Historia

Los llantos mudos de Metzabok

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Por: Lulu

Historia Los llantos mudos de Metzabok


 Camuflado entre las densas montañas verdes del oriente de Chiapas se asienta el poblado de Metzabok, cuyo nombre en maya lacandón significa “dios hacedor del trueno”. Pulmón latente en la selva chiapaneca y cobijo de una de las comunidades étnicas más antiguas de México: los lacandones.

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Fotografía por Zander Price

Un día grisáceo de enero y después de una

fugaz a las ruinas mayas de Palenque, me dirigía a bordo de un colectivo de pasajeros rumbo a aquella comunidad indígena que sólo conocía por viejos libros escolares y por nuevas búsquedas en google. Llevaba las direcciones apuntadas en un papelito, pues no hay transporte directo que te lleve a ese remoto poblado a unos ochenta y tantos kilómetros del centro de Palenque. Un fotógrafo neoyorquino me acompañaba en la súbita travesía, la cual poco comprendía pero que interpretaba por medio del lenguaje de su fotografía.

No recuerdo si fueron más de tres colectivos los que tomé, pero sí recuerdo que en el último me dijo muy amablemente el conductor: “aquí se tienen que bajar, porque nosotros no llegamos hasta allá. Espere a que alguien pase y les dé un aventón”. Y así fue. Esperamos unos treinta minutitos hasta que pasó un colectivo vacío que por suerte se paró, y que por unos cien pesos nos llevó hasta el poblado.

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Fotografías por Zander Price


Estábamos a unos pocos kilómetros más, pero dado a las condiciones del camino, nos tomó un buen rato llegar. Ya habían caído los últimos rayos de sol y estábamos agotados y mareados de tanta carretera y por falta de comida. En unos minutos llegamos y el chofer nos dejó enfrente del que parecía un solitario campamento ecoturístico enclavado en la selva chiapaneca. A lo lejos alcanzaba a percibir a un hombre de piel tostada, con cabello largo y flequillo, ojos afligidos y cubierto en una enlodada túnica de manta blanca. Él se encontraba parado en la entrada de aquel lugar. Me acerqué lentamente y le pregunté si era ahí donde tenía que hospedarme. Aquel hombre de semblante peculiar me respondió con una voz muy tenue que apenas se escuchaba: “tienes que buscar al alcalde del pueblo para que te dé permiso para quedarte”. Su nombre era Rafael y su rostro lo marcaba una tristeza inconfundible. Él me pidió que lo siguiera mientras caminaba lentamente arrastrando en sus pies su pena silenciosa.

Los llantos mudos de Metzabok3 Fotografía por Zander Price

 –¡Bienvenidos, vengan por acá! –dijo el alcalde Enrique con una sonrisa de oreja a oreja al extenderme su mano para saludarme. Al percibir los rasgos físicos de Enrique, y al dar mis primeros pasos por la diminuta comunidad, me di cuenta que en Metzabok no sólo vivían indígenas lacandones, sino que también vivían entre ellos habitantes que no conservaban las costumbres mayas, ni tampoco el idioma. Los lacandones los contaba con una mano, como si estuvieran en peligro de extinción como los mismos quetzales y jaguares de la región. Enrique, quien me había abierto las puertas del pueblo, nos ofreció cordialmente hospedarnos en un cuarto adjunto a su casa. El lugar era más que perfecto y gozaba de una vista espectacular de la comunidad, la cual estaba ya ansiosa por explorar.

El poblado no contaba con ningún tipo de fonda donde uno pudiera comer, sólo había dos tienditas que vendían tristes papitas, cocas y dulces. Enrique dijo que su hermana Cristina podría cocinar para nosotros durante nuestra estadía por unos cuantos pesitos. Hambrientos fuimos a tocar a su puerta y ella nos recibió con otra sonrisa, muy parecida a la de su hermano. Era un señora que irradiaba felicidad a metros de distancia y su semblante lo reflejaba. Cristina pasaba la mayor parte de su día haciendo tortillas a mano junto a sus hijas. Rápidamente nos sentó en una mesa larga de madera y nos ofreció café, frijoles, huevo y tortillas. La comida simple y perfecta que satisface la panza de millones de mexicanos. 

