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Mujeres que te inspirarán a cambiar tu vida y lograr lo que quieres

13 de junio de 2018

Cultura Colectiva

El primer contacto que tenemos cuando somos recién nacidas es con nuestra madre, es posible que sea quien se vuelva nuestra inspiración toda la vida, nuestra heroína, nuestro ejemplo a seguir; sin embargo, a lo largo de nuestra vida nos encontraremos con más nombres de hombres que de mujeres que lograron llegar a la Luna, que realizaron un descubrimiento científico, que lanzaron una nave al espacio, que su obra se convirtió en la más leída, o que su música cambió la Historia...


Y no es porque no existan mujeres talentosas a quienes les costó más esfuerzo alcanzar el éxito, sino que la historia escrita por hombres casi siempre suele omitir a las mujeres. Es por esto que las escritoras Elena Favilli y Francesca Cavallo decidieron crear un libro que homenajeara a todas aquellas que calificaron como "la acompañante de", "la musa", "la de belleza innegable", "la amante", entre otros adjetivos con el que suele pasar a segundo término su capacidad e inteligencia. Todos estos relatos de mujeres que transformaron al mundo los puedes hallar en Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes 1 y 2 (Editorial Planeta).


Gracias a esta iniciativa, los libros han sido los más vendidos y ahora se encuentran en las mesitas de noche de miles de niñas, y nos han inspirado tanto que decidimos hacer nuestra versión: reunimos a seis talentosas mujeres que forman parte de Cultura Colectiva para que nos narraran la historia de su heroína y a seis ilustradoras mexicanas para que las representaran, así que te las compartimos a continuación:



Cristina Rivera Garza (Escritora, poeta e historiadora, Tamaulipas, 1964)

Por Julieta Sanguino / Ilustración de Brenda Salas



Cada que Cristina abría un libro era como si conjurara hechizos sobre lo que leía. Las historias que veía se transformaban en su cabeza para crear rompecabezas que nadie más había imaginado. Cristina nació en un país violento y a pesar de tener miopía, sus ojos veían cómo la inseguridad, el narcotráfico y los feminicidios menguaban el ánimo de todos los habitantes del norte de México, sobre todo de su natal Matamoros, pero también de toda la frontera.


Sus padres siempre estuvieron a su lado y en cada oportunidad le repetían “si quieres algo, debes luchar por eso, aunque te descalabres”; por lo que muy pronto comenzó a ver toda esa violencia como un enemigo al que debía vencer con sus letras.

La pequeña Cristina vivía entre muchas realidades; debía viajar constantemente a Estados Unidos y otros sitios fronterizos, por lo que sus constantes viajes la transformaron en una mujer autónoma y desarraigada, dos cualidades dignas de una guerrera; la escritura entonces se transformó en su arma más letal y sus letras evolucionaban para convertirse en seres inhóspitos que muy pocos escritores habían logrado conjurar.


El título de un poema le servía para hacer una novela y esa novela era un pretexto para dar datos y testimonios. Cada relato era un monstruo que se componía de crónicas, ensayos, poemas, biografías, archivos médicos, referencias literarias y artísticas; y con ellos lograba atacar los prejuicios, la violencia, la discriminación contra la mujer y, por supuesto, los feminicidios.


Sus libros gritaban por un México diferente. Sus monstruos eran los aliados de un país que no quería caer más.

Se doctoró en Historia Latinoamericana y ha obtenido premios de relevancia internacional como el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero, el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Nacional de Cuento Juan Vicente Melo y el Premio Internacional Anna Seghers.


Su obra se ha traducida al inglés, portugués, alemán, italiano y coreano. Entre sus libros más destacados se encuentran: Nadie me verá llorar, en el que conjuró a Matilda Burgos, una joven reclusa en el hospital psiquiátrico más polémico de México La Castañeda; La muerte me da, en el que se transforma a ella misma para hablar de la normalización de la violencia hacia la mujer; La frontera más distante, en el que diversas historias de violencia se conjugan para hablar sobre Apocalipsis y el reconocimiento del Yo.



Elsa Schiaparelli (Diseñadora de moda y artista, Italia, 1890-1973)

Por Olympia Sánchez / Ilustración de Jessica Flores



Elsa Schiaparelli se casó de negro y logró convertirse en la primera mujer a quien la revista Times reconoció en portada como la mejor diseñadora de la época. Sin embargo, nada de eso fue lo que convirtió a Schiaparelli en una mujer tan admirable, sino la fuerza que tuvo para nunca dejar de ser ella, a pesar de sentirse la mujer más fea sobre la Tierra.


El pasado de la diseñadora giró alrededor de una familia que la discriminaba por su físico y de una soledad que siempre la acompañó. Al casarse sintió que había cometido el peor error de su vida, pues al poco tiempo su esposo la abandonó y ella se quedó completamente sola con una hija pequeña y sin un centavo, pero nada de eso la detuvo y, de hecho, el dolor impulsó su creatividad.


Schiaparelli trabajó toda su vida en lo que realmente le llenaba el corazón y dedicó tanta pasión a lo que hacía —imaginar, crear, diseñar y fusionar su arte con la de otros— que logró olvidarse, por primera y única vez, de lo "poco femenina, atractiva y valiosa" que se sentía. Justo en ese momento en el que la diseñadora y mayor competencia de Coco Chanel comenzó a aceptarse tal y como era, su belleza interna y externa conquistó el estilo de cientos de mujeres que intentaban escapar de una de las épocas más difíciles, los inicios de la Segunda Guerra Mundial.


Una de las anécdotas más interesantes de Schiaparelli comenzó con un sueño que tuvo en la infancia, en éste un ramo de flores le brotaba de los oídos y las fosas nasales; cuando despertó esa le pareció una buena solución para dejar de ser "tan fea", como su mamá la consideró siempre. Este sueño se transformó en una realidad cuando Dalí —gran admirador de Elsa— decidió pintar un cuadro que representara a una mujer hermosa con cabeza de flores.


Desde pequeña Schiaparelli soñaba con ser hermosa y cuando entendió que esos sueños eran la inspiración que la volvería amada por todos, no dudó en crear todo lo inimaginable. Por ejemplo, joyería hecha con insectos, sombreros en forma de zapatillas, vestidos con langostas pintadas a mano o un color nuevo como el "shocking pink".


Schiaparelli inspiró y demostró a todos aquellos que nunca confiaron en su belleza, que entendiéramos que somos nosotros los únicos que podemos definirla.




Peggy Guggenheim (Coleccionista y mecenas, Nueva York, 1942)

Por Natalia Lomelí / Ilustración de Ana Orozco



No era una mujer, era un museo.


En el último piso del número 30 en West 57th Street, Manhattan, una fiesta ha reunido a los protagonistas de la esfera cultural, y entre ellos, una mujer sobresale de la multitud usando un arete diseñado por el pintor Yves Tanguy en una oreja y en la otra una pieza de Alexander Calder, performance digno de una galerista comprometida con la imparcialidad entre el surrealismo y el arte abstracto. Así era Peggy Guggenheim, la anfitriona de la noche. La mujer de las gafas de mariposa y los labios rojos, excéntrica y extravagante. Peggy inauguró esa noche "Art of This Century Gallery", la segunda de las tres galerías que abriría a lo largo de su vida. AoTC era un espacio de exposición para el cubismo, dadaísmo y surrealismo provenientes de la vanguardia europea, así como para los nuevos movimientos que se gestaban en Norteamérica. AoTC Gallery sería el escenario de la primera exposición de Jackson Pollock, a quien Peggy dio su primera oportunidad como mecenas, coleccionista y amiga.


Peggy logró reinar en un mundo de hombres al cual ella le escribió las reglas. Fue la primera galerista en exponer obra de mujeres en 12 exposiciones individuales y la colectiva "Exhibition by 31 women", en la que participaron Frida Kahlo, Leonora Carrington y Louise Bourgeois. En los cinco años en que el espacio se mantuvo con vida creó un modelo para el arte comercial, contra las imposiciones conservadoras del museo como institución. Pionera de los espacios como instalación artística, AoTC diseñada por Frederick Kiesler, era en sí una intervención y experiencia revolucionaria. Pero el camino no fue fácil para la heroína del arte moderno, quien tuvo la valentía de salvar su colección de un inminente saqueo nazi, el cual se hubiera justificado en la historia bajo la etiqueta de "arte degenerado", alegando el origen judío de los Guggenheim. Tan sólo tres días antes de la ocupación alemana de París, Peggy salió rumbo a América con más de 150 obras de arte, mismas que el Louvre se negó a guardar durante la guerra por considerar que no tenían ningún valor.


A los 21 años heredó 34 millones de dólares, después de que su padre muriera en el hundimiento del Titanic. A partir de ello se refugió en una vida bohemia entre madrugadas de cóctel y estudios de artistas en los que desarrolló su mayor adicción: el arte. Curadora por intuición, sustentó mediante su discurso el movimiento del expresionismo abstracto. Como coleccionista y mecenas, llegó a comprar un cuadro al día guiada por sus corazonadas y su formación cultural, aunque su personalidad fue la clave de todo, pues ansiaba ser sorprendida e impresionada por piezas y perspectivas que estremecieran su mundo en estímulos sublimes. Un gran artista tendría que tener la capacidad para dejar sin palabras a Peggy, quien algunas veces escribió que no podía hallar mayor afrodisiaco que una buena charla.


Eclipsada por la sociedad machista y moralista, como tantas otras mujeres en la Historia, es más famosa por sus amantes que por su labor cultural. Regresó a Europa en la década de los 70, donde encontraría la felicidad en un palacio en Venecia rodeada por la mayor colección de arte moderno europeo y estadounidense, misma que al morir dejó bajo la custodia de su tío Solomon R. Guggenheim bajo tres condiciones: que nunca se venda, nunca se separe y nunca abandone Venecia. Al final de su vida, su colección incluía piezas de Kandinsky, Man Ray, Rothko, Alexander Calder, Dalí, Francis Picabia, Mondrian, Braque, Miró, y Magritte, entre otros.


Poco se ha escrito sobre la vida de la mujer-museo más importante de la historia del arte, no hay una película que narre su vida y aún no se ha reconocido completamente la trascendencia de Peggy. Pero a pesar de que la han sustraído de los libros, es un hecho que no se puede ser un amante del arte sin pensar en los museos Guggenheim, y que su colección es la causa del arte moderno y de que Nueva York sea considerada capital mundial del arte.


Peggy fue un museo, una obra, una gestora cultural, una mujer amante de los placeres de la vida, y adicta al legado que hoy resguardan las paredes de la franquicia de museos que lleva su apellido. El arte su verdadero amor, el "príncipe azul" que la llenó de felicidad, libertad y alivió los pedazos rotos de su corazón. Peggy sentó las bases del arte contemporáneo al definirse no como una coleccionista, sino como un museo. Y lo fue. Tal y como fue escándalo, libertad sexual y la mayor hedonista intelectual que la Gran Manzana haya conocido.




Mercedes Sosa (Cantante de música folclórica, Argentina, 1935)

Por Regina Mendoza / Ilustración por Laura Hernández Cortés



Hubo una época, allá por 1970, en la que las casas latinoamericanas se llenaron con una melodía fúnebre, victoriosa y redentora: "Gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la marcha de mis pies cansados", rezaba. Esa irrupción paradigmática sucedió gracias a una mujer, una que poseyó la voz de América Latina, una que contuvo la semilla de la canción popular, esa que se siembra, que crece y se deshoja sin importar la estación del año. Mercedes Sosa, se llamó.


Mercedes nació en una familia pobre y con una característica profética que determinó el curso de todo: el contacto inevitable que tuvo con el folklore sudamericano. Desde que Mercedes nació fue semilla de bugambilia, de tulipán o, quizá, de girasol; ella había nacido en "El Jardín de la República". Y sí, Mercedes siempre fue flor de miles de jardines latinoamericanos. Durante su juventud se fusionó con las artes: bailaba, daba clases de danza folklórica y cantaba. Claro, cantaba. A los 15 años participó en un concurso radiofónico y lo ganó. Ahí comenzó todo para "La Negrita", quien tal, como se refirió a Violeta Parra, otra luchadora, todavía era "un corderillo disfrazado de lobo".


Ya a la mitad de sus 20, la música folklórica empezó a tomar las riendas de las manifestaciones artísticas más populares en Sudamérica, algo que se dejó guiar por el peor de los males humanos: el consumismo banal. Eso, precisamente, activó la maquinaria luchadora y rebelde de Mercedes, quien cantó desde entonces y hasta el último día de su vida para que la música argentina se revitalizara y volviera a sus orígenes. En el camino impregnó sus melodías con pinchazos de protesta y rechazo a la moda efímera y burlona.


Así, se convirtió en una de las madres del "Movimiento del Nuevo Cancionero"; cantares que le daban prioridad a las fuerzas más importantes de la naturaleza: los sentimientos humanos. Desde entonces, Mercedes se encargó de llenar plazas, mercados, universidades y recintos culturales. Todo por una sencilla razón: ella era la voz del pueblo, hablaba por y para los reprimidos y les hacía saber que cada uno de ellos era el elegido. El nombre de su primer disco y de muchas de sus canciones resume esa esencia: "Canciones con fundamento", "Canción para mi América", "Zamba para no morir",


"La Negrita" se consagró cuando obtuvo un reconocimiento durante el Festival Nacional de Folklore de Cosquín, celebrado en 1965, fecha en la que su voz llegó a toda la Argentina. Esa jornada es recordada por sus biógrafos como la tarde en la que se convirtió en la Mercedes que hoy recordamos con tanta nostalgia y emoción.



Mujeres en el math

Por Zamara González / Ilustración por Mil Marianas



Matemáticas y rock: dos cosas prohibidísimas para una niña de las que nunca me pude alejar. Y aunque después la vida me llevó por otros caminos, en mis 20 —y después de un largo camino a través de géneros musicales en los que como mujer "me veía bien" o "me veía mal"— redescubrí esos dos pilares de mi infancia en algo que era completamente nuevo para mí: el math-rock. Profundamente analítico, obsesivamente simétrico e inesperadamente emocional, en el math-rock encontré un oasis para refugiarme de esa idea de que el sentimiento está peleado con la precisión; y que por eso, como parte del "género emocional", no soy bienvenida en la supuesta frialdad del contrapunto, los acordes disonantes y los ritmos atípicos del math. Pero lo cierto es que me ha vibrado el tuétano escuchando math tanto como cualquier otra canción folky en círculo de Sol que se canta con mucho sentimiento.


En la escena de esta "música para clavados" nunca me han hecho el fuchi por ser mujer, afortunadamente. No sé si porque ya estoy vieja para esos conciertos y me topo con chicos y chicas que, como dicen, ya traen otro chip en su conciencia de género; o porque el math-rock es un espacio seguro dentro del salvaje mundo de la música —que, poco a poquito, tiene mayor presencia de mujeres intérpretes, instrumentistas, compositoras y productoras de enorme fuerza y talento. Pero bueno, todo lo que pueda decir al respecto de la escena son especulaciones y detalles de mi experiencia. Lo que no se presta a especulación es el talentazo de las siguientes mujeres y lo mucho que han aportado no sólo al math-rock, sino a la música del nuevo milenio.


Ikumi "Ikkyu" Nakajima (voz y guitarra), Motoko "Motifour" Kida (voz y guitarra), Hiromi "Hirohiro" Sagane (bajo), Yuusuke Yoshida (batería), de la banda japonesa Tricot (2010). La “banda de chicas” por excelencia. Tienen tres álbumes de larga duración y cuatro EPs. Son una inyección de velocidad y adrenalina.


Taf Chang, bajista de la banda taiwanesa Elephant Gym.


Las prodigios Abby Black y Karla Bernasconi de Date Stuff, un dueto de Chicago. Aunque sólo tienen un EP, los que hemos escuchado las cuatro canciones en repeat por horas nos morimos de ganas de ver qué es lo que viene en su trayectoria.


Lucy Evers, la voz de Orchards, una banda inglesa de math-pop.


Elle Price de Signals, vocalista y pianista de la banda inglesa que se inclina de repente hacia el jazz.


Stacey, bajista master de la precisión de Axes, una banda inglesa con un sonido ligeramente más pesado.


Yvette Young, guitarrista y líder de la banda estadounidense Covet.




Leonor Salazar (Trabajadora doméstica y bruja, Coahuila, 1951)

Por Aleida Belem Salazar / Ilustración de Sofía Perusquia



Todas las niñas esperan que su infancia sea feliz: sentirse queridas por sus familias, jugar con sus amigas y amigos, aprender cosas nuevas todos los días; sin embargo, a Leonor no le dieron la oportunidad de estudiar, tuvo que comenzar a trabajar desde antes de los seis años porque debía ayudar a mantener a su familia.


Lavó trastes, ropa y pisos ajenos. Aprendió a cocinar para alimentar a otros. Dedicó su vida entregada a todos menos a ella. Es probable que de niña jamás hubiera imaginado que había nacido con un don y un propósito: el de sanar y aliviar el dolor de los demás. Esto lo supo al crecer. Debió sentirse incomprendida y sin saber lo que le sucedía, cómo era posible que pudiera hablar con espíritus, pronunciar conjuros y hacer brebajes que pudieran sanar a otros.


Quiero creer que Leonor creció feliz. Ojalá lo hubiera sido. Se casó y tuvo seis hijos. Pero fue hasta su último hijo que pudo por fin aprender a leer a través de Plaza Sésamo, aunque nadie supo cómo fue capaz de aprenderse tantos rezos si no sabía leer ni escribir.


Leonor fue médium. La Virgen de Guadalupe y Juan Diego pudieron enviar mensajes a través de ella. En su cuerpo habitaron no sólo los santos también las almas en pena. Leonor cambió la vida de las personas en su paso por este mundo, y el último acto de amor que hizo, sin saber que su vida y la de sus hijos cambiarían por completo, fue permitir que Juan Diego bajara a través de ella para que él le avisara a su hija de 15 años que su madre pronto moriría, porque ya la necesitaban en el cielo.


Quiero creer que Leonor fue feliz, y que gracias a su bondad y amor me cambió la vida, aunque no pude conocerte, abuela.



Todas estas historias están inspiradas en las mujeres que Elena Favilli y Francesca Cavallo han recopilado en sus libros Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes parte 1 y parte 2, publicados por editorial Planeta.

TAGS: Feminismo Mujeres
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