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Los campos de reconcentración españoles en los que miles de cubanos murieron de hambre

16 de febrero de 2018

Ramon Fernando Stevens Martinez

El holocausto cubano es uno de los episodios más dolorosos de la historia de América Latina y del mundo

A principios de 2017 Emmanuel Macaron, entonces un contendiente más en la carrera hacia el Elíseo, calificó los abusos cometidos por Francia en sus antiguas colonias como “crímenes contra la humanidad”. Asimismo sugirió que se debería pedir perdón formal a todos aquellos que sufrieron por dichos actos. Declaraciones de este tipo suelen despertar reacciones mixtas en la audiencia, ya que aceptar culpabilidad y expresar arrepentimiento es uno de los puntos más delicados cuando se trata de discutir la responsabilidad de las antiguas potencias imperiales en las agendas de descolonización del mundo en vías de desarrollo.



Si bien es cierto que la historia debe ser observada en su contexto, también es verdad que algunos hechos continúan teniendo un eco muy importante en el presente de las sociedades. Algunas heridas necesitan algo más que tiempo para sanar: hace falta asumirlas, analizarlas, aprender de ellas y darles un cierre apropiado que promueva el reconocimiento de la dignidad humana.

Uno de los capítulos más dolorosos de la historia de Cuba sucedió durante sus luchas por ganar la independencia de España (1895-1898), cuando el general español Valeriano Weyner organizó los campos de concentración en donde miles de civiles cubanos murieron y que, más tarde, servirían de inspiración al régimen nazi.


Valeriano Weyler


Tras el llamado de José Martí a rebelarse contra el poder de Madrid, conocido como el Grito de Baire, numerosas comunidades del oriente de la isla se levantaron en armas, lo cual pronto se convirtió en una lucha que se extendió por todo el territorio y obligó a las autoridades a tomar medidas implacables. Los españoles estaban desesperados por mantener a Cuba en sus dominios, pues además de ser junto con Filipinas, Puerto Rico y Guam parte de las pocas colonias que le quedaban a su desgastado imperio, era también una de las más ricas gracias al lucrativo negocio del azúcar, cuyas rentas eran indispensables para las finanzas de la metrópoli. En ese escenario, el Gobierno ibérico decidió encargar a Valeriano Weyler la tarea de pacificar la isla después de que el antiguo gobernador de Cuba, el general Martínez-Campos, aceptara su incapacidad de contener a los insurrectos.



Weyler pronto se distinguió por las maneras despiadadas con las que buscaba derrotar a sus enemigos, haciendo honor a su apodo “El Carnicero”. Su estrategia más cruel, conocida como “política de reconcentración”, consistió en despoblar el campo de Cuba para evitar que los agricultores proporcionaran suministros a las tropas independentistas o se unieran a ellas. Weyler ordenó que campesinos, hombres, mujeres y niños fueran reubicados, so pena de muerte, en los poblados controlados por los españoles lo más pronto posible. Si alguien era sorprendido fuera de estos centros o trataba de escapar, era automáticamente considerado un rebelde.

Cientos de personas fueron obligadas a establecerse hacinados en pequeñas ciudades que no contaban con las capacidades para sostenerlas; la calidad de vida en estos campos de concentración era deplorable: la pobre sanidad, la falta de alimentos y la sobrepoblación, además del maltrato que las tropas españolas infligían a los habitantes, provocaron muertes en masa. Una anécdota de la época cuenta que en 1897, el alcalde de Güines se entrevistó con Weyler para describirle la situación desesperada del pueblo y pedirle un mayor racionamiento de alimentos, a lo que el general contestó: “¿Dice usted que los reconcentrados mueren de hambre? Pues precisamente para eso hice la reconcentración".



La desolación de la campiña causó estragos en el abastecimiento de comida, no solo en Cuba sino también en Europa, ya que se interrumpió el flujo de productos agrícolas. Aunado a la reconcentración, se impuso una brutal censura a la libertad de expresión y se dedicó a sembrar el terror en la población. Entre los años 1895-1898, se calcula que alrededor de 300 mil personas encontraron un horrible final acorraladas en las villas, lo que significa que en un espacio de tres años Cuba perdió casi la cuarta parte de sus habitantes, algo que ha sido calificado como un auténtico genocidio.

A pesar de los inhumanos esfuerzos de Weyler, la lucha por la independencia de Cuba continuó: los independentistas lograron oponer una feroz resistencia y, en 1897, el Gobierno estadounidense se involucró en el conflicto con el argumento de que la guerra afectaba sus intereses, lo que volvió insostenible la posición española. En 1898 se firma el Tratado de París, tras el cual Cuba recibe, por fin, su autonomía, para luego enfrentarse a la ocupación estadounidense.



Hasta el día de hoy, es posible encontrarse con bustos, placas y espacios públicos en España dedicados a la figura de Valeriano Weyler. La Plaza Weyler, en Santa Cruz de Tenerife, es un ejemplo, lo cual es testamento de la poca voluntad del Gobierno español contemporáneo por demostrar sensibilidad hacia las atrocidades cometidas durante ese período. Según la doctora Mercedes Cros-Sandoval, experta en la historia cultural de Cuba, el Vaticano también le debe explicaciones al recuerdo de las víctimas, pues el silencio de la Iglesia católica en todo este proceso resulta indignante.

Éste es uno de los capítulos más dolorosos, no sólo en el pasado de Cuba, sino de América Latina y todos los territorios del mundo que han llegado a sufrir las injusticias de la dominación colonial.


Fuentes

Washington Post

Joven Cuba

***

A menudo se asocia campos de concentración con la desquiciada maquinaria nazi en la Europa de mediados del siglo XX, pero lo cierto es que en América Latina también hay un extenso historial de estas inefables prácticas. Un ejemplo de ello es el campo de concentración mexicano que encerró a inocentes por miedo al fascismo.

TAGS: Historia mundial Guerra crimen
REFERENCIAS: Historia Cultural de Cuba, Episodio 38 - La Guerra de Independencia - Primera parte Historia General de Cuba

Ramon Fernando Stevens Martinez


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