La trágica y dolorosa vida de la bailarina que transformó al mundo

La trágica y dolorosa vida de la bailarina que transformó al mundo

Por: Ambar Espinosa -


 

 

“Danzar es sentir, sentir es sufrir, sufrir es amar. Usted ama, sufre y siente. ¡Usted danza!”.
Isadora Duncan

 

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Hay muertes que se han convertido en auténticas leyendas por sus finales inesperados, por aquellas palabras nunca dichas; figuras inolvidables que transformaron el mundo de alguna forma durante su tiempo.
Así fue la trágica muerte, pero sobre todo, la trágica vida de la bailarina y coreógrafa Isadora Duncan. De origen norteamericano, Duncan dedicó su vida a renovar el mundo de la danza. Su estilo fue muy particular, innovó una técnica que se caracterizó por movimientos libres, fluidos y cargados de pasión, dejando atrás la tradicional rigidez del ballet clásico, convirtiéndose en uno de los grandes íconos del siglo XX.  Pionera artística, se instruyó de manera autodidacta hasta alcanzar la perfección, siendo el cuerpo el instrumento para proyectar el alma y el espíritu. Luchó contra todo tipo de obstáculos y finalmente triunfó. Sus enseñanzas y personalidad son ahora parte importante del desarrollo de la danza.

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La pasión por la danza estuvo presente en la vida de Duncan desde temprana edad; dejó la escuela para dedicarse a lo que más amaba hacer: bailar. "Nací a la orilla del mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas...", escribió Duncan en su autobiografía que lleva por título "Mi vida".

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Tanto en su carrera como en su vida, Isadora Duncan era “imprevisible, libre y alejada de los convencionalismos”. La vida de esta artista estuvo marcada por líos amorosos con hombres y mujeres, y debido a ello nació una leyenda que la acompañó por el resto de su trágica vida: “La leyenda de un maleficio que parecía emanar de su persona y abatirse sobre todos los seres a los que entregaba su amor, un maleficio que posteriormente acabaría de forma terrible con su propia vida”.

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Su primer relación duradera fue con el escenógrafo inglés Edward Gordon Craig, con quien tuvo una hija llamada Deirdre. Su segundo hijo, Patrick, fue fruto de su relación con el millonario Paris Singer.  La mayor desgracia en la vida de Duncan llegó con la muerte de ambos; ella misma narró que quizá tuvo un presagio de aquella tragedia: "Al dejarlos en el coche, mi Deirdre colocó los labios contra los cristales de la ventanilla; yo me incliné y besé el vidrio en el sitio mismo donde ella tenía puesta la boca. Entonces, el frío del cristal me produjo una rara impresión e hizo que me recorriese un estremecimiento"; momentos después, el auto en el que viajaban se desbordó sobre río Sena en París. Los dos niños murieron ahogados. Duncan quedó devastada, su vida comenzó a ir en declive: "Si esta desgracia hubiera ocurrido antes, yo hubiese podido vencerla; si más tarde, no habría sido tan terrible, pero en aquel momento, en plena madurez de mi vida, me aniquiló". 
Ocho meses después de aquella tragedia tuvo otro hijo quien murió en sus brazos 20 minutos después de nacer.

Isadora Duncan


La depresión, el alcohol y los excesos sexuales apartaron a la inigualable bailarina de los escenarios. Pensó en quitarse la vida en repetidas ocasiones, pero aquellos desgarradores momentos no la alejarían para siempre de lo que fue su único y verdadero amor: la danza.


Con el regreso a los escenarios, volvería el romance, en la Unión Soviética conoció a Sergei Esenin, poeta y cantor oficial de la Revolución de 1917, con el que contrajo matrimonio a pesar de que él era 17 años menor que ella. De la mano de su esposo, Duncan emprendió viajes largos por todo el mundo para que pudiera seguir mostrando su baile natural y su adoración por la belleza humana. El romance llegó a su fin debido al carácter violento, depresiones y trastornos mentales que experimentaba Esenin; abandonó a Duncan y regresó a la antigua Unión Soviética, donde posteriormente el poeta se quitaría la vida.

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La peculiar vida de la talentosa bailarina llegó a su fin de forma trágica 14 de Septiembre de 1927, en Niza, Francia en un absurdo accidente.
Duncan viajaba en su automóvil que recorría velozmente cuando su propia bufanda se enganchó en una rueda de su Bugatti y no pudo liberarse de aquel abrazo homicida y al instante murió estrangulada. No se podría imaginar un final más acorde a su existencia trágica. Sus restos descansan en el cementerio Pére Lachaise de París.



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