La rebelión homosexual que desafió al machismo de Franco

La rebelión de Las Carolinas se manifestó en contra de los ideales machistas de una España intolerante, pero lo hizo de manera sublime: en paz.


Como si se tratase de un circo asiático, Barcelona resguardaba en uno de sus sectores el barrio chino. Los años treinta permitían que el comercio oriental fuera el verdadero gancho para el turismo en la Península Ibérica. Por ello, el joven Jean Genet vivía en ese pequeño, pero cómodo vecindario.



Su vida transcurría entre hombres, mujeres y sexo. En aquel momento sólo podía pensar en tener un ingreso no tan mediocre y la única manera de lograrlo era la prostitución. Su suerte crecía con los caballeros y él, en su afán de conseguir plata para sobrevivir, caía en las redes de los hombres de fina apariencia, los desaliñados y ariscos vagabundos y los que se escondían detrás de un disfraz de intelectual: todos ellos sostenían la escena gay de Barcelona que, a decir verdad, era mucho más profunda e intelectual de lo que parecía.


La mayoría de los asistentes a los bares y restaurantes del barrio necesitaban luchar en contra de la homofobia muy presente en aquellos días. De hecho, el espacio oriental era un refugio para liberarse. Ahí solían ser ellos mismos, se desenvolvían y manifestaban a través del arte, el sexo y la diversión, pero siempre con la consigna de que tenían todo para triunfar en la vida a pesar de las injusticias en su contra. Sin embargo, había un lugar mucho más específico para todos los caballeros que gustaban de la compañía de otros hombres: el local Wu Li Chang.



En este lugar todos usaban faldas, se colocaban joyas y tocados mientras bailaban, cantaban y se reían de ellos mismos. Al mismo tiempo, en Wu Li Chang se gestaba —aún sin saberlo—una de las rebeliones más grandes en favor de la comunidad homosexual española.


Todos gozaban de las fiestas y tertulias hasta que una noche, mientras una pareja tenía relaciones sexuales en un urinario público, un estallido les hizo callar las risas, taconeos y besos. Una bomba colocada por los anarquistas explotaba en ese urinario. Las Carolinas, como se les conocía a los hombres que gustaban de travestirse, no se quedarían calladas.




Las Hijas de la Vergüenza


Genet cuenta en un pequeño relato que al momento de la explosión, los sobrevivientes se miraron y casi sin decir una palabra ya tenían un plan elaborado. Así, entre revueltas y anarquía viva, Las Carolinas salieron a las 8am a caminar por el puerto. Genet relata que él miraba de lejos la vieja y gastada chapa de metal cuando un cortejo de travestis se acercaba. La escena era insólita: decenas de hombres en falda, con tacones y chales caminaban en protesta por el ataque al Wu Li Chang y a otros espacios abiertos para los homosexuales de la época.


«El cortejo partió del Paralelo, torció por la calle San Pablo, bajó por La Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza».



Siguieron su camino en dirección al cuartel y sobre una puerta sucia, llena de basura y demás desperdicios, colocaron flores. Esa fue su rebelión. Es decir, salieron al puerto enfundados en sus mejores vestidos, mismos que usaban en la intimidad de los tugurios, se peinaron, se entaconaron y se arroparon en los chales. La policía miraba de lejos y el aroma se percibía como una combinación de sangre, dolor, angustia, muerte, libertad y orina. Pero era un olor delicioso, se sentía a gloria.



Franco, el nuevo villano


Era 1933 y Las Carolinas se colocaban como el estandarte de la lucha contra la homofobia. Tres años después llegaría Francisco Franco al poder y se desataría la Guerra Civil Española, misma que cargó contra los homosexuales y trasvestis, obligando a que la comunidad se encerrara en sus hogares y deshiciera la alianza que ya habían formado en contra de la discriminación, la cual, por cierto, resultaba pacífica y armoniosa, repleta de humanidad y no de violencia, como solían ser el resto de las rebeliones en España.


Una vez que Franco subió al poder en 1936, los derechos de la comunidad gay en España sufrieron discriminación, actos racistas, machistas y de odio en su contra. No hubo más bombas ni bromas pesadas y de mal gusto, pero sí un aislamiento que cobraría la vida de muchos de ellos como el mismo Federico García Lorca. Fueron cerca de dos décadas de silencio, bastaba con que no se hablara de ello en público, pero eventualmente, cuando las disputas políticas se hicieron menores, la persecución se centró en los "violetas", como se les llamaba a los homosexuales.



Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que la diversidad sexual se ampliara y ya en los 60, Las Carolinas regresaron al imaginario social. Esta vez como un estandarte, como el claro ejemplo de que una falda bien puesta y la paz de una caminata son mucho más poderosas que cualquier otro tipo de intervención en pro de los derechos homosexuales.