La historia del San Pedro, la planta alucinógena que fue usada en Perú para infundir terror

Miércoles, 4 de abril de 2018 14:12

|Esteban López Guevara

El régimen teocrático en la cultura chavín legitimó a los sacerdotes como divinidades y su accionar con la ingesta de plantas que alteraban la mente

Tal vez la referencia más inmediata sobre el San Pedro para muchos sea Crystal Fairy & The Magical Cactus (Sebastián Silva, 2013), una película protagonizada por Michael Cera, que cuenta una tragicómica historia de un viaje obsesivo por Chile para llegar al destino alucinógeno que depara la planta. Sin embargo, su historia se remonta mucho más atrás. Muchas culturas del Perú antiguo siguen siendo una incógnita en lo que respecta a sus procesos de desarrollo civilizatorios, en sus técnicas médicas, agrícolas, entre otras, pero sobre todo en las representaciones de su poder místico-religioso. Un ejemplo fehaciente fue la cultura preincaica chavín, que consagró a las élites sacerdotales como un pilar fundamental de las civilizaciones nacientes de Mesoamérica. No obstante, lo interesante de esto que sus prácticas y métodos intermediaron entre el sacerdote, el plano místico y el pueblo.


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Echinopsis pachanoi, planta cactácea con propiedades alucinógenas, más conocida como San Pedro


Esta cultura, que se desarrolló entre los años 1200 a. C y 200 a. C, tuvo como centro ceremonial al complejo arqueológico Chavín de Huantar. Este lugar, para el antropólogo y arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras, ejerció como centro de actividades religiosas en el cual la ingesta de sustancias psicotrópicas era algo usual. Estos agentes alucinógenos conjeturaban el efecto transformador que los sacerdotes buscaban para la comunicación con los poderes invisibles que afectaban el mundo natural. Por otra parte, este viaje en el que el individuo era inmerso se maniobraba entre el respeto y terror divino debido a los efectos acústicos y arquitectónicos del centro de culto y las alucinaciones a los que la mente era inducida. Esto legitimaba de manera convincente la posición del sacerdote en la estructura teocrática. No resulta entonces sorpresa distinguir que esta cultura no tuviera un ejército de guerreros. Se gobernaba a través del poder ritual, no bélico. Pero ¿qué planta podía producir esta aceptación de un gobierno del terror mental?


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Echinopsis pachanoi, comúnmente llamada San Pedro, es de la familia de los cactus y fue la planta predilecta en el núcleo de esta civilización. Entre sus componentes destaca un alcaloide denominado mezcalina, el cual provoca cambios en la percepción y especialmente crea alucinaciones que pueden ser inducidas y utilizadas como instrumento de control social. Su preparación se basa en una decocción de la planta y se ingiere como una bebida amarga. Leonardo Feldman, magíster en Antropología Andina por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la acuña como “la planta del poder”, pues expresa el modo en que es considerada por el hombre andino desde tiempos prehispánicos. En este contexto la planta es característicamente ritual y comunal, pues de manera general era usada dentro de toda una performance de construcción de rito y terror.

Como se ha hecho mención, y como muchas personas defienden, el uso del San Pedro por sí solo no tendría por qué ocasionar percepciones, visiones ni una comprensión homogénea de su sociedad. Es en la teatralización de la práctica ritual donde se catalizan los comportamientos esperados sobre quienes se quieren incidir. Se dispusieron tres mecanismos que de forma articulada crearon la sensación y perspectiva de horror: la planta psicoactiva, la infraestructura del templo Chavín de Huantar y las imágenes zoomórficas de los sacerdotes.


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Estas ruinas fueron hechas de bloques macizos de piedra de entre 15 a 20 metros de altura, donde fueron talladas figuras como el jaguar y la serpiente, posiblemente dioses animados que resguardaban la ciudadela. En la plaza central el sacerdote realizaba la acción ceremonial. Por medio de una concha marina creaba eco y profundidad del sonido, lo que repercutía en los más de 3 kilómetros de canales subterráneos que franqueaban todas las paredes del templo e intensificaba su efecto al recrear una atmósfera tétrica y emular el rugido abrumador de un felino. Esta arquitectura megalómana fue un factor de influencia esencial en la creación de los imaginarios de la población chavín.

