Las monjas que mataron a jóvenes mujeres con la promesa de lavar sus pecados
Historia

Las monjas que mataron a jóvenes mujeres con la promesa de lavar sus pecados

Avatar of Eduardo Limón

Por: Eduardo Limón

30 de julio, 2016

Historia Las monjas que mataron a jóvenes mujeres con la promesa de lavar sus pecados
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Por: Eduardo Limón

30 de julio, 2016



En cualquier parte del mundo, el horror y la perversión se han encontrado con oportunidades de protagonismo. Desde América hasta Europa y otros confines de la Tierra, la oscuridad de nuestra historia ha plagado de terribles eventos a la humanidad. Quizá hayan sido olvidados por algunos o perdidos en los archivos del recuerdo por otros, pero lejos de ser borrados, siempre encuentran la forma de volver a la mente de los hombres y ser repasados ya sea para su exterminio o su continuidad. Casos famosos conocemos ya demasiados, pero probablemente uno que no tengamos tanto en la memoria es el de esas mujeres que murieron en la mala administración de la Iglesia Católica en el siglo XIX y buena parte del XX.

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“Todas las internas eran obligadas a trabajar en esa red de lavanderías sin canonjías de absolutamente nada y con el peligro de ser abusadas sexualmente a cada momento”.

Hablamos de esas jóvenes y adultas irlandesas que conocieron los rostros más desagradables del destino en una cadena de lavanderías que se encontraban en la calle de Sean McDermoth; la crueldad que ellas vivieron pocas veces se repitió con el avance de los años, pero sus fotografías y testimonios mantienen vivo el recuerdo tortuoso. En esa empresa auspiciada por el catolicismo se obligaron a trabajar a más de 10 mil mujeres con el pretexto de ayudarlas en sus problemas pecaminosos y vulgares.

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¿Cuáles eran dichas faltas humanas? Embarazos no planeados, rebeldías idiosincráticas, pretensiones de trabajar en un empleo masculino, ninfomanía, etcétera. De hecho, el lugar comenzó como un asilo y centros de atención para mujeres caídas en la prostitución y después se convirtió en esta suerte de reformatorio que aceptaba a cualquier muchacha “caída” sin importar condición o religión, siempre y cuando los padres de ésta la internaran pagando sus ingresos o las autoridades del Estado lo consideraran pertinente. Por muchos años y sin ninguna sospecha, este sitio mantuvo en condiciones degradantes a mujeres semiesclavizadas en un negocio para la Iglesia.

“El primer asilo que existió de las Magdalenas –como se conocería mejor a esta institución– abrió sus puertas en Dublín durante 1765”.

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Una vez dentro del reformatorio, el cual era dirigido por monjas encomendadas a la figura de María Magdalena, todas las internas eran obligadas a trabajar en esa red de lavanderías sin canonjías de absolutamente nada y con el peligro de ser abusadas sexualmente a cada momento. De acuerdo con el testimonio de algunas sobrevivientes, solían sufrir esta clase de atropellos por parte de las mismas hermanas, padres, mensajeros u otros trabajadores.

El primer asilo que existió de las Magdalenas –como se conocería mejor a esta institución– abrió sus puertas en Dublín durante 1765, pensado como un recinto donde las mujeres pecadoras pudieran pasar un tiempo para meditar y reformarse; no obstante, las cosas se deformaron con prontitud y se manejó a las instalaciones como focos de detención para todas esas personas del sexo femenino que hubieran cometido algún delito moral o cívico, los cuales solían ser menores, como viajar en tren sin boleto o mendigar por las calles.

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“Si enfermaban no eran tratadas, si eran golpeadas nadie las defendía, si eran deseadas podían ser tocadas por cualquiera (incluso por las mismas hermanas)”.

Con esa transformación se decidió que era necesario un medio de manutención para el inmueble, sus presas y las religiosas que le administraban. De esa manera, se creó un sistema de lavanderías al que las chicas y grandes eran obligadas a trabajar sin recibir un salario, aunque los servicios eran, por supuesto, cobrados. Los contratos más famosos y que solían representar un verdadero ingreso para las Magdalenas eran con el ejército, las oficinas de gobierno, grandes hoteles y la compañía cervecera Guiness.

En ese contexto de sometimiento y terror, donde si enfermaban no eran tratadas, si eran golpeadas nadie las defendía, si eran deseadas podían ser tocadas por cualquiera (incluso por las mismas hermanas), donde eran sobajadas y utilizadas para la diversión de las monjas mediante actos ridículos o competencias denigrantes, miles de mujeres nunca volvieron a conocer la libertad.

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“Alrededor de 30 mil fueron detenidas entre sus filas y muchas de ellas fueron llevadas a la locura por el maltrato que recibían o nunca se pudieron contactar con nadie del exterior, muriendo allí mismo”.

Estos refugios, que más bien eran prisiones disfrazadas de buena intención católica, guardaban a sus reclusas en los peores camastros jamás imaginados, no les permitían hablar o emitir ningún sonido a lo largo del día, eran ignoradas y comúnmente azotadas si cometían una “falta”. En un país tan conservador como lo fue Irlanda, nadie sospechaba absolutamente nada de este infernal lugar e incluso lo consideraban como una bendición, pues abría las puertas del arrepentimiento a esas mujeres que se volcaban por la vida fácil o del placer.

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Como se dijo antes, estas monjas recibían su nombre en honor a aquella prostituta bíblica que se arrepintió de sus pecados frente a Jesús, pero en realidad pertenecían a distintas ordenes; con mayor razón cuando Irlanda entera se plagó de estas lavanderías. Y fue justamente gracias a una de estas congregaciones que el tormento llegó a su fin en 1993. Cuando ese grupo decidió vender parte de su convento a una inmobiliaria, se encontraron las tumbas de 155 internas que habían sido enterradas allí sin ningún aviso aparente.

Dicho hallazgo se convirtió en un escándalo y el Asilo de las Magdalenas fue puesto bajo investigación; con el desmantelamiento de sus administraciones y entrevistas a mujeres que laboraban en las lavanderías, se pudo calcular que alrededor de 30 mil fueron detenidas entre sus filas y muchas de ellas fueron llevadas a la locura por el maltrato que recibían o nunca se pudieron contactar con nadie del exterior, muriendo allí mismo.

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La última lavandería de las Magdalenas funcionó hasta 1996 e Irlanda lo recuerda hoy como uno de sus más grandes desatinos políticos en compañía de la Iglesia Católica. Para leer otras historias sobre nuestra vergüenza como especie, dirígete a La crueldad inhumana de la Primera y Segunda Guerra Mundial  y Los hombres a los que les pagan por tener relaciones sexuales con niñas en África.







Referencias: