El Inframundo y otros extraños lugares a donde iban los aztecas al morir
Historia

El Inframundo y otros extraños lugares a donde iban los aztecas al morir

Avatar of Rodrigo Ayala Cárdenas

Por: Rodrigo Ayala Cárdenas

19 de agosto, 2017

Historia El Inframundo y otros extraños lugares a donde iban los aztecas al morir
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Por: Rodrigo Ayala Cárdenas

19 de agosto, 2017


Su aspecto es uno de los más oscuros y escalofriantes de toda la cosmogonía azteca. Está conformado de una osamenta coronada por una máscara con forma de calavera. Luce descarnado y con manchas amarillas en todo el cuerpo. Decían que tenía dominio sobre las arañas, los murciélagos y los búhos, que reinaba sobre las almas de los muertos y los "nueve ríos subterráneos". En sus ojos se dibujan unas estrellas, ya que habita en la región donde no hay más que oscuridad. Con esta presentación era muy fácil temerle. Su nombre era Mictlantecuhtli, el “señor del lugar de los muertos”, rey absoluto del Mictlan.


Hoy se le puede ver en el Museo del Templo Mayor de la Ciudad de México. El paso de los años no le ha robado su figura inquietante y oscura. 


Para la mayoría de las culturas de Mesoamérica, la muerte era el momento en que los hombres entregaban a sus dioses toda su energía y su cuerpo en compensación por los bienes recibidos en vida. Es decir, era un acto de reciprocidad hacia ellos. Los mexicas tenían muy presente lo anterior y le otorgaron una importancia tal que crearon una cosmogonía muy personal en torno a ello, dotada de historias, ritos y símbolos fascinantes. Estaban firmemente convencidos de que la muerte era otro tipo de vida, una etapa de purificación antes de que el alma pudiera mantenerse limpia de toda mancha. Ellos creían que los muertos, dependiendo de la forma en que su vida terminaba (siempre a decisión de los diversos dioses en los que creían) viajaban a cuatro destinos diferentes que a continuación te presentamos.

 


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Mictlan o “el lugar de los muertos”


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También llamado Chiconauhmictlán, era el sitio al que se dirigían las almas de los muertos que dejaban el mundo por causas naturales. Antes de conseguirlo tenían que librar una especie de pruebas purificadoras en cada uno de los nueve niveles del Inframundo, lugar gobernado por Mictlantecuhtli o Señor del lugar de los muertos y su esposa Mictecacíhuatl. Los nueve niveles se dividían como sigue:

 

Tlaltícpac (la tierra)- Es el lugar en donde se llevaba a cabo la vida terrenal de los aztecas, el primer paso hacia la muerte. Tlaltícpac se compone de las palabras Tícpac que significa “en lo más alto” o “en la cumbre” y tlalli “tierra”. El significado sería “en la parte más alta de la tierra”. Se consideraba que todas las acciones cometidas en Tlaltícpac determinarían la manera de encarar los obstáculos en la muerte.  

 

Apanohuaya (el paso del agua)- El perro xoloizcuintle que los guiaba por este río y evaluaba si el hombre había sido justo en vida y no había maltratado a ningún perro. Si así era, lo ayudaba a cruzar; de lo contrario, lo dejaba varado en la orilla.

 

Tepétl Monanamicyan (montañas que se juntan)- Un par de montañas se abrían para dar paso a los viajeros, los cuales debían pasar con rapidez para salvarse de ser triturados.

 

Iztépetl (montañas de navajas)- Los difuntos pasaban a través de un cerro infestado de objetos filosos, los cuales desgarraban su carne causando dolorosas heridas.

 

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Yeehecayan (lugar del viento de obsidiana)- Un terrible lugar nevado y de vientos helados que cortaban la piel esperaba a los muertos para probar su valentía y fuerza física. 

 

Pancuecuetlayacan (lugar donde hacen mucho ruido las banderas)- En este sitio soplaban fuertes vientos llenos de violencia que impedían el fácil avance de los que esperaban llegar al Mictlan. Sin duda, una dura prueba que sólo los más fuertes podían sortear.

 

Temiminaloya (lugar donde la gente es flechada)- Todas las flechas extraviadas por los guerreros en las batallas eran recogidas por un dios que se dedicaba a arrojarlas sobre los muertos.

