Historia

Psiquiatría, exorcismo y misterio en la clínica San Rafael

Historia Psiquiatría, exorcismo y misterio en la clínica San Rafael


"Ya no se es feliz, no hay explicación, no hay razón de nada. La sensación de malestar se vuelve manifiesta antes de la hora de dormir, maldices a los que te dañaron y a ti mismo […] Una pesadilla de vida, no se despierta, no tiene fin, se acrecienta, invade toda tu existencia, tu horizonte se cierra, todo es gris, el color desaparece. Creo que la esencia del hombre es su alma. Los electrochoques la matan, la ponen fuera del lugar, desfasada, su espíritu fue severamente destruido, no había amor ni perdón dentro de mí, quizá me encontraba como un animal, en el instinto más básico de destruirme a mí mismo y si era posible todo lo de mi alrededor. Eres un aborto de la estupidez humana, concebido por la iatrogenia psiquiátrica".

Cuando nuestra vida acaba, simplemente dejamos de sentir, de respirar, de anhelar algo, pero ¿qué pasa si nuestra vida acaba antes de morir? En ocasiones, algunos dejan de existir estando presentes, son parte del mundo pero no los vemos, los ignoramos y preferimos que pasen desapercibidos. La locura es uno de los más grandes tabúes de todos, porque aunque sea una enfermedad que intentamos controlar, nos da miedo, queremos no ser ellos, ser "normales", no oír voces y disfrutar la vida en la monotonía de nuestro mundo. 

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A un costado de la avenida Insurgentes, en la Ciudad de México, se ubicaba la clínica psiquiátrica más temida de todas: la Clínica San Rafael; en la que sabías, no resistirías más de algunos días antes de comportarte como todos los pacientes que había en su interior. Dentro de sus muros podían escucharse aterradores gritos que nos hacían pensar en las torturas más atroces.

archivo 253
Esta clínica fue construida en la segunda mitad de los años 40 por los religiosos de San Juan de Dios con la finalidad de dar atención a enfermos mentales, sin embargo los métodos eran extremos. Habían múltiples historias sobre el psiquiátrico y los mitos sobre éste fueron cada vez más constantes. Uno de ellos asegura que uno de los pacientes degolló al hijo de una señora que estaba de visita y luego entró a la capilla del lugar con el cadáver chorreando sangre. La energía negativa, seguramente, se sentía y muchos aseguraban que una sombra recorría la clínica y entraba a los cuartos de los pacientes; se sentaba en su cama y ellos refunfuñaban y discutían con ella como si se tratara de alguien real. Por más de 60 años, la clínica San Rafael funcionó como manicomio, y los rumores sobre lo que ocurría en su interior comenzaron a mermar su fama de "buen psiquiátrico".

Por su conexión con la orden religiosa, algunos aseveran que, más que el tratamiento estandarizado para pacientes en crisis, se practicaban intensos exorcismos para sacar a los demonios que provocaban la locura. Por montones, las pruebas comenzaron a aparecer en las redes sociales, y así, la ciencia y la religión tuvieron una estrecha relación.

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Los lugares donde se recluía a personas no estables o diagnosticadas con alguna enfermedad mental, fueron un semillero de una locura diferente. Una locura más aterradora, sin límites, satánica, lista para dañar y hacer que los pacientes se "curaran" con remedios que consideraban infalibles para "volverlos a la vida", pero esos remedios solamente los dejaba el resto de sus vidas con un hilo de saliva que escurría por las comisuras de sus labios.

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Uno de los casos más polémicos fue el de Mario Cantú, el hombre que fue encerrado y torturado sin siquiera necesitarlo. Algunos aseguran que fue su madre quien, después de una riña, pidió a los enfermeros que se lo llevaran. Anestesiado y desorientado se encontró en el interior del lugar sin poder hacer nada por salir.

En una entrevista en el periódico "El Día", Mario Cantú narra los terribles sucesos que ocurrieron en su estancia. Antes de entrar al sanatorio, la vida de Mario no había sido sencilla, siempre con el yugo de su madre y sin dejar que se independizara de su hogar. Después de que las palabras no pudieron sosegarlo, su madre consideró que sería buena idea unas terapias de electrochoques. 

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Así, el 10 de septiembre de 1980, unos enfermeros lo sorprendieron y se lo llevaron. La dirección: Insurgentes Sur 4177, Ciudad de México. El tiempo de encierro: 18 días que parecieron años enteros. Mario descubrió que estaba incomunicado y atado con unos grilletes en sus extremidades. Un hombre le colocó una diadema metálica en la cabeza y la electricidad recorrió su cuerpo.

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Muchos más como Mario estaban en la clínica. Personas de las que alguien se quería deshacer; personas sin memoria, extremadamente drogadas. Los empleados los atendían con amabilidad y preguntaban por la salud de los pacientes pero sabían que estaban ahí sin necesitarlo. Los electrochoques los hacían olvidar. Algo más se apropiaba de ellos, eran menos independientes, casi sin personalidad; esos pacientes vivían por vivir.

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Aquellos que antes estaban sanos, después de estar algunos días internados, lucían distintos. Eran personas nuevas: personas que parecían vegetales con piel humana. Los religiosos, quienes parecería, deberían hacer el bien, ignoraban lo que sucedía y formaban parte del entramado turbio del hospital.

Cantú regresó a su casa y tuvieron que pasar cinco meses para que recordara que quería abandonar su hogar. Sus padres se encargaron de reprogramar sus comportamientos y quitarle aquellas que parecían ambiciones vanas. Tan similar como en la película de Kubrick, "Naranja Mecánica".

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No sólo los electrochoques fueron parte del tratamiento de los reclusos de San Rafael. El aislamiento, la incomunicación, la asfixia por dióxido de carbono y tormentos psicológicos constantes, con amenazas recurrentes por hacerles lobotomías quirúrgicas.  

"No recuerdo cómo era mi persona antes de las sesiones de terapia electroconvulsiva ¿Cómo me van a reponer quince años de andarme arrastrando por el piso, con insomnio permanente, sufriendo la incapacidad de concentrarme más de dos horas? ¿Cómo me pueden reponer lo que yo era y todo lo que no he podido realizar?", comentó Mario Cantú en una entrevista realizada por "Excélsior".

Cantú asegura que el cómplice de su madre fue el doctor Pedro González Jáuregui. Cuando salía a la calle lo escoltaban dos agentes, y como en la Santa Inquisición, los religiosos de estas clínicas acompañaban al electroshock con la cruz; lo que no era económico, pues una sola sesión de choques eléctricos podría costarle a una familia unos 550 dólares.

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Después de suceso, aparecieron diversas series fotográficas sobre las redes sociales, en las revistas y periódicos, así como la película "Archivo 253", inspirada en sus instalaciones para hacer un filme de terror bastante interesante.

Denunciada por maltrato y negligencia médica, la clínica San Rafael fue tal vez la más polémica de su época. En 2009, el lugar cerró sin ninguna explicación; los pacientes fueron enviados a otras clínicas y la San Rafael fue demolida para construir un nuevo centro comercial. Algunos aseveran que fue destruida para que los murmullos de los crímenes en su interior dejaran de resonar, aunque nunca se podrá tapar el sufrimiento que hubo en este lugar donde reinó el vacío y la muerte.

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