Por otro lado, los sacerdotes actuaban de forma determinante en el recorrido por el viaje astral del inducido. Sus actos comprendían la danza y la transición física del mundo humano al mundo animal. El uso de las máscaras por parte de los sacerdotes no es claro, pero si sus representaciones artísticas son fieles a su historia, posiblemente la narrativa se dirija en el camino correcto. Las cabezas clavadas, por ejemplo, eran parte de todo el perímetro del complejo y retrataban la transición de un ser humano a un jaguar. El objetivo era reconocer que la divinidad se encontraba en un mundo no-humano, de modo que para alcanzar el alumbramiento de la deidad se debía recurrir a las alteraciones de la conciencia.

Esta zoomorfización inducida no sólo fue representada en las posibles máscaras que llevaban sobre sus rostros los sacerdotes. La metamorfosis del hombre a animal fue transversal a todo el movimiento artístico de los chavín. El Lanzón Monolítico se consolidó como la iconografía representativa del dios de la cultura. Esta escultura sobrenatural medía cuatro metros y medio de altura y poseía rasgos antropomorfos y zoomorfos. Por ejemplo, los cabellos y cejas se dibujaban en forma de serpientes, de entre los labios de la boca salían dos desafiantes colmillos de felinos y sus manos y pies cobraban vida en forma de garras. La presencia ante el Lanzón, la parafernalia del sacerdote y la intoxicación con San Pedro producían efectos animados y de humanización de la escultura, lo que persuadía a la mente a un hábitat tétrica y de frenesí terrorífico frente al misticismo que se desprendía de aquello.


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Sin embargo, estas no fueron las únicas manifestaciones culturales de la práctica ritual-religiosa de la cultura chavín. El San Pedro aparece retratado tanto en la decoración de los templos como en artefactos móviles. Lumbreras señala que en excavaciones realizadas en el Templo del Lanzón Monolítico se rescataron 22 bajorrelieves que personifican un ser antropomorfo con atributos animales que sostiene en su mano un tallo de la planta de San Pedro. Esta figura se grabó bajo el nombre "el portador de San Pedro". Otras investigaciones han descubierto nuevas técnicas y tipos de sustancias alucinógenas que se emplearon en esta cultura. Se cree que instrumentos, como morteros y tubos de hueso, se utilizaron para inhalar algún tipo de polvo. Además, se han encontrado otros motivos similares del uso del San Pedro en la cerámica cupisnique, cultura surgida en un periodo anterior en la misma zona, que refleja la importancia de su adecuación en distintos periodos de la vida civilizatoria peruana.

Otras culturas en distintas ubicaciones del mundo también han usado algún tipo de sustancia psicotrópica como articulador entre su cosmovisión y realidad del mundo práctico. Mario Polia, antropólogo italiano, estudió durante muchos años las prácticas tradicionales de los curanderos de Huancabamba y Ayabaca (Piura-Perú), donde también, asegura, se usaron plantas psicoactivas. También en México, distintos pueblos originarios utilizan el peyote como remedio a males individuales y sociales.

Este repaso invita a repensar las funciones de esta sustancia muchas veces y descuidadamente llamada "droga recreativa", ya que aún persiste su uso ritual en algunas poblaciones del Perú. Es innegable el control mental a través del miedo que infundieron los sacerdotes chavín en su objetivo de ser vistos como divinidades; también es innegable la importancia del San Pedro para este propósito. Alfredo Menacho, antropólogo, acota que es “un prejuicio etnocentrista que niega, a priori, valores culturales acumulados a través de miles de años de experiencias prácticas en estas áreas, en las que la ciencia recién comienza a interesarse seriamente”. La importancia que reside en su acción ritual actual ya no se basa en autentificar su poder para el posicionamiento social-religioso sino en procurar una comprensión del mundo por medio de un prisma de realidades y percepciones que la conciencia puede producir y concluir que el plano en el que comúnmente se vive no es el único ni el más llamativo. Se observa entonces que la realidad no es más que el discurso colectivo que se crea para un determinado fin y esta realidad orwelliana sólo puede ser sostenida por los dispositivos de poder que se ponen en marcha para tal efecto.

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REFERENCIAS:
Esteban López Guevara

Esteban López Guevara


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