La operación secreta de la CIA que cambió la literatura mundial

Jueves, 11 de enero de 2018 11:48

|Eduardo Limón
operaciones secretas de la cia

Las noticias falsas no son nuevas. Los sesgos culturales tampoco. Entonces, ¿cuándo y cómo inició esta tendencia de comprar medios y audiencias?

En las últimas semanas –incluso meses o años– seguramente has descubierto un sinnúmero de publicaciones dudosas, falsas o realmente estúpidas. Un sinfín de notas que juegan con la realidad y prácticamente reescriben la historia. Pero más allá de ser textos realizados con toda intención o que formen parte de grandes y respetadas editoriales, ¿es gratuita su existencia?, ¿por qué hay un actual bombardeo de información ambigua?, ¿hay motivos ocultos para que esto pase de ser una broma a un estratagema político?


Esto, que podríamos catalogar como una corrupción de la cultura, es lo que expone Joel Whitney en su libro Informantes: Cómo engañó la CIA a los mejores escritores del mundo. La instrumentalización de la escritura y su masividad cual recursos de movimiento (re)generacional tanto en los espacios públicos como ideológicos es su tema central.


El trabajo periodístico y que juega con las posibilidades creativas de la literatura contemporánea vista por este investigador, explora aquel programa encubierto durante la Guerra Fría en que la CIA creó docenas de revistas y corrompió las carreras de muchos columnistas.


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Algo que podríamos catalogar como "La Guerra Fría Cultural" cuenta con un peculiar subgénero –gracias a la advertencia de Whitney– enfocado en el terreno de las letras. La participación de la CIA en la propaganda anticomunista evidentemente se conoce desde hace mucho; sin embargo, y a partir de investigaciones como la de este periodista, podemos encontrar la sorprendente influencia en las carreras tempranas de escritores (izquierdistas) como James Baldwin, Gabriel García Márquez, Richard Wright y Ernest Hemingway.


Esto no quiere decir que alguno de estos autores o ciertos intelectuales –que pueden ser de tu agrado o no– deban su profesión, carrera o éxitos a ello. De hecho, Whitney escribe ese libro justamente para denunciar no a los escritores, sino a las medidas que tomó la CIA para hacer de cada hombre de letras una herramienta para sus intereses.


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Por ejemplo, ese paisaje de "post-verdad" de los medios de comunicación que utilizamos para abrir este texto, no es el mismo que aquellos literatos vivieron; no había algoritmos de Facebook ni discursos nacionales filtrados en cualquier medio de entretenimiento. Sin embargo, ese esquema de historias distractores en nombre del gobierno –especialmente de Estados Unidos–, sí que es un elemento presente en nuestra tradición desde hace ya bastante tiempo.


Y es que sus producciones (artículos, ensayos, notas y demás) no tenían que ser necesariamente propagandísticas. Bastaba con que voltearan hacia otro lugar o, con ligereza, propiciaran otra mirada hacia Estados Unidos; por ejemplo, velar temas sobre la Revolución Cubana con problematizaciones suaves e incluso superficiales.


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El caso estelar de la investigación difundida por Whitney es la revista Paris Review. Páginas cuyo fundador, Peter Matthiessen, era un agente de la CIA; un hombre encargado de ofrecer una perspectiva de izquierda moderada capaz de ganar confianza entre los lectores latinoamericanos, pero que de fondo buscaba brindar información que silenciara perspectivas radicales de la política no-estadounidense.


Podemos generar, claro, un paralelismo entre el actual fake news y este viejo contexto de ocultamiento, de giro de perspectivas y visiones; podemos incluso decir que el Deep State del Tío Sam corrompió la escritura de muchos autores. Pero enfrascarlos en una esfera de conspiración y negar la necesidad de un ingreso económico cuando eres un joven humanista, es también perder de vista un sistema más complejo que no se reduce a los buenos y los malos.


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Este programa a gran escala, pensado hasta la obsesión y dimensionado de manera tal que no hubiera escapatoria en un rally llamado “supervivencia creativa”, nació específicamente en Yale. Se desarrolló en New York y se se ejecutó por el gobierno norteamericano, por supuesto, pero esta llamada militarización de la cultura comenzó en la universidad norteamericana y se planeó para Europa y Latinoamérica en un intento por reformar las apariencias del país.


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El profesor Norman Holmes Pearson, el oficial de inteligencia que reclutó a Matthiessen en la CIA, es el personaje clave para explicar la política cultural de una revista presuntamente apolítica como la Paris Review. Este hombre, mezcla de literatura y espionaje, regresó al mundo académico tras dedicarse varios años a los servicios estratégicos para hacerse cargo del programa de Estudios Americanos de Yale. La cuna desde la que se desarrolló un cambio de estéticas –en su sentido etimológico más puro– sobre EUA y una gerencia internacional de reconocimientos artísticos que se aprovechaba de las mentes más planas del mundo. Ésas que no entienden cómo un sistema nacional de cultura puede estar emparentado a las políticas de Estado, ésas que hoy calificamos como baby boomers o que se asumen dentro de la supremacía clasemediera aspiracional.


En todo caso, ya sean esos sujetos obtusos u otros que sólo saben de miradas polarizadas, reducir el trabajo de esos escritores involucrados en la oscura red de la CIA es tan absurdo como pensar que todo el cuerpo de su obra –en especial de Hemingway y otros nombres manchados– se enfocaba a la causa yanqui.


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Eduardo Limón

Eduardo Limón


Editor de Moda
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