Los asesinos seriales más aclamados de México
Historia

Los asesinos seriales más aclamados de México

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Por: Eduardo Limón

10 de junio, 2017

Historia Los asesinos seriales más aclamados de México
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Por: Eduardo Limón

10 de junio, 2017



Todavía más escabroso que “El Coco” o “El Robachicos”, durante la infancia de los 90 tuvimos a “El Mochaorejas” como demonio, figura tangible del miedo y estética del peligro. Con una tradición aún viva en aquel entonces de la nota roja en su máximo esplendor, muchos niños no entendíamos prácticamente nada del mundo, de la política nacional o de la maldad humana. Pero ya estábamos en estrecha conexión con la muerte y sus representaciones, gozábamos del miedo y rendíamos tributo a la imagen del asesino. Periódicos y revistas como Alarma! o La Prensa exhibían con toda naturalidad el morbo y el cese de la vida en su forma más grotesca, inmediata y vulgar, para crear en nosotros un imaginario de la violencia como en ningún otro lugar.

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La nota de esta naturaleza apareció durante la época del Porfiriato (1876 - 1911), donde algunos diarios locales, o incluso de circulación más amplia, documentaban las muertes y asesinatos ocurridos. Desde sus inicios, el periodismo rojo se ha relacionado con las clases bajas o con los barrios marginados, ya que de acuerdo a una aseveración del periódico El Imparcial –afiliado al régimen de Porfirio Díaz y precursor de muchas ideas segregacionistas hasta ahora– la clase baja era la responsable de la gran mayoría de los crímenes que ocurrían en el país.

Con el paso del tiempo y la llegada de imprentas más fuertes y el acceso rápido a la fotografía, este tipo de periódicos empezó a proliferar; por supuesto, los más demandados y populares eran aquellos que detallaban mejor la escena ya fuese mediante la imagen o la narración del hecho. El horror hoy se propaga por otros medios y otros soportes, pero guardan todavía ese cariz de entretenimiento que se expuso en estos diarios cuando aún no había televisión; es gracias a estas narraciones que aprendimos a ser alimentados a toda hora por uno de los instintos más bajos del ser humano: sentir placer por lo prohibido y lo desagradable, el morbo y el escalofrío.

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La creación de la figura del enemigo, y no cualquier enemigo sino aquél que duerme en nuestra misma colonia o incluso en el mismo edificio, se dio de una manera tan rica y compleja que el Mochaorejas es sólo la punta de un iceberg oscuro. Además, esa necro-cosmogonía se tornó aún más especial, podríamos decir que hasta llamativa, familiar y gozosa, gracias al tratamiento que se le dio a temas enfermizos o de tabú desde mediados del siglo XX en las primeras planas; uno de humor negro, doble sentido, lenguaje coloquial y plenamente irrespetuoso.

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Para quienes vivimos asediados por el ente el Mochaorejas, quizá Alarma! no salte tanto a la memoria, pero si hablamos de El Metro, El Gráfico o Extra, probablemente la mente trabaje mejor de lo que hemos estado hablando. Sin embargo, y como ya dijimos, hay toda una historia de la comunicación en México en cuanto a temas de morbo y asco se refiere, puede arrojarnos nombres y casos aún más complejos en la narrativa mexicana que son ejemplo de lo aclamados que pueden ser estos perpetradores de la paz.

Esta veneración que entrecruza al pavor con la admiración puede que se entienda mejor si recurrimos a la figura de "El Chapo", un sujeto que en diversos textos periodísticos o video de la web da ocasión para sentir asombro por los criminales, alegría por su éxito o existencia, y continuidad de tradición para utilizar al outsider radical como herramienta crítica contra del Estado. Esto en cuanto a monstruo devenido en imagen de culto ya consolidada, pero, ¿qué sucede con sus procesos de fama o liturgia en sí? ¿Cómo es que se dio este movimiento de subsuelo convertido en cielo?

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Tomemos como ejemplo al asesino más famoso de 1928, José de León Toral. El hombre que dio muerte a Álvaro Obregón y se hizo paladín de la resistencia católica cuando su juicio fue reportado con todo detalle por la prensa y transmitido en cadena nacional por la radio. Un evento que quizá fue pensado como estrategia de impacto para el pueblo, pero en realidad se convirtió en entretenimiento y deleite antipolítico. Para mucha gente, el crimen de Toral era justificable, era un tiranicidio, un hecho cercano al pueblo; que hizo de su figura objeto de culto aún antes de su ejecución. Los medios de aquel entonces, intentando ennegrecer al delincuente, crearon en efecto a un diablo que temer, pero también a un sujeto deplorable que brindaba espectáculo y, qué mejor, crítica partidista.

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Otro ejemplo de la nota roja en exuberancia y del asesinato aclamado es Pedro Gallegos. Hombre culpado en 1932 de dar muerte a Jacinta Aznar –una mujer de sociedad– y que, consciente de lo famoso que podías hacerte mediante estos diarios amarillistas, se dejó en manos de la notoriedad para buscar su libertad. Gallegos daba entrevistas a los reporteros desde su celda y les hablaba de música y libros, posaba para las cámaras, tejía historias complicadas ante investigadores y curiosos, y se manejaba como toda una celebridad. Por supuesto sufrió las consecuencias, pero no sin antes saberse un dios del miedo y la estima popular.

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Por supuesto, en este texto debe vivir también la estampa de Gregorio “Goyo” Cárdenas, a quien no hay que presentar demasiado, pues todos conocemos su historia como asesino serial en la calle de Tacuba, pero sí cabe destacar que fue justamente su espectro en el imaginario de la ciudad y la reputación dada en la prensa los elementos centrales para convertirse en una deidad de terror-adoración; incluso un instrumento para el estratagema clínico y político de la época.

Desde el asesinato de Manuel Bolado –famoso abogado en el México de 1874– hasta el caso del multihomicidio en la Narvarte (CDMX-2015), el asombro de la nota roja se ha convertido en cinismo, en sospechosismo. Un dedo acusatorio que, por un lado, es táctica de la necropolítica mexicana donde el horror diferido, el peligro constante, son controladores de población, pero también divertimentos. Espectáculos que rompen ese cliché que reluce cada 2 de noviembre –“Los mexicanos nos burlamos hasta de la muerte”–, pues en realidad esto no significa una burla, tampoco un juego típico, sino una actitud política y una aclamación por el riesgo inminente de estar en este suelo.

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Fuentes

Nexos
La razón
Magnet



Referencias: