Historia

De las concubinas de Moctezuma a los sex toys: La historia de la Capital del Sexo

Historia De las concubinas de Moctezuma a los sex toys: La historia de la Capital del Sexo

Conoce la historia de la Capital del Sexo, la plaza con más de 80 locales dedicados a la venta de lencería y juguetes sexuales.

Texto escrito por Héctor de Mauleón


En el mismo sitio en donde alguna vez centelleó la marquesina del cine Olimpia, 16 de Septiembre, hoy se encuentra un espacio extraño, casi onírico: la Capital del Sexo. Uno halla condonerías, venta de juguetes eróticos y locales en los que se ofrecen cremas, esencias, perfumes y lencerías lúbricas. Algunos fetiches acaso no han sido soñados por las máximas autoridades en el tema.


Los jóvenes deambulan por el establecimiento con sonrisas tunas, maliciosas, sagaces. Hombres de aire distraído rondan los escaparates como las moscas las dulcerías —y se separan de éstos luego, llevando entre las manos bolsas misteriosas de contorno indefinible.


La ciudad nos hace guiños sutiles.


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A causa de una sorprendente coincidencia histórica, el terreno que ocupa la Capital del Sexo ha estado destinado, desde siempre, al placer. Por el padre Francisco Xavier Clavijero sabemos que en otro tiempo radicó en ese punto el llamado Coahuatecpan, el palacio de las mujeres del tlatoani Moctezuma, cuyo nombre indica su destino.


Moctezuma debió visitar aquella casa con frecuencia, pues se sabe que llegó a tener al mismo tiempo hasta ciento cincuenta concubinas embarazadas.


Hernán Cortés afirmó que en aquella prehispánica Capital del Sexo se habrían podido alojar dos grandes príncipes con sus respectivas comitivas. Había diez estanques, una arboleda, un muestrario completo de aves y cuadrúpedos, que los hombres del capitán extremeño miraron “suspensos y atónitos”.


El espacio fue ocupado más tarde por el Convento Grande de Nuestro Padre Santísimo Francisco, el convento más extenso y más excelso de México, que abarcó una superficie de treinta y dos mil metros cuadrados y en el que la vieja arboleda de Moctezuma —narra Artemio de Valle Arizpe— fue transformada en una gigantesca huerta, “un bello y quieto lugar de solaz y esparcimiento de la comunidad seráfica”. Es decir: un paraíso de hortalizas, frutales y árboles centenarios; un edén de esencias florales en el que los franciscanos pasaron “largos siglos compuestos por tardes regaladas”.


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La calle que hoy discurre frente a la Capital del Sexo es de las más recientes del viejo Centro Histórico. En 1856, el presidente Ignacio Comonfort fue avisado de una conspiración que se fraguaba en el convento y emitió un decreto que lo expropiaba. Ordenó que antes de quince días se abriera a través de sus muros una calle que prolongara la de Tlapaleros hasta San Juan de Letrán —Tlapaleros era el tramo de la actual 16 de Septiembre más cercano al Zócalo; recibía ese nombre porque en ella había tiendas consagradas a la venta de pinceles, colores, aceites y barnices.


La calle recién abierta se llamó Independencia, porque el hombre que denunció la supuesta conspiración era un militar que formaba parte de un cuerpo de guardias nacionales que llevaba ese nombre.


Las ciudades encuentran maneras de perpetuar su memoria. Cuando la huerta de los franciscanos fue arrasada, un hábil empresario adquirió el predio. En 1866 convirtió los antiguos aposentos de los frailes en las habitaciones de un hotel: el legendario Hotel Jardín. Lo bautizó de ese modo porque el establecimiento mantuvo en su patio central una parte de la huerta, “un bonito jardín —dice una vieja guía de la ciudad— hacia el cual tienen vista todas las habitaciones”.


No es necesario mencionar que durante el siglo y medio siguiente, hombres de aire distraído rondaron las habitaciones como las moscas rondan las dulcerías, pues un requisito indispensable de la hotelería consiste en transitar por estos establecimientos con cierto aire de disimulo.


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En 1920, el Hotel Jardín que conservaba las huertas franciscanas , y aun las arboledas de Moctezuma, fue derribado. Lo reemplazó una de las grandes felicidades que la civilización del siglo XX entregó a los hombres: el cinematógrafo.


El magnate Jacobo Granat, dueño de la primera cadena de cines de la capital, invirtió un millón de pesos en la que sería la sala de cine más moderna de México: el cine Olimpia.


Enrico Caruso colocó la primera piedra del edificio. Entre otras novedades, el Olimpia fue el primer cinematógrafo que contó con ventilación, salida de emergencia y caseta de proyección propiamente dicha.


La fachada lucía un marquesina “volada”, al estilo de los cines de Nueva York. En su interior había un salón de té, un cabaret, un fumador para caballeros y una bóveda repleta de pinturas que representaban la flora nacional: cactus, nopales, magueyes, cempasúchiles.


El 10 de diciembre de 1921, con la exhibición de la película La danza del ídolo y la asistencia del presidente Álvaro Obregón, el cine fue formalmente inaugurado. En esa sala se estrenó años después el filme que puso fin al cine silente: El cantante de jazz.


El cine Olimpia fue otra de las cosas que el terremoto de 1985 se llevó. Recuerdo los años finales: su decadencia, sus cierre, su demolición.


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No me lo crean, pero podría asegurar que en una vuelta perfecta del tiempo, aquella sala terminó exhibiendo películas que sólo atraían a hombres de aire distraído. Como lo dije antes, las ciudades siempre encuentran maneras de perpetuar su memoria.


Si quieres saber más historias de la Ciudad de México que seguramente no conocías, las encuentras en La ciudad oculta, un libro de Héctor de Mauleón, editado por Planeta. En este primer tomo se narran 500 años de historia desconocidas acompañadas por fotografías de las época para revelar personajes y secretos de la imponente Ciudad de México. Entre sus páginas podrás encontrar historias como: El embalsamamiento de Maximiliano, Del olor a la ciudad de México, Gabriel Figueroa, el desconocido; Las momias de Santo Domingo y La calle de las boticas.


Si te gusta la historia pero no soportas los textos aburridos, La ciudad oculta se convertirá en uno de tus libros favoritos.


Descubre también la historia de los primeros prostíbulos de la Ciudad de México y la historia de las muñecas sexuales


Referencias: