Los demonios del mar que aterrorizaron a Suramérica

Los demonios del mar que aterrorizaron a Suramérica

Por: Daniel Lobos Jeria -



Los corsarios eran navegantes particulares que recibían la patente de “corso”, un permiso legal de un Estado para perjudicar a un país enemigo. A mediados del siglo XVI, España tenía el cabotaje y monopolio comercial de los productos en América —incluida la explotación del oro y la plata. Inglaterra, Holanda y Francia, al entrar en guerra con la Corona ibérica, autorizaron a estos “piratas legales” a robar y saquear barcos, puertos y emporios fundados por el imperio español.

Los piratas también son navegantes. El término tiene su origen en el concepto griego peirates, que significa “el que emprende” o “el que intenta fortuna”. Los piratas funcionaban al margen de toda ley y no actuaban bajo el patrocinio de ninguna nación, como lo hacían los corsarios. Ahí reside su principal diferencia. Su símbolo era la bandera negra con la calavera y los huesos cruzados, llamada “Jolly Roger”.


piratas que aterrorizaron los mares


El pirata era romántico porque luchaba contra el sistema. En cambio, el corsario estaba integrado en él e incluso lo defendía desde cierto punto de vista ético.

Si bien estos dos bandos fueron famosos en sus andanzas por las costas de Centroamérica, el Caribe y hasta los ricos emporios litorales de Perú, también son destacables sus acciones por el Cono Sur del continente americano, principalmente en Chile, en cuyas frías costas también podían enterrar míticos tesoros robados a una flota de galeones o saquear las nuevas ciudades fundadas en tiempos de la Colonia española.


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En Chile las correrías más importantes de estos “delincuentes coloniales” empezaron en el siglo XVI y afectaron principalmente a las ciudades de Coquimbo, La Serena, Valparaíso, Valdivia y la Isla de Chiloé, que era fuertemente defendida por España mediante la construcción de fuertes y de su marina.

Uno de los pioneros y al mismo tiempo el corsario más famoso fue el inglés Francis Drake, quien tuvo una breve aparición por el Río de La Plata en 1578, hasta llegar al Estrecho de Magallanes, llevando sus correrías desde Chile hasta las costas de México, donde atacó a poblaciones indefensas. Al sur de Chile, en Isla Mocha, fue herido en el rostro por una flecha indígena. También en 1578, en Valparaíso, se apropió del oro, vino y provisiones que tenían como destino el Virreinato de Perú e incluso saqueó los escasos tesoros de la iglesia local. Más al norte fue rechazado por los habitantes de la ciudad de Coquimbo. Ya en Callao, Perú, cortó los amarres de 12 navíos en el muelle. Curiosamente Drake fue nombrado caballero por la reina Elizabeth, sobre todo como una burla a las protestas españolas. La Corona española representaba todo un paradigma católico diametralmente opuesto a las ideas protestantes de la monarquía inglesa.


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Francis Drake


Otro corsarios ingleses famosos de finales de siglo XVI y principios de siglo XVII fueron Thomas Cavendish, uno de los primeros en circunnavegar el globo y quien saqueó poblados en Perú y en Chile apresó a varias embarcaciones; Edward Felton, quien estableció sus fechorías en las cercanías al estuario del Río de La Plata; Richard Hawkins y Edward Davis, quienes atormentaron las costas chilenas, y Woodes Rogers, quien rescató a Alejandro Selkirk (inspiración del clásico Robinson Crusoe, de Daniel Defoe). Entre 1740 y 1744 fue vista en Chile una de las últimas expediciones corsarias que recorrió las costas del Pacífico, a cargo de George Anson.

Uno de los piratas más infames en las costas del litoral chileno fue el inglés Bartolomé Sharp, quien primero incursionó en saquear poblados peruanos. Luego fue rechazado en la ciudad de Arica, donde se cree que está su tumba. Este bucanero azotó a la ciudad de La Serena en 1680, donde no sólo robó las pertenencias de los habitantes, sino que la secuestró para exigir un pago por el rescate de la ciudad a sus moradores. Al no recibir ningún tesoro a cambio, le prendió fuego.


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Viñeta de Bartolomé Sharp en La Serena

También a las costas chilenas llegaron corsarios holandeses como Baltasar de Cardes o Hendrik Brouwer, quienes atacaron la Isla de Chiloé y establecieron la ciudad como base de sus fechorías. Brouwer murió en el lugar tras sufrir una fulminante enfermedad. Algunos incluso intentaron colonizar Valdivia o establecer alianzas con el pueblo mapuche, como fue el caso de Elías Herckmans. También hubo algunos que padecieron grandes penurias, como la expedición liderada por Jacob Mahu: enfermedades como el escorbuto y las duras condiciones —frío extremo y hambre— acabaron con la vida de 200 marineros en las cercanías de la región de Magallanes. El último corsario holandés fue Jakob Roggeveen, famoso por descubrir en 1722 la Isla de Pascua.

En Argentina se dio un fenómeno totalmente distinto. La aparición de los corsarios aconteció en el siglo XIX y ayudaron a combatir el monopolio español de los puertos del Mar del Plata, acciones que tuvieron una incidencia directa en el proceso independentista de este país. Otro factor diferente es que estos corsarios eran de nacionalidad estadounidense, francesa o irlandesa, pero actuaban bajo bandera argentina.

Se cree que aún hay tesoros enterrados de estos “demonios del mar”, como los llamaban en el pasado. En la bahía de Guayacán, en Chile, se han encontrado piedras con extrañas escrituras similares al hebreo, así como documentos con el mismo patrón o monolitos cerca de la costa que apuntan hacia complejas direcciones, lo que hace pensar que un tesoro todavía no descubierto se encuentra en este lugar cerca de Coquimbo. El sitio fue visitado primero por Francis Drake y años mas tarde por su hijo, Enrick, quien se congregó bajo extrañas circunstancias con otros piratas en la costa.


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Los piratas no se paseaban en sus buques con sus botines a bordo, ya que esto era perjudicial para la moral de la tripulación. Era necesario enterrar los tesoros robados, pues así podían saquear nuevas fortunas para gastar antes que la muerte los encontrara.

Corsarios y piratas, hombres que vivían al límite del peligro, amaban la codicia y repudiaban el trabajo. Ellos siempre tuvieron la disposición de usurpar y tomar por la fuerza la riqueza de los demás, sin importarles si la vida se le fuese en ello. Los mares de Suramérica y del mundo aún guardan celosamente la historia de aquellas pasadas fechorías.


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Referencias: