Historia

Las mujeres que murieron trágicamente por fabricar relojes con radiación

Historia Las mujeres que murieron trágicamente por fabricar relojes con radiación

 

 

¿Podrías dormir sabiendo que fuiste el responsable de la muerte de decenas de inocentes?

Es difícil pensar en la falta de humanidad que debe existir en una persona (o en varias) para cargar con el peso de los cadáveres de individuos cuyos rostros o almas jamás fueron conocidos. Es posible mencionar a Hitler y su falta de remordimiento al mandar asesinar miles de judíos y arrestar millones; al genocidio de las culturas prehispánicas por parte de los europeos –quienes los veían como salvajes– o la crudeza con la que el presidente Truman determinó lanzar bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, asesinando a miles de ciudadanos.
¿Habrán podido dormir con la culpa o dentro de sus mentes existió un consuelo mayor que los hizo justificarse hasta el final?

Una historia de inicio de siglo nos recuerda esa negligencia hacia los inocentes en nombre del dinero. 
Durante la primera mitad del siglo XX una controversia acaparó los espectaculares y presentaba a un grupo de mujeres que peleaban contra la Radium Luminous Material Corporation (RLMC), empresa que las contrató para realizar un trabajo que tuvo como consecuencia la muerte de un gran número de ellas.

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El suceso llamó la atención del mundo y las jóvenes fueron llamadas "Las chicas radioactivas". Su importancia histórica es mucho más grande de lo que se cree.

Alrededor del año 1910 se descubrió la radioluminiscencia, una forma de crear luz permanente en la oscuridad, la cual –como su nombre indica–, usa radiación ionizante para funcionar. Aunque la empresa sabía que era peligroso tratar con materiales radioactivos, entre 1917 y 1926, reclutó alrededor de 70 mujeres para que entraran en contacto directo con la sustancia y así pintar los números y las manecillas de relojes que se verían en la oscuridad. La RLMC pensó que nada sucedería, pero pronto comenzaron a sufrir las consecuencias irreversibles.

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A pesar de que los químicos y expertos de los niveles más altos de la empresa usaban trajes especiales, máscaras y demás objetos aptos para tratar con el radio, las mujeres no tenían ni siquiera guantes para manejarlo. Para pintar los relojes se utilizaba una mezcla de polvo de radio, agua y pegamento; para darle fineza a los pinceles –que se desgastaban rápidamente– los mojaban con saliva.

Debido a que el empleo era frustante y ellas ignoradas por la empresa, para divertirse se pintaban las uñas con la sustancia sin saber que se ponían en mayor peligro. De hecho, se dice que más de mil empleados estuvieron expuestos a ese tipo de daño y no existe un número exacto de las muertes que causó.

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La diversión no duró demasiado; algunas de las chicas comenzaron a sufrir de anemia y de una condición llamada "quijada de radio", una enfermedad que daña por completo los huesos de la quijada, hace que las encías sangren y que el paciente sea propicio a desarrollar tumores malignos en la estructura ósea de la mandíbula. No tardaron mucho en darse cuenta del origen del problema, así que comenzaron a demandar respuestas de sus jefes y las personas involucradas.

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Grace Fryer fue la primera que se atrevió a demandar a la empresa en enero de 1928, mas no encontraba un abogado que creyera su historia o que entendiera por completo los daños de la radioactividad. Mientras tanto, otras dos mujeres comenzaron juicios que se llevaron a cabo en sus hogares debido a que no podían moverse de cama ni levantar los brazos para prestar juramento. Fue cuando Fryer y otras cuatro mujeres se les unieron y la prensa las llamó "Chicas radioactivas". Poco después también fueron conocidas como "las muertas vivientes", debido a que era inevitable que murieran.

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Distintos expertos, científicos y catedráticos trataron de denigrar a las mujeres y disminuir su credibilidad al afirmar que habían contraído sífilis, una enfermedad de transmisión sexual que también degenera el cuerpo, pero el proceso no duró demasiado. Las pruebas eran demasiado contundentes y por miedo a tener un castigo grave, la empresa decidió hacer un acuerdo con las mujeres. A cada una se le entregó lo que actualmente sería alrededor de 140 mil dólares y ocho mil 400 anualmente, además de que la RLMC pagaría cualquier gasto médico.

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Todo suena a final feliz, pero no fue así. Tan sólo durante el proceso, 12 mujeres fallecieron y aquellas que estaban en cama no tardaron mucho en perecer. Después del caso, las trabajadoras se desvanecieron poco a poco. La tragedia marcó un punto crucial por dos factores: mostró que las empresas estaban dispuestas a poner en riesgo la vida de sus empleados (desde entonces se ha prestado atención especial a los derechos de los trabajadores y las leyes de seguridad). El segundo fue que finalmente los trabajadores podían demandar directamente a las empresas por abuso laboral y recibir compensación por daños.

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Los líderes de las empresas pagaron pero nunca aceptaron por completo sus homicidios en tercer grado, ¿habrán podido dormir en los años siguientes? 

Lo más probable es que sí. La falta de moral y humanidad en las personas es mucho más común de lo que a la gente le gusta pensar. Es parte de la condición humana. Las mujeres no recuperarían sus vidas jamás y ante el avance de la radiactividad en sus cuerpos, no hubo nada más que hacer al respecto.


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