La hidra mexicana: razones por las que el narcotráfico se ha convertido en una lucha sin final

Con el paso del tiempo, el narcotráfico en México se parece más a la Hidra, ese terrible monstruo griego con cabezas infinitas.



La Hidra, una criatura mitológica de la cultura griega cuyo atributo principal era ser una gigantesca serpiente de dos o más cabezas. El mito recita que esta bestia tenía la capacidad de regenerar dos cabezas por cada una que perdía, lo cual la hacía temible; sin embargo, como cualquier mito no era más que parte de un sistema de creencias sociales que forjaban la moral y patrones de buen comportamiento dentro del pueblo griego; y digo pueblo por puro convencionalismo, pues para ese momento Grecia era un conjunto de ciudades-Estado que rivalizaban entre ellas en ocasiones.


La Hidra griega entonces, al ser un mito, se convierte en una explicación o enseñanza de algo que puede tener múltiples interpretaciones, y muchas de estas se adaptan a la contemporaneidad en diversos contextos. Algo nada sorpresivo si se tiene en cuenta que la cultura griega, de manera sutil o impuesta, es la cultura madre y hacedora de lo que hoy es el Occidente. Cada nación tiene su propia Hidra, o en otras palabras, problemas con los cuales lidiar producto de las circunstancias internas y externas. En realidad, las problemáticas de cualquier tipo tienen antecedentes directos e indirectos, además de que no son unidimensionales, ya que las facetas de la misma son múltiples. Esto desemboca en que la situación a tratar se complique, pues no sólo basta con analizar el problema principal, sino que es necesario hacer un análisis de las otras problemáticas que la acompañan. De lo contrario, tan sólo estaríamos cayendo en el repetido error de segmentar, tratando cuestiones polifacéticas como unidades diferenciadas que no tienen nada que ver una con la otra. En otras palabras: cortando la planta del tallo pero dejando intacta la raíz; cortando una cabeza, mientras surgen otras.





Así pues, durante años la estrategia de combate contra el narcotráfico en México estuvo basada en arrestar o abatir a los principales cabecillas de estas organizaciones. No obstante, el resultado siempre fue el mismo: la fragmentación de los carteles en grupos que competían por el poder, el enfrentamiento entre los mismos y la aparición de nuevos carteles que sólo venían a complicar el escenario nacional en cuestiones de enfrentamiento del crimen organizado. Esto se apreció durante el sexenio del ex presidente Felipe Calderón, en la llamada “guerra contra el narcotráfico”, que dio como resultado un aumento prácticamente desenfrenado de la violencia que iba en escalada, una fragmentación nacional descomunal y la normalización de la violencia que día a día nos interpelaba como ciudadanos —y que por cuestiones de salud mental más que por falta de empatía, la psique deja de atender. La cultura mexicana cambió por completo, los protocolos de comportamiento público y privado se modificaron tendiendo a la introversión del individuo; y el Estado mexicano, junto a su aparato represivo, parecían rebasados por el poder fáctico que representaba y continúa representando el narcotráfico.


Tal parecía que por cada cabeza que el Estado cortaba, al narcotráfico le salían dos. Por supuesto esto debilitaba las estructuras internas de los grandes cárteles, pero igualmente actuaba como un fenómeno amplificador de violencia, pues si bien la capacidad coercitiva y de trasiego de drogas se disminuye al fragmentar un gran cártel, las pequeñas células resultantes de esta división se disputan los territorios que han quedado con un vacío de poder que no logra llenar ni otro poder fáctico, ni el mismo Estado. La hidra mexicana parece no tener fin, y es que los planes ejecutados han resultado ineficientes, siempre basados en la confrontación directa a pesar de la recomendación de académicos y ONG que sugieren otro tipo de estrategias; como la necesaria atención que merecen cuestiones como la pobreza y marginación, que son las problemáticas que más facilitan la anidación y propagación de estos grupos delictivos.





Quizá la verdadera pregunta no es cómo acabar con esta problemática, sino más bien si el gobierno realmente quiere acabar con esta misma. Al final de todo, no es un secreto que los tres pilares de la economía mexicana son las remesas, el sector energético petrolero y el narcotráfico. El presidente electo y próximo a asumir la presidencia, Andrés Manuel, tiene ante sí una Hidra que no reparará en continuar devorando al país; y tiene frente a él una apuesta que bien se puede tornar en su propia condena al fracaso: continuar con la estrategia seguida hasta ahora y perpetuar el plan Mérida con colaboración directa de los Estados Unidos; atender a sugerencias de académicos, intelectuales y ONG para trasladar esta lucha a otro plano, al mismo tiempo que se intenta disminuir el impacto económico que esta acción tenga; o iniciar sin más una amnistía, que si bien no deja el crimen impune, igualmente puede fungir como arma de doble filo de no sobrellevarse bien.


Otorgar y demandar un simbólico perdón ha demostrado no ser la mejor solución de todas, ejemplos los tenemos alrededor de los tiempos y naciones: Chile, Colombia o Argentina, la paz sin justicia irónicamente carece de esencia. México tiene en los tiempos venideros una triple apuesta que hacer: paz, justicia o dinero. Alrededor de este nuevo sexenio, veremos cuál de ellas le termina pesando más al presidente electo. Mientras tanto, la Hidra mexicana sigue más presente que nunca.


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