Historia

La piñata: entre lo terrenal y lo celestial

Historia La piñata: entre lo terrenal y lo celestial

 ¡No quiero oro, ni quiero plata, yo lo que quiero es quebrar la piñata!

 

 

El ícono que se expone dentro de las posadas y los cumpleaños, y que además se ha expandido más allá de México, tiene un significado más profundo. Las piñatas datan de tiempos prehispánicos en tierras aztecas y mayas donde, a manera de culto festivo a sus dioses, representaban la abundancia y los favores concebidos por ellos.

 

Originalmente, durante la celebración de cumpleaños del Dios azteca de la guerra, Huitzilopochtli, se hacían vasijas y esculturas de arcilla huecas con la forma de sus dioses. Eran los sacerdotes quienes colgaban una olla de barro adornada con plumas de colores y llena de pequeños tesoros como adornos de bolas, piedras de colores o pintados, bayas o frutos secos, como una ofrenda que se colocaba en un poste en el templo. Llevar los ojos vendados representaba la fe y el palo correspondía a la virtud o la voluntad para vencer; cuando el bote se rompía con un palo, los tesoros que contenía eran derramados a los pies del dios.

 

 

No fue hasta la colonización cuando los españoles usaron la piñata como herramienta de evangelización. Fueron los frailes quienes transformaron la ceremonia tradicional de la olla de barro al cubrirla con papel de color y darle forma de estrella con siete puntos, que representan los siete pecados capitales; colores brillantes, que  simbolizaba la tentación, así como los caramelos y otras golosinas dentro de la piñata, simulaban las riquezas del reino de los cielos. Todo esto resumía que con la fe y la virtud se podía vencer el pecado y recibir todas las recompensas del cielo.

 

 

Para 1586 en Acolman de Nezahualcóyotl, ahora Estado de México, cerca de la zona arqueológica de Teotihuacán, frailes agustinos recibieron la autorización del Papa Sixto V para celebrar lo que se llamó "misas de aguinaldo"; éstas se convirtieron en las posadas por ser días previos a la navidad y es una tradición que ha perdurado hasta nuestros días.

 

Piñata: ¡ Dale, dale dale. No pierdas el tino!


Porque si lo pierdes, pierdes el camino… Nos narra la tradición popular bajo un cántico en coro cuando está por romperse la piñata.

 

 

El camino al que se hace referencia es algo más profundo y espiritual que la canción popular. Es una comparación de las piñatas con oriente y sus mándalas, creadas por monjes tibetanos, que igualmente con colores, semillas y frutos, se adornan haciendo un arte efímero de destrucción al entender el todo.

 

Indagando, la piñata tiene una profunda representación búdica occidental, pues al igual que las mándalas, su creación es artesanal y catártica. Suspendidas en el vacío se avivan con colores que buscan la abundancia interior al contemplarla y romperla, creando una interconectividad con los dioses y agradeciendo humildemente sus enseñanzas, las cuales apremian con conocimiento y fortaleza.

 

 

En ambos casos, la piñata es un arte catártico y decorativo que ceremonialmente se celebra con canciones o mantras dando ritmo y trance para que la persona que lo ejerza logre vencer los límites entre lo terrenal y lo celestial.

 

Referencias: