Razones por las que la victoria histórica de Andrés Manuel López Obrador era casi inevitable

Miércoles, 4 de julio de 2018 17:25

|José Daniel Arias Torres
andres manuel lopez obrador

El miedo fue el principal freno para Andrés Manuel en 2006, ¿pero qué cambió a lo largo de dos sexenios en México?



La victoria presidencial de Andrés Manuel López Obrador ha sido contundente en una de las elecciones más grandes jamás antes vistas en México. Arrasó en las urnas y dejó al segundo lugar, Ricardo Anaya, a 20 lejanos puntos porcentuales, un hecho que ya se vislumbraba desde las encuestas realizadas por diversos medios nacionales e internacionales —tal es el caso de Forbes, Oraculus, El Financiero, Reforma, entre otros medios sumamente confiables. Si bien es cierto que una encuesta no es absoluta debido a sus rangos de error, estas elecciones fueron muy diferentes a las del 2006 y, por supuesto, lejanas al ejemplo estadounidense con Donald Trump y Hillary Clinton. Esto se debe a dos razones contundentes: la diferencia evidente de un sistema electoral en el país del norte con respecto a México y la ventaja porcentual de Obrador con respecto a los otros candidatos —distancia amplia que contrasta de primera mano con la distancia de puntos porcentuales entre Trump y Clinton, que no era mayor a los 5 puntos porcentuales en las encuestas.


En México la historia es diferente por razones de procesos y cultura. Más allá de estas diferencias, lo que nos ocupa es la realidad nacional actual. Y por ello es indispensable remitirnos al fracaso obradorista en 2006, en el que las elecciones presidenciales fueron disputadas por Felipe Calderón del PAN y Andrés Manuel López Obrador del PRD, en las que el primero obtuvo la victoria en una polémica elección que se abrió a interpretaciones de fraude y que puso en tela de juicio la aparente democracia mexicana. Debemos recordar el año 2006, cuando el Congreso de la Unión se disputaba en la cámara y Felipe Calderón debió entrar por la puerta trasera siendo resguardado por panistas. A partir de ese año, sucedieron diversas situaciones que fueron delineando esta victoria del izquierdista Obrador.



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El panorama social cambió. Felipe Calderón se adentró en una frontal guerra contra el narcotráfico que ha dejado, hasta la fecha, más de 170 mil muertos, una cifra alarmante en un país que no está en guerra contra otro. Esto originó una fractura social irremediable en las diversas regiones de México donde hasta la violencia era desigual y brutal. Hablamos de una guerra con coste humano, económico, cultural, pero sobre todo social, que creó bastiones de poder ajenos al Estado, que ya no gozaba de legitimidad en diversos estados o municipios de la república, y donde el gobierno tachaba a las víctimas de daños colaterales o de ser pertenecientes a los grupos criminales. A lo anterior se suma una caída económica mundial en 2008 que, a pesar de no haber sido responsabilidad del gobierno nacional, terminó por manchar la política y al PAN como fuerza dominante.


Esto en su conjunto abrió el paso a que en las elecciones de 2012 —en las que participaron Enrique Peña Nieto, Andrés Manuel López Obrador y Josefina Vázquez Mota como candidatos de los principales partidos—, una elecciones memorables por la acción ciudadana y en especial estudiantil, con la organización del movimiento Yo Soy 132 que criticaba fuertemente a Peña Nieto por las acciones de represión emprendidas en Atenco cuando era Jefe de Gobierno del Estado de México. Este movimiento fue crítico para entender la actualidad, pues ahora tenemos la entrada de los dispositivos de comunicación digital y a los jóvenes en la arena política. La discusión ya no se reserva a los mítines o a los medios tradicionales, como la televisión, la radio o los periódicos que tenían dueño y en general monopolizaban la información. Ahora cada quien es instrumento de politización y libre de expresar su opinión y denunciar.



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Por ello, a pesar de la victoria de Peña Nieto, en el panorama electoral ya se vislumbraba que un vuelco y hartazgo sucedían al interior de la población. Este hecho se agudizó con la llegada de un régimen de antaño que se declaraba nuevo, pero que acudía a las mismas prácticas de siempre. El PRI y el PAN no supieron sobrellevar y adaptarse, pues hubo un fallido intento de incorporar a una juventud —en su mayoría harta— en sus filas. Este error fue capitalizado por Obrador para el nacimiento de su nuevo movimiento y partido de nombre MORENA tras la ruptura con el PRD. El periodo sexenal de Peña demostró no ser diferente, con los mismos pecados, una serie de reformas escasamente discutidas en el Congreso y criticadas por especialistas, una escalada en la violencia dentro del territorio, 43 estudiantes desaparecidos que se transformaron en un símbolo de lucha y de justicia para las masas, y que al mismo tiempo dejaban ver las omisiones del Estado y su colusión con grupos criminales, casos de corrupción como la Casa Blanca, Odebrecht o la Estafa Maestra, y una impunidad enorme en la que nadie ha recibido un castigo.


Lo anterior se conjuga con un irremediable declive de la televisión, que paulatinamente era sustituida por las redes sociales mientras perdía veracidad; en conjunto con el declive de los tres grandes partidos políticos que evidentemente habían envejecido sin remedio. El ascenso de MORENA viene de la mano con las nuevas generaciones digitales y el uso de un discurso incluyente. Aunque no podemos olvidar las alianzas que el partido hace con los diversos grupos de la nación —incluso de la derecha más conservadora—, o la migración de priístas sumamente criticable.



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La victoria de Obrador se debe a diversos factores. Comencemos con la oportunidad desperdiciada del PAN y del PRI, la incapacidad de empalmar instituciones nacidas desde la Revolución Mexicana con las nuevas generaciones votantes, la violencia in crescendo, la falta de oportunidades sociales y laborales, una economía con un crecimiento poco perceptible y una inflación que golpea a los más vulnerables. Lo anterior contrasta fuertemente con un partido joven. Sí, dirigido por un viejo político, pero en el cual están integradas diversas generaciones y pensamientos seguros de su militancia, y una sociedad que vio en este una alternativa. Aunque se han adscrito en mayor o menor medida a viejas estructuras, es en su mayoría un proyecto nuevo de nación.


Pero ahora debemos poner en juego el siguiente factor: el miedo fue el principal freno para Andrés Manuel en 2006, por las campañas televisadas en su contra. En estas campañas se hablaba de Socialismo sin siquiera responder a la teoría de lo que ese modo de producción significa, y que sin embargo gran parte de la población creyó por el estigma histórico que representaba. La misma campaña política se pretendió usar en esta nueva candidatura, ahora con el argumento venezolano —que sobra decir es irrespetuoso utilizar. No obstante, debemos recordar que las alianzas de MORENA han demostrado no ser sólo obreras y campesinas, sino empresariales, trasnacionales, políticas y académicas. Es un movimiento en el que todos los sectores socioeconómicos tienen representación.


Andrés Manuel López Obrador tiene frente a él un México fracturado, en el que deberá gobernar y trabajar dedicadamente. A través de su sexenio seremos testigos de algo importante: ¿pesó más el candidato que el partido o, al contrario, pesó más la estructura del partido que el candidato? ¿Este evidente cambio durará un sexenio o será más trascendente que eso? A lo largo de su presidencia podremos vislumbrar si todas las negociaciones políticas y actores que tomaron parte han llegado a un consenso. Pero más allá de lo anterior, es vital entender que nuestra labor como ciudadanía recién comienza.


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José Daniel Arias Torres

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