La historia del guerrero mapuche que venció a los españoles y nunca fue conquistado

Martes, 5 de junio de 2018 16:09

|Alejandro I. López
lautaro el guerrero mapuche

Lautaro fue un guerrero mapuche que comenzó la resistencia de los indígenas contra la conquista, un ejemplo de dignidad y coraje que se mantiene vivo hasta hoy.



El primer paso de la conquista de Chile fue sencillo para los españoles. A diferencia de México o Perú, donde los exploradores sabían de poderosos imperios que dominaban a los pueblos vecinos y controlaban el comercio en la zona, el territorio al sur de la civilización inca (vencida siete años atrás) parecía no causar demasiados problemas para establecer nuevas ciudades en nombre de la Corona Española.


Así ocurrió en Santiago, la primera ciudad que el conquistador Pedro de Valdivia fundó en la actual Chile en 1541; sin embargo, la falta de recursos naturales y mano de obra indígena obligó a los españoles a organizar expediciones para recorrer las cercanías, donde encontró pequeños focos de resistencia de algunos grupos indígenas.


Para 1546, la expedición liderada por Valdivia decidió ir más allá de Santiago en busca de oro y mano de obra indígena esclava para seguir con la encomienda; sin embargo, nadie les advirtió que al sur, la segunda ciudad fundada en nombre del Rey, encontrarían a uno de los pueblos más fieros que jamás se dejaría conquistar: los mapuches.


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El primer encuentro entre mapuches y españoles fue el prólogo de una guerra que se extendería por al menos tres siglos: al caer la noche, un grupo de mapuches cargó contra los conquistadores defendiendo el territorio que históricamente les pertenecía, pero los españoles lograron repeler la ofensiva y de paso, capturar a un grupo de indígenas, sólo para descubrir que les esperaba una resistencia furiosa y un ejército mucho mayor en número que ellos.


Entre los menores capturados se encontraba un niño de 11 años de mirada seria y voluntad inquebrantable, que respondía al nombre indígena de Leftraro. Su destreza y agilidad mental llamaron la atención de Valdivia y sus generales y al cabo de un par de años, el menor (castellanizado como Lautaro) se convirtió en el sirviente principal de Pedro de Valdivia.


El mundo de Lautaro cambió radicalmente cuando era apenas un niño. De la mano de los españoles, el esclavo mapuche fue utilizado inicialmente para trabajos pesados, mensajería y todas aquellas labores que los conquistadores se negaban a hacer; sin embargo, después de un par de años se convirtió el yanacona personal de Valdivia, un indígena ayudante, parte de la servidumbre y encargado de cargar las armas y los caballos del conquistador en sus distintas expediciones.


Mientras la campaña de Valdivia arreciaba al sur de Santiago, en el campamento español Lautaro participaba en los ejercicios militares por orden expresa del conquistador, quien lo consideraba un elemento útil y obediente, tanto así, que recibió de primera mano instrucción en tácticas militares, formaciones y otras tecnologías de guerra antes de asistir a su primera campaña, evento que marcó decisivamente el rumbo de su vida.


En 1550 y después de 4 años en cautiverio, el joven mapuche marchó en la siguiente ofensiva militar con los conquistadores río abajo del Biobío junto con al menos 200 efectivos y poco más de 300 yanaconas como él.


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Durante la noche, los mapuches repitieron la técnica del primer encuentro e intentaron tomar por asalto el campamento español. A pesar de la sorpresa, fueron vencidos por un ejército no solo mejor organizado y con plena capacidad operativa, también tecnológicamente superior, con armas de fuego y caballos, dos elementos que en buena medida decidieron la suerte de pueblos nativos y conquistadores en todo el continente.


Como resultado de la batalla, Pedro de Valdivia –siguiendo las tácticas de guerra utilizadas por los españoles en toda América– decidió dejar libres a los prisioneros capturados, no sin antes mutilar partes de su cuerpo a modo de castigo ejemplar para advertir a los mapuches el alto costo de una rebelión.


«...y cogieron a cuatrocientos conas prisioneros y Valdivia dijo, dicen, "cortadles a todos la mano derecha y las narices y soltadles para que su pueblo se aterre y se someta", pero no fue ese el resultado, porque al recibir a sus peñis mutilados los mapuche, dicen, dijeron "bajo estos amos sólo sufrimientos tendremos, y si la tierra debe regarse con sangre, más vale que también corra la sangre de los winkas».


