Historia

Por qué las mujeres han tenido que encargarse de los hombres y el hogar a través de la Historia

Historia Por qué las mujeres han tenido que encargarse de los hombres y el hogar a través de la Historia

Históricamente y a nivel mundial a las mujeres se les ha asignado la labor de cuidar del hogar y de sus integrantes, mientras que a los hombres su labor ha sido la de proveedor del hogar. Una de las justificaciones que se han dado para mantener esta práctica social se enfoca en las diferencias físicas; la primera tiene que ver con la constitución biológica y fisiológica, por lo que de manera errónea se ha creído que es "el sexo débil"; y la segunda tiene que ver con la maternidad "porque la mujer es quien lleva a las y los hijos en el vientre, es la más apta para encargarse de ellos de por vida".


En este último punto, bajo hechos empíricos, se ha demostrado que dicha situación biológica no es un obstáculo para que las mujeres puedan desarrollarse en otros ámbitos de la vida. Se recalca este hecho porque el proceso fisiológico y biológico de tener una hija o hijo, requiere de un tiempo para recuperarse, al final el cuerpo de la mujer que ha parido vuelve a funcionar de la misma manera que lo hacía antes; sin embargo, el aspecto social y cultural sí han sido un obstáculo para que las mujeres se desarrollen plenamente en todos los ámbitos de la vida cotidiana. Las prácticas que reproducen las ideas de la inferioridad por motivos del sexo biológico han creado un muro social para ellas; cada ladrillo puesto por la generación anterior que educa bajo la misma línea de una concepción cultural de desigualdad entre ambos sexos.


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Uno de los motivos por lo que se ha cuestionado la división sexual del trabajo dentro y fuera del hogar, es debido a las reestructuraciones que se han dado fuera del medio familiar, y estos últimos repercuten en la organización familiar; el cambio de uno afecta al otro. Dentro de esos factores externos, es el trabajo en el mercado laboral el que ejerce mayor influencia para que la estructura familiar se adapte.


En México, en décadas anteriores a los años 70, el modelo familiar del hombre proveedor y la mujer al cuidado del hogar, tenía una relación cercana con la oferta de trabajos que había entonces, los llamados empleos típicos: jornada laboral a tiempo completo, estancia del trabajador hasta la jubilación, prestaciones y seguridad social, poder adquisitivo salarial que permitía la manutención de la familia completa y cubiertos sólo para los hombres; sin embargo, a finales de dicha década, el mercado laboral comenzó a tener cambios estructurales, guiados por el modelo económico neoliberal, que viraron hacia la flexibilización y precarización del mercado laboral: jornadas, contratos temporales y erosión de los salarios. Con estos cambios no era posible que una persona proveyera de recursos económicos al hogar, es entonces cuando las mujeres empezaron a insertarse en el mercado laboral remunerado. Pero a diferencia de los hombres, ellas ocuparon los trabajos flexibles, a jornadas parciales, desprovistas de seguridad social y de bajo poder adquisitivo. En síntesis, se emplearon en los trabajos precarios que se ofertaban.


Situación que lejos de mejorar las condiciones de vida de las mujeres, las subordinó a dobles y triples jornadas, ya que ellas aún se hacían cargo del hogar, esto debido a que las prácticas sociales y culturales permeaban la idea de que "nadie mejor que ellas" para ocuparse de la casa y todas las actividades que implicaban.


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Los trabajos precarios a los que accedieron estas mujeres, no sólo les dejó escasos recursos económicos —bajos sueldos—, lo que se tradujo en altos niveles de pobreza con rostro de mujer, así como de tiempo para ellas; es decir, las mujeres que se insertaron al mercado laboral y aún atendían las labores del hogar tenían —y tienen— un déficit de tiempo, para su cuidado, descanso e incluso capacitarse y desarrollar nuevas y mejores habilidades para insertarse al mercado laboral formal, en el que por lo general se encuentran los empleos de buena calidad; por consiguiente, el acceso a una mejor calidad de vida, lo que da como resultado un ciclo tautológico de pobreza por ingreso de recursos y pobreza de tiempo.


Ahora bien, para las mujeres que no se llegan a ocupar en un empleo, su situación es todo menos privilegiada, ya que quienes se encargan de las labores del hogar —un trabajo de distintas horas al día y sin remuneración alguna—, no pueden desarrollar las habilidades que el mercado demanda, lo que minimiza sus oportunidades de empoderarse en todos los ámbitos de la vida. Quedan atadas al hogar, y cuando deciden salir de este ámbito se les dificulta su plena inserción, pues, al igual que las mujeres que llevan dobles y triples jornadas, la pobreza de tiempo y escasa calificación es una de las constantes.


Pese a que la labor que se desarrolla en casa contribuye a que quienes cuenten con un empleo y tengan mejores oportunidades que ellas —ya que se les suministra de ropa limpia, comida y un espacio para descansar— no les es reconocido ni valorado por quienes se sustentan como proveedores económicos del hogar, se minimiza, o en el peor de los casos, se invisibiliza; sin embargo, esta labor tan importante es un pilar para que la sociedad y la economía se reproduzcan a nivel macro.


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Debido a esta situación de desigualdad que se refleja en su pobreza de tiempo y de ingresos, es necesario y, evidentemente urgente, que haya un cambio cultural en las relaciones sociales que afianzan una desigualdad estructural, en este caso abordado desde las labores del hogar, los cuidados, el tiempo y los empleos, pero, ¿cómo?


En primer lugar, al transformar la idea de que si mujeres y hombres trabajan de manera remunerada, él no “ayude en las labores del hogar y cuidado de las y los hijos”, sino que se piense en un reparto, de manera equitativa, de estas actividades, para que así ellas también puedan disfrutar de su tiempo, que lo inviertan en más y mejores oportunidades para una buena calidad de vida. El cumplimiento de esta nueva concepción cultural es responsabilidad de quienes comparten el hogar.



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Bibliografía

Carmen Castro García y María Pazos Morán, Hombres, Cuidados e Igualdad de Género; Fundamentos para la equiparación efectiva entre los permisos de padres y madres, 2011, http://www.cime2011.org/home/panel1/cime2011_P1_PPiiNA.pdf fecha de consulta 15 de marzo 2016.

Comisión Económica para América Latina y el Caribe, 2016, “Autonomía de las mujeres e igualdad en la agenda de desarrollo sostenible”, Santiago Chile http://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/40633/4/S1601248_es.pdf


Referencias: