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Por qué los mexicanos nos llenamos de indiferencia y masoquismo ante las desgracias

27 de marzo de 2018

Mariana Corona García


Aún teníamos fresca en la memoria la desaparición forzada de Marco Antonio, cuando recibimos la noticia del asesinato de dos hermanas en Veracruz a manos de policías estatales, de apenas 14 y 16 años. Quizá la familia, amigos y conocidos de estas adolescentes se pregunten, ¿por qué ellas? ¿Por qué así?; sin embargo, las preguntas más crudas vienen —o deberían— después: ¿por qué aquí? ¿Por qué siempre?


Realmente puede que este hecho no haya causado tanto eco en las noticias; basta con una cara de desaprobación de la o el titular del noticiero al presentar la nota, para después pasar a otra, sea cual sea, con un alto contenido de impunidad, corrupción, nepotismo, violación de Derechos Humanos y sangre en cualquiera de sus variantes: feminicidio, atraco, negación de medicamentos —niñas y niños con cáncer—, periodistas, activistas, fuego cruzado por la guerra del narcotráfico, socavones, turistas asesinados... para que pase la conmoción de la nota anterior.



Aunque este olor putrefacto de muerte y atropello diario de nuestra dignidad como seres humanos nos persiga en la vida cotidiana, no nos dejamos vencer… tenemos “los pantalones bien puestos” de indiferencia. Demostramos que como sociedad podemos aguantar más asesinatos, más pobreza, más corrupción y violencia. Ya hemos dado muestras de soportar altos niveles de dolor, y que aun así no se pretende reaccionar.


El dolor nos nutre, porque no basta con la opresión por parte de quienes deberían velar por nuestro bienestar, aquellos que detentan el poder, que legislan inspirados en el Derecho Humano, la dignidad y prosperidad de ellos; aquellos que la sumatoria de sus sueldos es 20, 30 ó 50 veces más que el de un mexicano promedio, esos que se encuentran tan cerca de una estación del metro maloliente y sucia, pero son ajenos a dichas penurias diarias para transportarse de casa al trabajo; porque no basta ser oprimidos por estas personas, también tenemos que serlo con nuestro compañero del trabajo, vecinos, la mujer que viaja en el transporte colectivo, y que al ser acosada sexualmente decidimos dejarla a su suerte con el victimario; el ciclista que debe ser amedrentado por quienes conducen un automóvil, el cliente o la ciudadana que merece recibir un mal servicio, el colectivo de trabajadores y campesinos con sus sueldos miserables y precaria calidad de vida; clasismo, racismo y xenofobia deben de estar presentes en nuestras relaciones sociales.


No, nada de esto nos “dobla”, sensibilizarse, unirse a la lucha de diferentes causas es una palabra que vemos como una gran montaña a lo lejos. Podríamos ver morir de hambre a los nuestros y seguiríamos exclamando con un quejido muy bajo y aislado, que sí nos duele, pero poquito. Entonces las preguntas de, ¿por qué aquí? ¿Por qué siempre? No se alcanzan a formular. Hace falta sentir el dolor por mi prójimo, para que yo pueda empatizar, para que piense al otro como una extensión de mí, como parte de mi entorno, mi sociedad, mi comunidad, mi país, mi condición humana y para entender que lo que le afecta a él me afecta a mí.



Por eso, podremos aún escuchar y experimentar dolor, pero no sentiremos nada, estamos acostumbrados a los altos umbrales de éste. Seguiremos viendo la televisión, las redes sociales o los medios impresos con la noticia de que una persona “demasiado sensible y con ganas de perder el tiempo”, luchando por mejorar la calidad de vida de los demás y que esta lucha en algún aspecto de nuestra vida nos compete, desaparece o muere, si es que antes no se funde con la nada de la realidad social mexicana —el no pasa nada— al “maquillar” el dato estadístico que lo pondría en uno de estos extremos —desaparecer o morir—.


Ojalá algún día volvamos a sentir de una manera sana, lejos del masoquismo que nos caracteriza, y si lo hacemos, hagamos las preguntas necesarias en beneficio de todas y todos nosotros, que esa indignación no se quede en el bajo y aislado quejido, sino que esa lucha cotidiana nos lleve a experimentar mejoras en nuestra sociedad, en aquel y aquella con son reflejo de mi esencia humana.



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Te compartimos la opinión de por qué la tragedia del 68 se sigue repitiendo en la historia sangrienta y actual de México.

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Mariana Corona García


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