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La fe vs. la razón: la delgada línea entre el conocimiento y las creencias

21 de febrero de 2018

Emiliano Fajardo

¿Cómo encontrar un punto de coincidencia entre las dos corrientes de pensamiento más apoyadas a lo largo de toda la historia?

Durante diversas épocas históricas se ha podido observar cómo distintas corrientes de pensamiento, avenientes entre sí, no han logrado conciliar sus ideales de manera satisfactoria para los impulsores de ambas corrientes de pensamiento: el positivismo vs. la religión. ¿Es posible encontrar algún espectro dentro del cual se esgrima un punto en común entre estas dos corrientes de pensamiento?

Las dos fuentes más grandes de conocimiento que el hombre ha logrado concebir son el medio racional, por virtud del cual se obtiene un producto concreto y aceptable para el raciocinio humano, y la fe, que otorga conceptos abstractos, que para poder conceptualizarlos se necesita realizar una ficción interna propia de cada persona. Se puede creer que la fe es la aceptación de criterios irracionales pero que a su vez pueden resultar lógicos para ciertas personas. Diversas analogías generadas en tiempos antiguos lograban crear una acepción o paradigma correcto entre las revelaciones divinas y el mundo físico, cuya comprensión y asimilación parten de criterios objetivos recibidos por el hombre a través de los sentidos.


Representación de Zoroastro o Zarathustra, profeta fundador del mazdeísmo, a quien también se le vincula con el "astro Sol"


Ahora bien, atendiendo a tiempos antiguos, podemos encontrar comparaciones entre Dios y uno de los astros más grandes que conocemos, aquél que resulta el sustento de la vida en la Tierra: el sol. Así bien, se logra obtener y otorgar una forma de conceptualización entre lo divino y lo susceptible de apreciación material. Era así que mostraba una manera por medio de la cual podía el hombre comprender y proyectar para sí mismo lo incomprensible, pues a su vez, en estos tiempos, el Sol resultaba una figura difícil de ilustrar racionalmente. Es difícil comprender que antes de la llegada de medios científicos que hicieran más asequible la astronomía se pudiese conocer a cabalidad la función y el origen de los elementos astrológicos que ahora nos resultan sumamente próximos y familiares. Siguiendo ese hilo de ideas, resultaba de explorada aceptación que un ser superior hubiese intervenido en la creación del Sol o bien, que él mismo fuese el Sol. Aquí encontramos uno de los primeros puntos en común que existen entre la fe y la razón, a pesar de ser una aseveración o comparación errónea.


Pitágoras celebrando el amanecer (Fyodor Bronnikov, 1869)


Fue en épocas posteriores, más próximas al mundo moderno, que la analogía referida anteriormente dejó de ser empleada para justificar la existencia de un ser superior. Ahora, lograba fungir como un argumento para probar todo lo contrario. En la búsqueda de desvirtuar aquella analogía, surgió una pregunta obligada: ¿cómo Dios puede ser el sol?

Diversos métodos científicos desarrollados durante cientos de años lograron probar, a la luz de la razón, que las antiguas creencias eran no sólo erróneas sino difíciles de sustentar. Pensar que la fe y la devoción otorgaban superioridad e interminable abundancia y que erradicaba la ignorancia, resultaba poco factible. Parecía una especie de consuelo para los menos afortunados pensar que vivir de manera humilde y escasa otorgaría abundancia “después de esta vida”. Para los impulsores de la razón, la única forma de terminar con la ignorancia era por medio del movimiento racional del pensamiento, movimiento siempre ascendente. Para ellos resultaba la razón suficiente para comprender las verdades. Así surgió una nueva pregunta ante lo árido del pensamiento racional: ¿otorga la razón plenitud? Al momento de hacerse esta pregunta la respuesta resultaba en una incómoda negación.



Es así como el paradigma vuelve a cambiar y otra pregunta surge de la supina ignorancia del hombre: ¿la razón y la fe son compatibles? Una de las respuestas que obtenemos al realizar esta pregunta es expresada por medio de una serie de actos concatenados de la siguiente manera:

El creer otorga tranquilidad mental y la tranquilidad mental otorga ignorancia. Gran parte de los sujetos se pueden sentir conformes siempre y cuando no tengan preocupaciones, por lo cual al eliminar las incertidumbres y creer que “todo sucede por alguna razón”, se deja de buscar la verdad. Aquellos verdaderamente inquietos no se conforman con lo incomprobable y buscan la verdad por todos los medios.

Por otro lado, resulta imposible conocer si realmente la razón y la búsqueda constante de lo fidedigno ayuda a llegar (o siquiera se aproxima) a la verdad universal. La única manera de poder revelar las dos incógnitas pudiese ser planteada por una teoría ecléctica, la cual nos otorgase como producto la verdadera manera de conceptualizar la plenitud, la paz y lo genuino.

Por un lado, no es posible creer que lo divino pudiese ser equiparado con lo físico, la capacidad humana no logra ser tan flexible y amplia como para lograr comprender la forma de lo divino y sus maneras de manifestación, si es que las hay. Por otro lado, la curva de aprendizaje del cual todo hombre es víctima es nulificada al momento de hablar de todo aquello que va más allá de lo terrenal, pues conlleva una aceptación y justificación irracional de cualquier situación que nos afecte (“por algo pasan las cosas”).E s poco preciso querer asignar la divinidad a un periodo histórico, pues se nos ha dicho que las verdades celestiales son atemporales: ¿hace cuánto no observamos un milagro con nuestros propios ojos? ¿Será porque nadie lo creería?

Una de las pocas maneras por medio de la cual encontramos la forma de aproximar lo espiritual a lo comprensible es equiparándolo con las virtudes y los sentimientos. En los libros que fungen como guía de diversas religiones se nos otorgan formas de comportarnos y llevar nuestra vida a cabo: fe, esperanza y caridad. Estas virtudes que militan como brújula de muchos, cumplen actualmente, una función distinta a la que les dio origen, pues el destino que actualmente contemplan es meramente de carácter social y no íntimo, como lo era antes. El limitado raciocinio humano logra que enfoquemos la suma de nuestros esfuerzos a no cometer actos impropios, seremos castigados con una fuerza divina. Tememos ante lo desconocido. Un frío cuarto con numerosos barrotes no nos causa tanto temor como un espiral eterno y atemporal en el cual viviremos si no confesamos nuestros pecados a alguien de mayor jerarquía eclesial a la nuestra o si no realizamos el otorgamiento de diezmos de manera religiosa.


Carl Sagan y el Dalai Lama


Por esto es importante buscar la fusión entre la razón y la divinidad. Es una mera función social a la cual se debe abocar cualquier persona partidaria o no de una religión. Lo anterior, ya que el único punto medianamente racional que he logrado encontrar es la esperanza. La esperanza es el sentimiento por el cual esperamos que algo suceda, pero siempre es impulsado por la razón, que otorga las probabilidades innegablemente ciertas de que aquel acontecimiento futuro llegue a realizarse de una u otra manera, la razón propone los medios y la fe los fines. La esperanza es la manifestación de la fe cuando las probabilidades del evento se reducen notablemente y aun así nuestro deseo propulsado por lo desconocido hace posible y palpable el suceso.

***

Llegados a este punto de la historia, parece lógico preguntarse si desaparecerá la religión algún día.

TAGS: Psicología Religión Ciencia
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Emiliano Fajardo


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