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Fotografía por Zander Price

Cristina sonreía tímidamente cada vez que nos llevaba más tortillas a la mesa. No dejábamos de pedir y pedir más; sus tortillas de maíz eran algo de otro planeta. De pronto, se acercaron unos niños con ojos curiosos a la mesa que se reían de nosotros. La niña se llamaba Manuelita y el niño, Raúl, éste hijo de Rafael. Raúl nos hizo compañía en la mesa y después caminó junto a nosotros por el poblado. Él era un niño que le intrigaba saber todo de acerca de nosotros y de dónde veníamos.

A las 7 de la mañana del día siguiente y con el sol resplandeciendo en su totalidad sobre Metzabok, Rafael tocaba nuestra puerta para llevarnos a dar un paseo en cayuco por la gran laguna de Metzabok, corazón de la comunidad lacandona de la región. Pasamos por la diminuta escuelita del poblado. Niñas y niños de todas las edades jugaban fútbol en el patio esperando a empezar sus clases, donde todos juntos estudiarían matemáticas e historia por sólo dos horas. Rafael mencionó que había días que ni siquiera había clases y que sólo había un maestro voluntario en la comunidad. 

Minutos después, llegamos al lago y nos encontramos con viejos cayucos desbordándose de agua por las recientes lluvias. Nos pusimos a sacarla con botellas de plástico y pronto solucionamos el problemilla. En lo que menos pensábamos, Rafael empezó a serpentear su cayuco entre la majestuosa selva chiapaneca. En un mágico instante el paisaje se abrió y parecía que nos deslizabamos sobre un infinito espejo surreal. Lo único que escuchábamos eran los sedantes ruidos de la naturaleza.

Los llantos mudos de Metzabok6 Fotografía por Zander Price

De pronto, Rafael quebró el mágico silencio que él mismo disfrutaba pero que de la misma manera lo asfixiaba. Con muy pocas palabras, describió la frustrante situación de su hijo mayor, quien sufría de una extraña enfermedad que lo estaba matando. Al mismo tiempo que hablaba de sus dioses mayas, él entrecruzaba su angustia sobre lo difícil que era encontrar a un doctor en la región. El más cercano estaba en Palenque y transportar a su hijo le era casi imposible, además que el costo era mucho para él. Su fuerza para remar no era la misma de hace años, comentó. Su cuerpo estaba exhausto y los años le pesaban; pero el peso mayor era su tristeza y su angustia. Además de pasear a los pocos turistas que lograban llegar ahí, Rafael nos contó que vendía tabaco para ayudarse con los costos de la enfermedad de su hijo.

Continuamos remando y finalmente llegamos a lo que él llamó “la cueva de los dioses”. Saltamos del cayuco y nos topamos con lo que parecía una escena de Indiana Jones. Las memorias de aquellos dioses estaban inmortalizadas en un montón de huesos rotos. Rafael nos dijo que no podíamos tocar nada ya que todo era pertenencia de los dioses y no de los mortales. Llegó la hora de emprender nuestro regreso. Fue uno largo y donde el silencio compartido tomó lugar una vez más. Éste ahora daba espacio a reflexiones perturbantes en mi cabeza de lo fragmentado que aún se encuentra nuestro México. Mientras que Rafael miraba al horizonte como si deseara perderse en él.

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Fotografía por Zander Price

 A la mañana siguiente, Enrique se ofreció a llevarnos hasta el lejano crucero donde tomaríamos el colectivo hacia al próximo poblado. Al ir saliendo por la brecha de terracería, noté a un adolescente caminando con una cara verdaderamente pálida y de sufrimiento intenso. Al instante supe que era el hijo de Rafael. Sentí aquel nudo en el estómago que todos conocemos y un sentimiento de impotencia indescriptible. En el transcurso hacia nuestra partida, Enrique habló sobre las tensiones entre comunidades indígenas de la región, las injusticias que se vivieron años atrás por parte de grupos zapatistas que querían invadir las tierras de Metzabok, y de la ayuda que ansían recibir para la comunidad lacandona. “Al menos un doctor o un maestro más para la escuelita nos serviría mucho”, comentó con su sonrisa muy particular. Enrique se despidió cuando llegamos al crucero y nos ofreció regresar a Metzabok.

 –Hasta pronto Enrique –contesté invadida con pensamientos dulce-amargos, los cuales me acompañan hasta el día de hoy. 

Los llantos mudos de Metzabok8 Fotografía por Zander Price


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Todas las fotografías son propiedad de Zander Price


Referencias: