Historia

La familia rusa que vivió en total aislamiento durante más de 40 años

Historia La familia rusa que vivió en total aislamiento durante más de 40 años



El 29 de junio de 2014 miembros de la Fundación Nacional de Indio en Brasil se cruzaron accidentalmente con una tribu hasta entonces desconocida. Mientras los investigadores pescaban a las orillas del río Envira avistaron a dos indígenas a los que se les había caído una cesta de limones; el tipo de vestimenta que portaban los nativos llamó la atención del personal de la FUNAI, quienes se percataron de que se trataba de una etnia no registrada.

Gracias a miembros de la etnia de los ashaninkas se logró el primer contacto con la nueva tribu. El encuentro no fue para nada amistoso, pues los indígenas desconocidos decidieron saquear el establecimiento ashaninka llevándose consigo arcos, flechas, hachas y ropa. Se desconocen los motivos por los que la tribu aislada decidió ponerse en contacto con los ashaninka pero se cree que la presión ejercida por los madereros peruanos fue la causa.

Si esto ocurrió hace apenas unos años, no debe sorprendernos que en el verano 1978 un grupo de geólogos soviéticos que se encontraban sobrevolando la taiga siberiana, divizaron lo que parecía una arcaica parcela en medio del bosque. Aunque la lógica dictaba que en ese sitio había un asentamiento humano, las inhóspitas condiciones climáticas de la zona hacían casi imposible la existencia de personas en aquel lugar.

parcela familia oculta

Liderados por Galina Pismenskaya, un grupo menor decidió internarse en el bosque para saber lo que estaba pasando y encontraron que, efectivamente, había rastros de vida humana por la zona; veredas entre el bosque, un trozo de tronco cuidadosamente colocado sobre el río a modo de puente  y finalmente una choza hecha de troncos de abedul.

«Escogimos un buen día y pusimos regalos en nuestras mochilas para nuestros posibles amigos, aunque para estar segura comprobé que la pistola colgara a mi lado».


Cuando por fin llegaron frente a la choza, apareció un hombre viejo y barbado con ropas parchadas. Los investigadores no sabían cómo iniciar la conversación, pero lo resolvieron diciendo "¡Saludos, abuelo! ¡Hemos venido a visitar!", el anciano parecía asustado y alerta, tardó un rato en reaccionar hasta responder: "Bueno, ya que han viajado hasta aquí, pueden entrar".

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Si no hubiera sido porque unos sollozos rompieron el silencio que reinaba en la casa, todo habría indicado que el viejo vivía solo. Los lamentos pertenecían a dos mujeres quienes pensaban que los visitantes traían consigo señales del juicio final o por lo menos, la muerte.

«El silencio se rompió de repente por los sollozos y lamentos. Sólo entonces pudimos ver las siluetas de dos mujeres. Una estaba histérica, rezando: “Esto es por nuestros pecados, nuestros pecados.” La otra se mantenía detrás de un poste... se hundió lentamente en el suelo. La luz de la ventana pequeña cayó sobre sus ojos, muy abiertos y aterrorizados; nos dimos cuenta de que teníamos que salir de allí lo más rápido posible»

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El miedo de estas personas era lógico, el hombre quien respondía al nombre de Karp Lykov pertenecía a los viejos creyentes, una secta fundamentalista ortodoxa rusa cuyos miembros fueron perseguidos desde tiempo de Pedro I de Rusia apodado 'El grande'; en 1936 llevó a su familia a vivir lejos de la ciudad ante la constante amenaza de persecución y exterminio y decidieron asentarse en a pocos kilómetros de la frontera norte de Mongolia.

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De todos los regalos que llevaron la primera vez, la familia sólo se quedó con uno de ellos, la sal, pues el viejo aseguró que había sido una tortura vivir sin ella durante cuatro décadas. Poco a poco fueron aceptando más cosas hasta que al fin decidieron visitar el asentamiento de los soviéticos río abajo. Todos estaban maravillados con las innovaciones tecnológicas que encontraron en el campamento: herramientas de carpintería y televisores, éstos últimos fueron considerados pecaminosos por Karp quien al verlo comenzó a orar frenéticamente.

Durante sus cuatro décadas de exilio, la familia perdió todo contacto con el mundo exterior. Karp dice no haberse enterado de la Segunda Guerra Mundial pues nunca escuchó disparos, detonaciones o aviones en el cielo que indicaran la presencia de un conflicto armado.

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Irónicamente los miembros de la familia comenzaron a morir a partir de su contacto con el mundo exterior debido a la constante exposición con enfermedades a las que no habían generado inmunidad. Cuando el más pequeño de los Lykovs enfermó de neumonía, los científicos se ofrecieron a llevarlo al hospital en helicóptero, pero éste simplemente se negó argumentando que "un hombre vive todo lo que Dios permite".


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Fuente:

Smithsonian.com








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