos va", don Porfirio se despide del reducido grupo de amigos y subordinados que lo acompaña y aborda el tren con aire estoico. 


El reportero del Diario que atestigua la partida del dictador concluye su nota con esta frase: "Así se fue el expresidente mexicano que desde hace ya tiempo había perdido el cariño de sus gobernados". Comenzaba el éxodo de los porfiristas connotados. Sobrevenían los años terribles, el millón de muertos que dicen que dejó la Revolución. Mientras tanto, los periódicos publicaron que Díaz acababa de abandonar la ciudad, y la gente regresó eufórica a la calle, dispuesta a presenciar, desde la primera fila, "el día más glorioso que ha tenido México".


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 El último día de Porfirio Díaz como presidente de México se sigue recordando, pues a partir de ahí millones de mexicanos comenzaron a ver con otros ojos el rumbo del país, dando comienzo formalmente a una democracia más cercana a la realidad.


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