 

Teyollocualoyan (lugar donde se come el corazón de la gente)- Éste era uno de los sitios más peligrosos de todos los del Inframundo. Los muertos eran recibidos por un jaguar, vinculado con Tezcatlipoca, que devoraba sus corazones. Para despistarlo, los gobernantes o las personas de las clases más altas le daban al animal una piedra de jade, mientras que los de las clases más bajas le entregaban una piedra común.

 

Itzmictlan, Ahonpochcaloca (lugar de la muerte de obsidiana, lugar sin chimenea)- El denso humo que invadía el lugar, impedía a los viajeros ubicar su posición y algunos terminaban extraviando para siempre la ruta hacia el Mictlan.

 

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Mictlantecuhtli, el “señor del lugar de los muertos”


A lo largo de este tenebroso trayecto, los muertos eran acompañados por un perro de color rojo que los ayudaba a cruzar el río Apanohuaya. El tiempo aproximado en que los muertos tardaban en llegar al Mictlan era de cuatro años, periodo en el que tenían la posibilidad de volver a sus hogares para reposar, beber y comer para retomar su camino. Por ello sus familiares les hacían ofrendas.


Los ritos funerarios entre los aztecas se hacían primero a los 80 días de ocurrida la muerte y por último a los cuatro años, tiempo precisamente en que el alma ya se encontraría en el Mictlan.


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Árbol Nodriza o Chichihuacuahco


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Era el destino de los niños que morían en edad lactante o que no habían logrado nacer. En este sitio encontraban el Árbol Nodriza de cuyos frutos podían mamar antes de volver a este mundo para una nueva oportunidad de vida. Las creencias aztecas afirmaban que este lugar pertenecía a otro conocido como Xochatlapan o Tamoanchan (Lugar de Nuestro Origen). Fray Bernardino de Sahagún describe el Chichihuacuahco de esta manera en sus Primeros memoriales: “El que moría muy niñito y era una creatura que estaba en la cama se decía que no iba allá al mundo de los muertos, sólo iba allá al Xochatlapan. Dizque allí esta erguido el árbol nodriza, maman de él los niñitos, bajo él están haciendo ruido con sus bocas los niñitos, de sus bocas viene a estarse derramando leche”.

 


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Tlalocan o bodega acuática


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Dios Tláloc


Todo aquél que moría a causa del agua (ahogamiento, retención de líquidos o por el impacto de un rayo durante una tormenta) tenía un sitio en la morada de Tláloc y sus acompañantes, los tlaloques. Este recinto se hallaba dentro de una montaña lleno de exuberante vegetación siempre verde gracias a la abundante agua que aquí se encontraba almacenada y que el dios de la lluvia se encargaba de repartir entre los hombres. 


Los que morían por causas relacionadas al agua recibían un tratamiento especial que consistía en no incinerarlos sino sepultarlos, ya que los aztecas creían que habían sido tocados por los tlaloques. Éstos tenían la misión de repartir el agua por el mundo en vasijas por órdenes de Tláloc.


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Cielo del Sol


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Guerrero Águila. morir en combate la aseguraba la entrada al Cielo del Sol


Quienes accedían a este sitio eran personas sumamente especiales. Únicamente llegaban los guerreros muertos en combate, las mujeres que morían al dar a luz en su primer parto (conocidas como cihuateteo) y los que eran sacrificados para ser ofrecidos al Sol. El objetivo de todos ellos era ayudar al Sol a superar su transcurso diario. Los hombres tenían la misión de situarse en el oriente para recibir al astro y acompañarlo hasta el cenit, sitio en el cual las cihuateteo tomarían el relevo y conducirían al Sol hasta el ocaso, el momento en que moría. 

 


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La leyenda de Aztlán, el lugar sagrado del que vinieron los aztecas, forma parte de una de tantas leyendas de uno de los imperios más fascinantes que ha conocido la humanidad. Su cosmogonía, creencias y rituales eran enigmáticos, como el del hongo alucinógeno y sagrado de los aztecas que horrorizó a los españoles.

 

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Bibliografía:

Revista Arqueología Mexicana Edición Especial 75



Referencias: