El cruel castigo para la homosexualidad en el México Colonial

viernes, 19 de mayo de 2017 14:26

|Eduardo Limon



El problema no es ser puto y tampoco lo es, siquiera, la palabra. Siempre he creído que el lenguaje se construye y que los significados viajan de un vocablo a otro, pero hay límites; es como hace años cuando un grupo nefasto en México alegaba que "güey" era una palabra mal empleada en la contemporaneidad y que de hecho halagaba a las personas en un supuesto intento de vulgarización, pues ésta en realidad designa un estatus real de la sociedad prehispánica. ¿En serio? Güey no significa eso ni por asomo en el Siglo XXI y es un anacronismo brutal el quererse vestir como intelectual con esas aseveraciones.

Puto

Lo mismo sucede con “puto”. Si fuéramos estrictos con la lengua, si nos tuviéramos que apoyar en el Corominas a diario –por favor, no–, “puto” es una palabra de origen incierto de la que se sugiere derivación del latín y el italiano y que quiere decir niño, muchacho o joven. Por lo menos así lo señala una de sus posibles génesis. Pero no es así. "Puto" va más allá e incluso hasta donde no debería llegar. Aunque la afición futbolística de nuestro país insista en que el coreado grito durante los partidos de la Selección Nacional no aúllan homofobia ni ridiculización sexual para nadie, “puto” en México es esa condición ontológica que “idealmente” ningún hombre desearía, “puto” es ofensa en cada sílaba y “puto” es acusación de no-hombría.

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Acusación que actualmente no es palabra aislada ni sobajo sonorizado; es un cuerpo desnudo en una zanja con el pene cercenado y la palabra “joto” escrita en las nalgas; es el cadáver en un pueblo con las manos atadas y un trozo de madera metido en el ano; es dolor en el pecho de un adolescente hostigado por sus compañeros de clase; y es responsabilidad por demostrar lo macho que se es cuando tus amigos te acusan de pusilanimidad o mariconería desde su heterosexualidad. La cual a nadie le consta, pero bueno. Así las cosas. Gritar puto siempre es insulto y jamás se escapa de sus tintes homófobos, por lo menos no ahora y no en nuestro contexto; que quieran disfrazar su intención mediante el sentido es otra cosa y habla de cierta miopía muy a lo Nicolás Alvarado o a lo fanático del Tri, da lo mismo.

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Porque decir puto no es el problema. Efectivamente, el conflicto radicaría en el cómo y el cuándo se arroje –sí, al final es sólo una expresión–, pero lo que no hemos entendido como mexicanos es que ésta guarda en su interior y en todo momento una raíz de odio contra los hombres que no pueden cumplir con su deber masculino; contra los hombres que entonces están más cercanos a ser mujeres; y contra los hombres que por lo tanto son indignos de cargar un par de testículos entre las piernas. El puto de “maricón” y el puto de “cobarde” son exactamente lo mismo, son la categoría que invade a un varón incapaz de satisfacer su hombría e inhábil para ser diferente a una mujer, a una niñita llorona que no aguanta nada y es estúpida en sus labores. El problema no es ser puto ni decir puto, sino que ese puto es el mismo desde que llegaron los españoles a América, no nos hagamos estúpidos.

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Los castigos han evolucionado –o no–, pero el delito sigue siendo el mismo; si un hombre se atreve a tener relaciones sexuales, o incluso cualquier otra práctica de dudoso erotismo, adquiriendo así un degradante tenor femenino, estamos hablando de la máxima falta que en México no hemos podido pasar por alto. El crimen de odio y los muertos en Zona Rosa son la hoguera de hoy, la lapidación de nuestros días. En aquellos años del México Colonial donde dos (o más) hombres tenían que ocultarse entre los matorrales para disfrutar de su mutuo e idéntico sexo, para gozar mediante estimulaciones sucias que hoy siguen refiriendo al diablo y para sentirse vivos a partir de un turgente cuerpo masculino, el menor de los problemas era por supuesto el adulterio o la prostitución porque, claro, esos delitos satisfacían al hombre heterosexual y entonces su gravedad disminuía. Este acto sodomita era aún más deplorable porque ofendía a Dios, infamaba a la Tierra y encarnaba un pecado horrible, infando: el deleitarse con la carne por la carne misma. El ser carne pero no carne de hombre genuino.

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A los putos, como se refiere a los acusados de aquel tiempo en las actas oficiales de la Iglesia y el gobierno, muy bíblicamente se les lapidaba o se les ingresaba al fuego purificador de la iglesia novohispana. De entre los procesos podemos rescatar dos casos específicos.

Cuyne y Quini, los putos del temazcal

El primero, llevado a cabo el 15 de agosto de 1604, fue protagonizado por dos indios purépechas en la Valladolid de Michoacán; Simpliciano Cuyne y Pedro Quini fueron encontrados fornicando adentro de un temazcal, ambos casados con su respectiva esposa y padres de algunos niños. El primero de ellos con 20 años de edad declaró haberse emborrachado y caído en los engaños del segundo, con 25 años, y entonces sucumbir a la penetración que el otro tanto le reclamaba. En medio de declaraciones conflictivas e incluso llenas de tortura, Quini aceptó la culpa y desmanteló una red de hombres en la población que gustaban de otros hombres; todos fueron juzgados, sentenciados a morir a palos y dispuestos en la hoguera, menos Cuyne. Él se salvó porque, de ellos, por lo menos tuvo la lucidez de ser el penetrador y no el penetrado, tuvo la conciencia de seguir su “naturaleza” viril.

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Cotita o El afeminamiento del hombre

El segundo caso llegó medio siglo después, en 1657; Juan Galindo de La Vega, quien era mejor conocido como Cotita de la Encarnación, fue un mulato “afeminado” cuyos comportamientos y actitudes levantaron sospechas evidentes y que finalmente le hicieron acreedor de un juicio donde otros 123 hombres de la Ciudad de México fueron incriminados. La misoginia de la sociedad colonial nutría al odio profesado hacia los homosexuales; en las actas y archivos judiciales se asocia a lo femenino con la debilidad, la ignorancia y el pecado, características que debilitaban o personificaban al hombre desviado. Las mujeres carecían de razón para dicha comunidad y, por lo tanto, el afeminamiento en un varón era una renuncia a su propia condición humana privilegiada, superior.

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Ante la pregunta de por qué un hombre quisiera ocupar el lugar de una mujer y ser poseído por el miembro de un congénere entre sus nalgas, el pecado y sus fatales consecuencias eran las únicas explicaciones factibles. Claro, no para todos aquellos que ostentaran un contacto sexual con otro hombre, sólo para los indios y demás castas alejadas del español. Según se tiene registro de la correspondencia del virrey Francisco Fernández de la Cueva, no hay más que conteo de este “pecado horrible” entre los varones inmundos (mestizos, negros, mulatos, etcétera); situación falsa, pues también existen crónicas de cómo los jóvenes blancos y sobretodo pertenecientes a la Iglesia Católica eran protegidos en tales escándalos.

Puto ayer y puto ahora

Sin ninguna reflexión clara en torno a la sexualidad y obviamente sin consideración alguna sobre la no-necesaria conexión entre el erotismo y la orientación sexual –porque un hombre que acaricia a otro no es con precisión un homosexual–, se gestó en el México Colonial el más cruel castigo hacia esos sujetos que no gustaban del sexo femenino: la muerte dolorosa y humillante. Condena que hemos heredado, cabe destacar. Cada que alguien grita “Puto”, que con una buena sonrisa marcada en los labios dice “No seas puto”, “Eres bien puto” o “Ni que fuera puto”, se reivindica –en ese sentido que no hemos superado aunque digamos lo contrario– que otras mentes aún más extremistas no tengan mesura alguna para soltar un golpe, un disparo o una amenaza.

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Quizá podamos seguir diciendo puto, ése no es el problema. Tampoco lo es seguir siéndolo. En su calidad de palabra éste seguirá habitando en el libre ejercicio del lenguaje como esa entidad viviente que muta, corre, anda y se reconstruye. El tiempo lo dirá y a lo mejor dentro de veinte años puto ya no signifique este puto ni ocasione tirria hacia los putos. Pero mientras sigamos viviendo en un país que desprecia a las mujeres y que por ende aborrece a los hombres homosexuales –el caso lésbico es un tema muy distinto a tratar–, el castigo del México Colonial será el mismo que tenemos hoy. El puto que escupía a los homosexuales de entre 1500 y 1800 será el mismo que le escupe a la comunidad gay de hoy.

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Fuentes

Revista Crítica
La Jornada
Milenio


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