Lautaro estaba presente durante algunos de los castigos infligidos y desde su posición de esclavo, comprendió que formaba parte de una campaña de exterminio y muerte y que debía hacer algo si no quería que el mundo –tal y como él y los suyos lo comprendían– desapareciera. Cerca de 1552 y de regreso a Santiago, el yanacona mapuche escapó de sus amos con una sola idea en mente: evitar la conquista a toda costa.


De regreso al territorio araucano, Lautaro se entrevistó con distintos loncos, jefes de las comunidades mapuches, que veían con impotencia como uno a uno de sus regimientos y pueblos caían ante la ofensiva de Valdivia que establecía fuertes y puestos de avanzada alrededor de la ciudad de Concepción, fundada tras un cúmulo de victorias sobre los mapuches al norte del Biobío.


Durante los siguientes años, Lautaro se ganó la confianza de los loncos y enseñó a los guerreros mapuches todo lo que había aprendido sobre la guerra hasta entonces. Compartió su conocimiento sobre tácticas de batalla, formaciones y estrategias escuchadas de primera mano del mismo Pedro de Alvarado.


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También enseñó a los suyos a montar a caballo, además de crear escuadrones de ataque y retirada, aprovechamiento del dominio del terreno. Algunas versiones incluso le atribuyen la formación de un apartado de “inteligencia”, que consistía en personas que se hacían pasar por actores, locos o españoles para conseguir información del enemigo y hasta la creación de un código único de señales con el sonido del movimiento de las ramas, todo con el objetivo de una rebelión en puerta.


Finalmente, Lautaro volvería a encontrar a Pedro Valdivia a finales de 1553, pero ahora comandado a los guerreros mapuches. Con un ejército de cerca de 7 mil combatientes, Lautaro diseñó un plan para emboscar a los hombres de Valdivia en el fuerte de Tucapel, al este del Río Laja, hasta entonces invencibles frente a la frustración mapuche.


Ascendido a toqui, el rango de los líderes militares de las distintas comunidades mapuches, Lautaro dispuso tres escuadrones alternados para el asalto, mientras los conquistadores descansaban en el fuerte. A su orden, el primer grupo atacó a la tropa española, que sostuvo el ataque el tiempo suficiente para dar tiempo a que el resto de los hombres de Valdivia armaran sus líneas defensivas.


Un segundo contingente de mapuches apareció desde el espeso bosque y finalmente, uno más con Lautaro a la cabeza y un grupo de caballería formado por él asestó el golpe definitivo a los españoles que iniciaron el repliegue, mientras un grupo menor de generales huían de la batalla, pero el conocimiento del terreno de los mapuches logró su captura, entre ellos la de Pedro de Valdivia: se trataba de una victoria incontestable, que derrumbaba la creencia de que los españoles eran invencibles y no había más que rendirse ante su poderío.


Los restos de Valdivia fueron utilizados como trofeo, especialmente su cráneo; aunque una versión propia de las crónicas españolas asegura que fue torturado y mutilado hasta la muerte como venganza por sus castigos a los mapuches. Lautaro guió a los mapuches a otra épica victoria, esta vez frente a Francisco de Villagra, con lo cual tuvo acceso libre a Concepción y la saqueó un par de veces, provocando un éxodo masivo de españoles hacia Santiago, que huyeron aterrorizados de la revuelta indígena.


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El triunfo en la Batalla de Tucapel motivó a los mapuches y les hizo ver que no estaban condenados a desaparecer; que los españoles podrían arrebatarles sus tierras, terminar con su cultura y hacerlos sus esclavos bajo la convicción de la cruz y el poder de su espada, pero primero debían pasar sobre ellos.



Ese fue el primer capítulo de la Guerra del Arauco que libraron los mapuches y otros pueblos indígenas contra los conquistadores, enviados por la monarquía hispánica a ultramar.


Lautaro murió tres años después atravesado por una espada luchando de nueva cuenta contra las fuerzas de Francisco de Villagra, pero tanto los documentos históricos que prueban su existencia, como las leyendas que acrecentaron su figura después de su muerte son el reflejo de la lucha y dignidad de un pueblo que jamás se dejó vencer, cuyo nombre –y el de otros guerreros, como Galvarino– aún resuena en el territorio mapuche como un ejemplo de coraje y amor por los suyos.


Alejandro I. López

Alejandro I. López


Editor de Historia y Ciencia
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