El niño que fue separado de su familia por su padre y se convirtió en el artista más famosos de la historia

Lunes, 6 de febrero de 2017 4:16

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Tengo fe en que algún día se tendrá que admitir oficialmente que lo que hemos bautizado como “realidad” es una ilusión mayor que el mundo de los sueños, ¿y quién mejor que yo para hablar del panorama onírico? Yo, el maestro de los sueños, intérprete pictórico del trabajo de Sigmund Freud y de André Bretón; yo, impresionista, renacentista, cubista, dadaísta, surrealista, clásico, paranoico-crítico; yo, el genio de Figueras, quien derritió el tiempo, el “ Divino” Salvador Dalí.

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 Permitidme recordar un poco mi infancia. Cuando tenía tres años quería ser cocinero, a los seis años quise ser Napoleón y desde entonces mi ambición aumentó continuamente, hasta al grado de aspirar a ser yo.

Salvador había sido el nombre dado a mi hermano que murió tres años antes de que yo naciese. Él también gozaba de la inconfundible morfología facial del genio, pero su mirada mostraba la melancolía que caracteriza a una inteligencia abrumadora; yo en cambio, era prototipo por excelencia del “perverso polimorfo”; me aferraba al placer con ilimitado y egoísta ardor y me volvía peligroso a la menor provocación. A nada le daba más importancia que hacer lo contrario de lo que todo el mundo hacía, pasaba horas pensando en actos antisociales, la mayoría violentos, los cuales aplicaba en mis compañeros y en mí.

El dolor físico (propio y ajeno) me suponía una inmensa alegría, casi comparable con el placer que me proporcionaba dibujar y pintar. Mi talento precoz fue tal que el malnacido de mi padre me envió a vivir al campo con un amigo suyo (acto que secretamente agradecí tiempo después). Mi nueva familia era rica, conocedora de arte, en la cual se cultivaba el estilo impresionista. Mis desayunos diarios estaban acompañados de oleos colgados por doquier. Todo encajaba perfectamente, un niño extraordinario en un ambiente igual de extraordinario; mi fascinación fetichista por las muletas, tema recurrente en mi obra, data de mi estancia con ellos.

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Qué os puedo contar de mi vida académica: realmente poco. Ingresé a la Academia de Bellas Artes en Madrid. Mi interés en ella fue, en un principio, intermitente, y después de mi expulsión reiteré mi posición ante las clases: nadie podía enseñarme mejor que yo; fue en esa época cuando crucé caminos con personas esenciales en mi vida: Luis Buñuel , Federico García Lorca (por quien llegué a sentir un cariño muy especial), Pablo Picasso, Joan Miró y André Bretón; pero sobre todo, conocí a Elena Dimitrovna Diakonova: mi Gala.

Cualquier pretencioso artista dirá que su momento de máxima inspiración es cuando lo visitan las musas, y cegados por este pensamiento conformista, pasa tiempo —a veces toda su vida— en espera de ellas; pero yo no, si Gala fue la musa presente toda mi vida no fue porque ella me visitara, sino porque se la robé a otra persona; tan buen ladrón fui que nunca se separó de mi lado.


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¿Qué os podré decir ahora de mi intención artística? Siempre creí que hay que provocar confusión. Le di al surrealismo identidad y ella me dio fama mundial; no conozco persona que plasme los sueños como yo.
Sí, es un hecho que conocí a talentosos colegas contemporáneos con quienes se me ha inventado mala relación —la cual es mentira— pero debo decir: Picasso me admiró, al igual que Joan Miró.

Dante no podría pedir mejor ilustraciones para su comedia, ni Cervantes para su Ingenioso Hidalgo, ni Da Vinci sentiría la mayor de las cóleras al ver mi “última cena”. Inevitablemente todos saben que cuando yo pintaba se desataba el océano, mientras los demás chapotean en la bañera. Pero como una vez dije, la pintura es una minúscula parte de mi genialidad.

En el cine, Buñuel y Hitchcock probaron las mieles de mi ingenio, y bien podría ser llamado el mejor diseñador de muebles del mundo. El secreto de mi éxito es precisamente el secreto; si a la gente le gustan mis obras es porque gusta de lo secreto, y es a quienes, cuando curiosos de saber qué pasaba por mi cabeza al trabajar me preguntaban: "Salvador, ¿qué drogas usabas cuando hacías arte?", yo les respondía, con la sensación que precede a los ataques de risa que de niño tanto padecía: “Yo no uso drogas, yo soy una droga".



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