La monstruosa pareja de asesinos seriales que cometió los más terribles crímenes

Ambos eran esposos y durante varios años se dedicaron a vivir a costa de mujeres viudas y adineradas, a las que asesinaban para quedarse con su fortuna.

«Me gustaría gritarle al mundo el amor que siento por ti».


Esta notable frase de amor fue escrita en una hoja de papel un 8 de marzo de 1951 en la cárcel de Sing-Sing de Nueva York. Su autor fue Raymond Fernández y su destinataria, una mujer robusta llamada Martha Beck, quien en su celda aguardaba el momento de su ejecución. Al leer la misiva, se emocionó tanto que abrazó con efusividad a la enfermera que estaba a su lado y le dijo: «Ahora sé que Raymond me quiere y puedo afrontar la muerte con alegría».



Raymond Fernández y Martha Beck conformaban la tristemente célebre pareja conocida en los medios como “Los Asesinos de los Corazones Solitarios”. Ambos eran esposos y durante varios años se dedicaron a vivir a costa de mujeres viudas y adineradas a las que asesinaban para quedarse con su fortuna. En 1951 ambos murieron en la silla eléctrica, pasando a formar parte de las parejas asesinas más sanguinarias de la historia. Su controvertido amor recibió una furiosa descarga que carbonizó sus cerebros y los inmortalizó en las páginas de la criminología.


Su historia esta llena de anécdotas oscuras y es una muestra de que la mente retorcida y la necesidad de compañía son capaces de transformar a un par de personas grises en monstruos sedientos de reconocimiento y sangre. Ambos se han vuelto figuras mediáticas y su recuerdo continúa cimbrando la memoria de los estudiosos de la mente de un psicópata.



Los antecedentes


Con sólo 31 años, Raymond Fernández (nacido en Hawái, el 17 de diciembre de 1914) viajaba a bordo de un barco zarpado de España con destino a Estados Unidos. Antes había combatido en la Segunda Guerra Mundial y tenía una esposa y tres hijos. Justo a mitad del viaje, una escotilla se desprendió de sus goznes, aterrizando en la cabeza de Fernández, quien perdió mucha sangre gracias a una herida que le provocó una escandalosa hemorragia.


Para muchos médicos que estudiaron su caso, este accidente y la consecuente herida desencadenaron un cambio en la personalidad del hombre de familia española, antes tranquilo, amable y considerado. Raymond jamás había sido infiel a su esposa, pero tras el accidente comenzó a experimentar unos deseos sexuales desmedidos. Cortejaba a mujeres jóvenes y ancianas por igual, sosteniendo varias relaciones al mismo tiempo.


Fotograma de la cinta The Honeymoon Killers


En 1946, ya asentado en los Estados Unidos y habiendo olvidado a su familia en España, después de tener líos con la justicia debido a delitos con cargamentos ilegales que intentó pasar por la aduana, Raymond fue llevado a prisión. En ella se relacionó con presos de origen indio, con los cuales aprendió artes oscuras como el vudú, la clarividencia, el hipnotismo y la magia negra. El dominio de estas artes le convenció de poseer una notable capacidad para manipular la mente de las personas, hecho que constató cuando le escribió una carta a uno de los jueces que lo habían llevado a prisión para pedir una revisión de su caso.


Cuando el jurado lo absolvió y lo dejó libre, Fernández se convenció a sí mismo de su poder para manipular a los demás a distancia. Por medio de esa facultad, tendría el dominio sobre la gente y conseguiría de ella lo que quisiera.



Nace el cazador de los "Corazones Solitarios"


Tras salir de prisión, Raymond se tenía que ganar la vida de alguna manera. Así comenzó a frecuentar la sección de revistas y periódicos conocida como Corazones Solitarios, una especie de Tinder en donde mujeres viudas que perdieron a sus esposos en la Segunda Guerra Mundial se anunciaban para concertar citas, mantener correspondencia y conocer hombres disponibles.


Convencido de que tenía todo el poder y el encanto para seducir a quien quisiera, Raymond se contacta con estas señoras viudas, consiguiendo encuentros sexuales en las primeras citas. Era un hombre amable y encantador, al cual encontraban casi irresistible. Se ayudaba por ciertos polvos mágicos que eran usados en rituales de santería para que su éxito fuera total.


Fotograma de la cinta The Honeymoon Killers


Nuestro Casanova se percató que varias de estas viudas eran señoras acaudaladas, dispuestas a consentirlo con regalos costosos con tal de que su amante les siguiera proveyendo de placeres carnales que hacía tiempo habían dejado de gozar. Él se dio cuenta de la gran oportunidad que ante sus ojos se presentaba de hacer dinero fácil y rápido.


Entre sus primeras víctimas se cuentan Jane Lucilla Wilson Thompson, una viuda que habitaba en un departamento con su madre, una señora anciana y enferma. Se sospecha que Raymond fue el responsable de su desaparición cuando los dos viajaban por España. A su regreso, Fernández se presentó ante la madre de Wilson para reclamar la herencia del departamento a lo que la señora no puso objeción alguna, debido a la depresión tan severa que sufrió al enterarse de la muerte de su hija. No se sabe con exactitud el número de víctimas de Raymond en los meses posteriores, pero su modo de operar era básicamente el mismo: aprovecharse de mujeres viudas para extraerles dinero o propiedades de manera ilegal.



El encuentro de dos corazones solitarios


La vida de este mujeriego estafador cambió cuando tiempo después conoció a Martha Seabrook Beck, de 26 años, supuestamente dueña de una fortuna estimable y varias propiedades. Comenzaron a intercambiar cartas y Raymond prometió visitarla en la Navidad de 1947. Martha cayó rápidamente enamorada de él, en parte debido a su errático carácter marcado por el continuo rechazo de los hombres, una obsesión patológica por ser amada, problemas con la bebida y un carácter caprichoso. Aun así, al momento de conocerse, Martha era madre de dos hijos y se desempeñaba de manera efectiva como directora de un centro de atención infantil. 



En su primer encuentro, Raymond quedó desilusionado del aspecto de aquella mujer: era muy obesa, poco agraciada y se decía enamorada de su nuevo conocido. Fernández prefirió poner tierra de por medio de manera amable y le dijo que lo mejor sería que no volvieran a verse. Además se había dado cuenta de que la fortuna de Martha era escasa y que a duras penas mantenía a sus hijos.


Para Beck la noticia fue un triste balde de agua fría, la llevó a cometer un intento de suicidio introduciendo su cabeza en el horno de la cocina con el gas abierto. Gracias a la intervención de una vecina que se percató de las tristes intenciones de la joven el asunto no pasó a mayores.


Una segunda oportunidad



Cuando Raymond se enteró de lo ocurrido con Martha, la invitó a pasar dos semanas con él en Nueva York. Pese a que no la amaba y no le gustaba físicamente (ni siquiera sus impulsos sexuales encontraban un gozo con ella), el carácter dominante de Beck terminó por hacerlo ceder y ambos se casaron. Para Martha aquél era su máximo logro en la vida: estaba con el hombre que la hacía sentirse deseada y encima de ello estaban casados.


Martha tenía que regresar a Florida para continuar trabajando pero se llevó una desagradable sorpresa: la habían despedido del cargo debido a su intento de suicidio y su romance con un sujeto tan sospechoso como Fernández. Hizo de nuevo las maletas, tomó de la mano a sus hijos y regresó a Nueva York con su marido para instalarse en su casa, pese al desacuerdo y la sorpresa de éste. Hastiado por el hecho de tenerla en casa al lado de dos niños que no eran suyos, Fernández le habló con la verdad: le contó todo acerca de sus otras relaciones con mujeres mayores y viudas para estafarlas.



Martha Beck se vio conmocionada ante la noticia, pero era tanta su necesidad de estar acompañada que le dijo a su amado que no le importaba su vida paralela y que estaría dispuesta a deshacerse de sus hijos y ayudarlo con tal de no separarse de él. Así es como nacía una de las parejas más monstruosas y célebres de la historia del crimen en los Estados Unidos: el estafador Casanova y la mujer enamorada que sopesaba los deslices criminales de su marido con tal de estar a su lado. Su modo de operar era el siguiente: Raymond las contactaba a través de la sección de los Corazones Solitarios, las seducía y salía con ellas durante un tiempo para después contraer matrimonio.



Martha se hacía pasar por la hermana de Raymond y se iba a vivir con la pareja. A lo largo de las semanas o meses, las esposas de su “hermano” comenzaban a notar cierto desprecio de parte de su “cuñada”. Era evidente que Martha no podía ocultar sus celos. La pareja incurrió en diversos crímenes para deshacerse de las mujeres y quedarse con el control de sus cuentas bancarias y posesiones materiales.


Uno de sus asesinatos más sanguinarios fue el de Delphine Downing, una viuda de cuarenta y un años que vivía en Michigan, y su pequeña hija de dos años, Rainelle. Los “hermanos” viajaron hasta el hogar de Downing para concretar el matrimonio entre éste y Fernández, pero los celos de Beck afloraron de nueva cuenta y decidió deshacerse de la mujer de su marido dándole una dosis letal de somníferos. Al no surtir efecto, fue Raymond quien terminó con la vida de la mujer disparándole en la cabeza. Después sería Martha quien mataría a la pequeña Rainelle ahogándola en una tina para lavar la ropa.



Tras varios días en que los “hermanos” se hospedaron en la casa de Delphine Downing sin saber a ciencia cierta qué hacer, los vecinos de ésta comenzaron a sospechar de la pareja y se acercaban al hogar para interrogarla. Al encontrar respuestas evasivas y poco convincentes, se decidió llamar a la policía quien halló los cuerpos de Delphine Downing y su hija en las inmediaciones de la propiedad de la viuda. La justicia atrapó a Raymond Fernández y Martha Beck cuando volvían del cine. Al ser interrogados, ambos confesaron sus crímenes y la prensa no tardó en llamarlos Los Asesinos de los Corazones Solitarios.


Tras un juicio de más de un mes, la pareja de asesinos fue condenada a morir en la silla eléctrica. Poco antes de su ejecución, Martha Beck, con lágrimas en los ojos y actitud devastada, dijo a la prensa: «La mía es una historia de amor, pero solo aquellos que han sufrido por amor pueden entenderme».


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