Migrante económico, un concepto que deshumaniza y discrimina a los migrantes en todo el mundo

Migrante económico reduce un amplio espectro de motivaciones vitales a una cuestión meramente económica, marginando a las poblaciones que llegan a un país.



¿Qué es lo primero que viene a la mente cuando escuchamos o leemos la palabra “migrante”? Normalmente, una imagen: una persona exhausta, cruzando un paraje inhóspito sobre el techo de un tren, atravesando furtivamente un desierto extranjero, navegando un mar de muerte en un pequeño bote atestado de miedo.


La migración es un fenómeno universal y constante que ha acompañado a la humanidad desde antes de que fuéramos humanos propiamente dichos, cuando los homínidos se desplazaron desde África por todo el mundo, poblando todo el planeta. Las tierras que hoy conforman México se han nutrido de innumerables flujos migratorios desde hace miles de años, al tiempo que se tejía la identidad de los distintos pueblos que habitaban dichas tierras. Podemos considerar la migración como un fenómeno natural, parte de nuestra condición de seres humanos.





Sin embargo, aunque se trate de un fenómeno ancestral y universal, al pensar en migración se nos llena la cabeza de imágenes de desesperación, pobreza, miedo, conflicto. ¿Qué ha ocurrido para que hagamos esta asociación? Y, sobre todo, ¿qué consecuencias tiene que pensemos así?


Con el paso de los años, fuimos vaciando el significado del término “migración” y lo fuimos atribuyendo casi exclusivamente a un tipo de desplazamiento: el de quien deja su país en busca de oportunidades que ya no encuentra en su hogar. El hecho de que esas oportunidades impliquen casi siempre encontrar un trabajo digno y mejorar su bienestar ha provocado que a este tipo de migrante se le llame, despectiva y desatinadamente, “migrante económico”. Este término reduce un amplio espectro de motivaciones vitales a una cuestión meramente económica y, peor aún, abre la puerta a argumentos que sugieren que estas personas tratan de aprovecharse inmerecidamente de la riqueza del país de destino.





Esa visión que tenemos de la migración a menudo deja poco espacio para pensar más allá de ciertos estereotipos muy marcados. Existen en el imaginario colectivo distintos tipos de migrantes, cada uno de ellos está sujeto a distintas dinámicas y enfrentan diversas barreras que, a menudo, no dependen del país de destino sino del de origen. Así, en México solemos llamar migrantes a los centroamericanos que llegan trepados a “la bestia”, sin visado ni recursos económicos, pero no a los europeos que vienen en avión, con su equipaje intacto y los papeles en regla.


Las palabras con las que etiquetamos a los otros nunca son casuales; un ejemplo es la diferencia entre los términos “emigrante”, “inmigrante” y “migrante”. La primera nos habla del que se marcha, el que abandona de forma voluntaria o forzada su lugar de origen, de la ausencia que deja en su hogar. La segunda, del que llega, a menudo considerado como un extraño, sobre el que hay que decidir si tiene derecho a quedarse o no, a veces bajo la sospecha de que llega a arrebatarnos algo que nos pertenece —dinero, trabajo, avances sociales.





La tercera, aparentemente más neutra y más digna, evita la polémica anterior, pero esconde un eufemismo que descontextualiza a la persona de su situación personal: los motivos que le hicieron dejar su hogar, las experiencias del camino, el lugar al que quiere llegar. Al considerarlos simplemente migrantes, se da a entender que están de paso, que no es de aquí ni de allá, que no les debemos nada, o que podemos aprovechar su tránsito como una oportunidad para nuestro beneficio económico. La trata de personas, la extorsión y el tráfico de órganos de personas migrantes son prácticas frecuentes en México.


Debemos evitar que las palabras nos sirvan para deshumanizar a otras personas. Esto resulta especialmente importante en el contexto actual, en el que numerosos gobiernos de derechas en todo el mundo están recuperando discursos xenófobos y racistas que criminalizan la migración y condenan a los migrantes a la clandestinidad, exponiéndolos al crimen y al peligro de muerte. Es necesario comprender la migración como un fenómeno global e inevitable, dejar a un lado el miedo y la intolerancia y centrarnos en asegurar que quienes deseen o se vean obligados a emigrar lo hagan en unas condiciones dignas y sin que se vulneren sus derechos humanos. Como miembros de la sociedad, cada uno de nosotros podemos contribuir a cambiar esa perspectiva.


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El texto anterior fue escrito por Carlos Cubero, Gerente de Proyectos Académicos del Museo Memoria y Tolerancia.


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